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Sunday, March 06, 2011

Cernuda, Luis

http://www.youtube.com/watch?v=pCIj6TPngd0



Cernuda, Luis

Reseña biográfica

Poeta español nacido en Sevilla en 1902.

Perteneció a una familia acomodada donde respiró una atmósfera de estricta disciplina y desafecto reflejada en su carácter tímido, introvertido y amante

de la soledad.

Estudió Derecho y Literatura Española. Lírico exquisito, fue encasillado entre los representantes de la «Poesía pura». En 1925 comenzó a frecuentar el ambiente literario, haciendo amistad con los más destacados poetas de su generación: Alberti, Aleixandre, Prados, y García Lorca, entre otros.

Exiliado después de la guerra civil, fue profesor de Literatura en Glasgow, Cambridge, Londres, Estados Unidos y México, donde falleció en 1963.

rosa

Adolescente fui en días idénticos a nubes…

Adolescente fui en días idénticos a nubes,

cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,

y extraño es, si ese recuerdo busco,

que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

Perder placer es triste

como la dulce lámpara sobre el lento nocturno;

aquel fui, aquel fui, aquel he sido…

era la ignorancia mi sombra.

Ni gozo ni pena; fui niño

prisionero entre muros cambiantes;

historias como cuerpos, cristales como cielos,

sueño luego, un sueño más alto que la vida.

Cuando la muerte quiera

una verdad quitar de entre mis manos,

las hallará vacías, como en la adolescencia,

ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.

rosa



Amando en el tiempo

El tiempo, insinuándose en tu cuerpo,

tal la nube de polvo en fuente pura,

aquella gracia antigua desordena

y clava en mí una pena silenciosa.

Otros antes que yo vieron un’ día,

y otros luego verán, cómo decir

la amada forma esbelta, recordando

de cuánta gloria es cifra un cuerpo hermoso.

Pero la vida sólo la aprendemos,

y placer y dolor se ofrecen siempre

tal mundo virgen para cada hombre.

Así mi pena inculta es nueva ahora.

Nueva como lo fuese al primer hombre,

que cayó con su amor del paraíso

cuando viera, tal cielo ya vencido

por sombra, envejecer el cuerpo amado.

rosa



Cómo llenarte, soledad…

Cómo llenarte, soledad,

sino contigo misma…

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,

quieto en ángulo oscuro,

buscaba en ti, encendida guirnalda,

mis auroras futuras y furtivos nocturnos,

y en ti los vislumbraba,

naturales y exactos, también libres y fieles,

a semejanza mía,

a semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta

como quien busca amigos o ignorados amantes;

diverso con el mundo,

fui luz serena y anhelo desbocado,

y en la lluvia sombría o en el sol evidente

quería una verdad que a ti te traicionase,

olvidando en mi afán

cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos

con nubes sobre nubes de otoño desbordado

la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,

te negué por bien poco;

por menudos amores ni ciertos ni fingidos,

por quietas amistades de sillón y de gesto,

por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,

por los viejos placeres prohibidos

como los permitidos nauseabundos,

útiles solamente para el elegante salón susurrado,

en bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona

que yo fui,

que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;

por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,

limpios de otro deseo,

el sol, mi dios, la noche rumorosa,

la lluvia, intimidad de siempre,

el bosque y su alentar pagano,

el mar, el mar como su nombre hermoso;

y sobre todo ellos,

cuerpo oscuro y esbelto,

te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,

y tú me das fuerza y debilidad

como el ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,

oigo sus oscuras imprecaciones,

contemplo sus blancas caricias;

y erguido desde cuna vigilante

soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,

por quienes vivo, aún cuando no los vea;

y así, lejos de ellos,

ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,

roncas y violentas como el mar, mi morada,

puras ante la espera de una revolución ardiente

o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo

cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,

transparente pasión, mi soledad de siempre,

eres inmenso abrazo;

el sol, el mar,

la oscuridad, la estepa,

el hombre y su deseo,

la airada muchedumbre,

¿qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;

en ti, mi soledad, los amo ahora.


rosa


Contigo

¿Mi tierra?

Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?

Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte

para mi están adonde

no estés tú.

¿Y mi vida?

