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Tuesday, November 08, 2016

PICO DE ORO POR MARCO MARTOS


PICO DE ORO POR MARCO MARTOS·

He visto a Sigifredo Burneo, en las casi tinieblas de la noche,
caminando lento con un libro abierto entre las manos, 
tropezándose con los postes en la calle que llaman "Bolsa del diablo", 
en la Piura de sus amores, donde pasa el tiempo sigiloso y sin pena.
Sabe alternar con los mangaches el magnífico letrado, de sombrero y gafas, 
aunque nació en el barrio de la gallinacera, muy cerca del camal. 
Si miro a lo lejos y atravieso decenas de años, meses, días de canícula,
me encontraré con Sigifredo en la puerta del teatro Variedades,
dispuesto a hundirse en la butacas, para admirar a las actrices de toda laya,
o para aprender de los galanes lacónicos, las artes de buen hablar.
Llevo mis ojos y mi pluma como cámaras que registran los decires del amigo: 
ahora lo observo dictando clase en la universidad, atento a los efectos 
persuasivos de su palabra. Las jovencitas empeñosas que empiezan 
a gustar de los secretos de la poesía, siguen embelesadas sus movimientos. 
El maestro se desplaza lentamente entre las carpetas, sin perder el hilo
de su disertación, ellas lo miran hipnotizadas y escriben en su cuaderno
de tapas duras la palabra "inolvidable". Más tarde se le puede observar 
bajo las ramas de un algarrobo, deleitándose con un cebiche de mero 
o un sudado de cabrillón, servido por diligentes privadoras, 
que le llevan espumantes vasos de cerveza y su sonrisa de origen tallán, 
y algunas noches en el centro de la ciudad, puede vérsele 
en los bancos de la plaza Merino riéndose de los reveseros
que inventan anécdotas sobre Mario Vargas Llosa 
o Joaquín Ramos Ríos, corriendo, uno, con el desayuno en la mano, 
y otro paseando a su cabrita por el hermoso malecón. 
Otras veces, ante todo el claustro, Sigifredo Burneo, llamado pico de oro,
embruja a todos sus colegas, con frases precisas, en el paraninfo, 
disertando sobre lo que es y deber ser la universidad. 
Pudo irse a cualquier parte, gracias a su sapiencia y su bondad. 
Escogió mil veces a San Miguel de Piura como oasis de felicidad. 