Dime, mi vida,

¿qué es, si no eres tú?


rosa


Dans ma péniche

Quiero vivir cuando el amor muere;

muere, muere pronto, amor mío.

Abre como una cola la victoria purpúrea del deseo,

aunque el amante se crea sepultado en un súbito otoño,

aunque grite:

Vivir así es cosa de muerte.

Pobres amantes,

clamáis a fuerza de ser jóvenes;

sea propicia la muerte al hombre a quien mordió la vida,

caiga su frente cansadamente entre las manos

junto al fulgor redondo de una mesa con cualquier triste libro

pero en vosotros aún va fresco y fragante

el leve perejil que adorna un día al vencedor adolescente.

Dejad por demasiado cierta la perspectiva de alguna nueva tumba solitaria.

Aún hay dichas, terribles dichas a conquistar bajo la luz terrestre.

Ante vuestros ojos, amantes,

cuando el amor muere,

vida de la tierra y la vida del mar palidecen juntamente;

el amor, cuna adorable para los deseos exaltados,

los ha vuelto tan lánguidos como pasajeramente suele hacerlo

el rasguear de una guitarra en el ocio marino

y la luz del alcohol, aleonado como una cabellera;

vuestra guarida melancólica se cubre de sombras crepusculares

todo queda afanoso y callado.

Así suele quedar el pecho de los hombres

cuando cesa el tierno borboteo de la melodía confiada,

y tras su delicia interrumpida

un afán insistente puebla el nuevo silencio.

Pobres amantes,

¿de qué os sirvieron las infantiles arras que cruzasteis,

cartas, rizos de luz recién cortada, seda cobriza o negra ala?

Los atardeceres de manos furtivas,

el trémulo palpitar, los labios que suspiran,

la adoración rendida a un leve sexo vanidoso,

los ay mi vida y los ay muerte mía,

todo, todo,

amarillea y cae y huye con el aire que no vuelve.

Oh, amantes,

encadenados entre los manzanos del edén,

cuando el amor muere,

vuestra crueldad; vuestra piedad pierde su presa,

y vuestros brazos caen como cataratas macilentas,

vuestro pecho queda como roca sin ave,

y en tanto despreciáis todo lo que no lleve un velo funerario,

fertilizáis con lágrimas la tumba de los sueños,

dejando allí caer, ignorantes como niños,

la libertad, la perla de los días.

Pero tú y yo sabemos,

río que bajo mi casa fugitiva deslizas tu vida experta,

que cuando el hombre no tiene ligados sus miembros

por las encantadoras mallas del amor,

cuando el deseo es como una cálida azucena

que se ofrece a todo cuerpo hermoso que fluya a nuestro lado,

cuánto vale una noche como ésta, indecisa

entre la primavera última y el estío primero,

este instante en que oigo los leves chasquidos del bosque

nocturno. Conforme conmigo mismo y con la indiferencia

de los otros,

solo yo con mi vida,

con mi parte en el mundo.

Jóvenes sátiros

que vivís en la selva, labios risueños

ante el exangüe Dios cristiano,

a quien el comerciante adora para mejor cobrar su mercancía

pies de jóvenes sátiros,

danzad más presto cuando el amante llora,

mientras lanza su tierna endecha

de: Ah, cuando el amor muere.

Porque oscura y cruel la libertad entonces ha nacido;

vuestra descuidada alegría sabrá fortalecerla,

y el deseo girará locamente en pos de los hermosos

cuerpos que vivifican el mundo un solo instante.


rosa


Deseo

Por el campo tranquilo de septiembre,

del álamo amarillo alguna hoja,

como una estrella rota,

girando al suelo viene.

Si así el alma inconsciente,

Señor de las estrellas y las hojas,

fuese, encendida sombra,

de la vida a la muerte.

rosa

Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos…

Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,

como nace un deseo sobre torres de espanto,

amenazadores barrotes, hiel descolorida,

noche petrificada a fuerza de puños,

ante todos, incluso el más rebelde,

apto solamente en la vida sin muros.

Corazas infranqueables, lanzas o puñales,

todo es bueno si deforma un cuerpo;

tu deseo es beber esas hojas lascivas

o dormir en ese agua acariciadora.

No importa;

Ya declaran tu espíritu impuro.

No importa la pureza, los dones que un destino

levantó hacia las aves con manos imperecederas;

no importa la juventud, sueño más que hombre,

la sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad

de un régimen caído.

Placeres prohibidos, planetas terrenales,

miembros de mármol con sabor de estío,

jugo de esponjas abandonadas por el mar,

flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre.

Soledades altivas, coronas derribadas,

libertades memorables, manto de juventudes;

quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua,

es vil como un rey, como sombra de rey

arrastrándose a los pies de la tierra

para conseguir un trozo de vida.

No sabía los límites impuestos,

límites de metal o papel,

ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,

adonde no llegan realidades vacías,

leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos.

Extender entonces la mano

es hallar una montaña que prohíbe,

un bosque impenetrable que niega,

un mar que traga adolescentes rebeldes.

Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte,

ávidos dientes sin carne todavía,

amenazan abriendo sus torrentes,

de otro lado vosotros, placeres prohibidos,

bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita,

tendéis en una mano el misterio.

Sabor que ninguna amargura corrompe,

cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.

Abajo estatuas anónimas,

sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;

una chispa de aquellos placeres

brilla en la hora vengativa.

su fulgor puede destruir vuestro mundo.


rosa


Donde habite el olvido…

Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

rosa

El viento y el alma

Con tal vehemencia el viento

viene del mar, que sus sones

elementales contagian

el silencio de la noche.

Solo en tu cama le escuchas

insistente en los cristales

tocar, llorando y llamando

como perdido sin nadie.

Mas no es él quien en desvelo

te tiene, sino otra fuerza

de que tu cuerpo es hoy cárcel,

fue viento libre, y recuerda.

rosa

Eras, instante, tan claro…

Eras, instante, tan claro.

Perdidamente te alejas,

dejando erguido al deseo

con sus vagas ansias tercas.

Siento huir bajo el otoño

pálidas aguas sin fuerza,

mientras se olvidan los árboles

de las hojas que desertan.

La llama tuerce su hastío,

sola su viva presencia,

y la lámpara ya duerme

sobre mis ojos en vela.

Cuán lejano todo. Muertas

las rosas que ayer abrieran,

aunque aliente su secreto

por las verdes alamedas.

Bajo tormentas la playa

será soledad de arena

donde el amor yazca en sueños.

La tierra y el mar lo esperan.

rosa

La sombra

Al despertar de un sueño, buscas

Tu juventud, como si fuera el cuerpo

Del camarada que durmiese

A tu lado y que al alba no encuentras.

Ausencia conocida, nueva siempre,

Con la cual no te hallas. Y aunque acaso

Hoy tú seas más de lo que era

El mozo ido, todavía

Sin voz le llamas, cuántas veces;

Olvidado que de su mocedad se alimentaba

Aquella pena aguda, la conciencia

De tu vivir de ayer. Ahora,

Ida también, es sólo

Un vago malestar, una inconsciencia

Acallando el pasado, dejando indiferente

Al otro que tú eres, sin pena, sin alivio.



rosa

Las islas

Recuerdo que tocamos puerto tras larga travesía,

y dejando el navío y el muelle, por callejas

(entre el polvo mezclados pétalos y escamas),

llegué a la plaza, donde estaban los bazares.

Era grande el calor, la sombra poca.

Con el pecho desnudo iba, distraído

como si familiares fuesen la villa y sus costumbres,

y miré en un portal al mercader de sedas

que desplegaba una, color de aurora, fría a los ojos,

sintiendo sin tocarla la suavidad escurridiza.

Ante un ciego cantor estuve largo espacio,

único espectador, y parecía cantar para mí solo.

Compré luego a una niña un ramo de jazmines

amarillentos, pero en su olor ajado tuvo alivio

la dejadez extraña que empezaba a aquejarme.

Desanudada la faja en la cintura,

unos muchachos que pasaban, reían,

volviendo la cabeza. Acaso me creyeron

Ebrio. Los ojos de uno de ellos eran

como la noche, profundos y estrellados.

La humedad de la piel pronto se disipaba

por el aire ardoroso, a cuyo influjo

mi pereza crecía. Me detuve indeciso,

acariciando el cuerpo, sintiendo su tibieza

lisa, como si acariciara un cuerpo ajeno.

Seguí, por parajes nunca vistos,

mas presentidos, igual a quien camina

hacia cita amistosa. Deponía la tarde

su fuerza, cuando al fin quise

buscar reposo ante un umbral cerrado.

Era un barrio tranquilo. Mis párpados pesaban

(acaso dormí mucho), y al abrirlos de nuevo

ya el sol estaba bajo en el muro de enfrente.

Una presencia ajena pareció despertarme,

porque al volver la cara vi una mujer, y sonreía.

Como si de mi anhelo fuese proyección, respuesta

ante demanda informulada, me miraba, insegura;

aunque yo nada dije, con gesto silencioso,

invitándome adentro, me tomó de la mano.

La seguí, con recelo más débil que el deseo.

La sala estaba oscura (ya caía la tarde).

Sobre la estera había almohadas, un cestillo

anidando manojos de magnolias mojadas,

de excesiva fragancia. filtró la celosía

unas palabras de la calle: «Le encontraron muerto».

Las pensé referidas a un camarada,

quizá presagio de mi sino. Pero ella,

atrayéndome a sí, sobre la alfombra

el ropaje tiró, como cuchillo sin la vaina,

fría, dura, flexible, escurridiza.

Mis manos en sus pechos, su cintura

quebrarse pareció al extenderme sobre ella,

y en el silencio circundante, al ritmo

de los cuerpos, oí su brazalete,

queja del ave fabulosa que escapaba.

La oscuridad llenó la sala toda

cuando saciado y satisfecho quise irme.

En la puerta (ella como mi sombra me seguía),

al cruzar su dintel, sentí que entre mis dedos

quedaba el brazalete, ahora inerte y mudo.

Mucho tiempo ha pasado. No aceptara

revivir otra vez esta existencia.

Mas no sé qué daría por sólo aquel instante

revivirlo. Bien sé que apenas tengo con qué tiente

al destino, ni el destino tentarse dejaría.

Cuando el recuerdo así vuelve sobre sus huellas

(¿no es el recuerdo la impotencia del deseo?).

Es que a él, como a mí, la vejez vence;

y acaso ya no tengo lo único que tuve:

Deseo, a quien rendida la ocasión le sigue.


rosa


Los espinos

Verdor nuevo los espinos

tienen ya por la colina,

toda de púrpura y nieve

en el aire estremecida.

Cuántos cielos florecidos

les has visto; aunque a la cita

ellos serán siempre fieles,

tú no lo serás un día.

Antes que la sombra caiga,

aprende cómo es la dicha

ante los espinos blancos

y rojos en flor. Vé. Mira.

rosa



Los fantasmas del deseo

Yo no te conocía, tierra;

con los ojos inertes, la mano aleteante,

lloré todo ciego bajo tu verde sonrisa,

aunque, alentar juvenil, sintiera a veces

un tumulto sediento de postrarse,

como huracán henchido aquí en el pecho;

ignorándote, tierra mía,

ignorando tu alentar, huracán o tumulto,

idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy

a quien tu voz de acero inspirara un menudo vivir.

Bien sé ahora que tú eres

quien me dicta esta forma y este ansia;

sé al fin que el mar esbelto,

la enamorada luz, los niños sonrientes,

no son sino tú misma;

que los vivos, los muertos,

el placer y la pena,

la soledad, la amistad,

la miseria, el poderoso estúpido,

el hombre enamorado, el canalla,

son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy;

mis brazos, tierra, son ya más anchos, ágiles,

para llevar tu afán que nada satisface.

El amor no tiene esta o aquella forma,

no puede detenerse en criatura alguna;

todas son por igual viles y soñadoras.

Placer que nunca muere

beso que nunca muere,

sólo en ti misma encuentro, tierra mía.

Nimbos de juventud, cabellos rubios o sombríos,

rizosos o lánguidos como una primavera,

sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos

que tanto he amado inútilmente,

no es en vosotros donde la vida está, sino en la tierra,

en la tierra que aguarda, aguarda siempre

con sus labios tendidos, con sus brazos abiertos.

Dejadme, dejadme abarcar, ver unos instantes

este mundo divino que ahora es mío,

mío como lo soy yo mismo,

como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis brazos,

como la arena, que al besarla los labios

finge otros labios, dúctiles al deseo,

hasta que el viento lleva sus mentirosos átomos.

Como la arena, tierra,

como la arena misma,

la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira.

Tú sola quedas con el deseo,

con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,

sino el deseo de todos,

malvados, inocentes,

enamorados o canallas.

Tierra, tierra y deseo.

Una forma perdida.


rosa


Los marineros son las alas del amor…

Los marineros son las alas del amor,

son los espejos del amor,

el mar les acompaña,

y sus ojos son rubios lo mismo que el amor

rubio es también, igual que son sus ojos.

La alegría vivaz que vierten en las venas

rubia es también,

idéntica a la piel que asoman;

no les dejéis marchar porque sonríen

como la libertad sonríe,

luz cegadora erguida sobre el mar.

Si un marinero es mar,

rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,

no quiero la ciudad hecha de sueños grises;

quiero sólo ir al mar donde me anegue,

barca sin norte,

cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.

rosa



No decía palabras…

No decía palabras,

acercaba tan sólo un cuerpo interrogante

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe,

una hoja cuya rama no existe,

un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,

remonta por las venas

hasta abrirse en la piel,

surtidores de sueño

hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,

una mirada fugaz entre las sombras,

bastan para que el cuerpo se abra en dos,

ávido de recibir en sí mismo

otro cuerpo que sueñe;

mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,

iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza,

porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

rosa

No es el amor quien muere…

No es el amor quien muere,

somos nosotros mismos.

Inocencia primera

Abolida en deseo,

Olvido de sí mismo en otro olvido,

Ramas entrelazadas,

¿Por qué vivir si desaparecéis un día?

Sólo vive quien mira

Siempre ante sí los ojos de su aurora,

Sólo vive quien besa

Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

Fantasmas de la pena,

A lo lejos, los otros,

Los que ese amor perdieron,

Como un recuerdo en sueños,

Recorriendo las tumbas

Otro vacío estrechan.

Por allá van y gimen,

Muertos en pie, vidas tras de la piedra,

Golpeando la impotencia,

Arañando la sombra

Con inútil ternura.

No, no es el amor quien muere.





No intentemos el amor nunca

Aquella noche el mar no tuvo sueño.

Cansado de contar, siempre contar a tantas olas,

quiso vivir hacia lo lejos,

donde supiera alguien de su color amargo.

Con una voz insomne decía cosas vagas,

barcos entrelazados dulcemente

en un fondo de noche,

o cuerpos siempre pálidos, con su traje de olvido

viajando hacia nada.

Cantaba tempestades, estruendos desbocados

bajo cielos con sombra,

como la sombra misma,

como la sombra siempre

rencorosa de pájaros estrellas.

Su voz atravesando luces, lluvia, frío,

alcanzaba ciudades elevadas a nubes,

cielo Sereno, Colorado, Glaciar del infierno,

todas puras de nieve o de astros caídos

en sus manos de tierra.

Mas el mar se cansaba de esperar las ciudades.

Allí su amor tan sólo era un pretexto vago

con sonrisa de antaño,

ignorado de todos.

Y con sueño de nuevo se volvió lentamente

adonde nadie

sabe de nadie.

Adonde acaba el mundo.


rosa


No quiero, triste espíritu, volver…

No quiero, triste espíritu, volver

por los lugares que cruzó mi llanto,

latir secreto entre los cuerpos vivos

como yo también fui.

No quiero recordar

un instante feliz entre tormentos;

goce o pena es igual,

todo es triste al volver.

Aún va conmigo como una luz ajena

aquel destino niño,

aquellos dulces ojos juveniles,

aquella antigua herida.

No, no quisiera volver,

sino morir aún más,

arrancar una sombra,

olvidar un olvido.


rosa


Orillas del amor

Como una vela sobre el mar

resume ese azulado afán que se levanta

hasta las estrellas futuras,

hecho escala de olas

por donde pies divinos descienden al abismo,

también tu forma misma,

ángel, demonio, sueño de un amor soñado,

resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba

hasta las nubes sus olas melancólicas.

Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,

yo, el más enamorado,

en las orillas del amor,

sin que una luz me vea

definitivamente muerto o vivo,

contemplo sus olas y quisiera anegarme,

deseando perdidamente

descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,

hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.
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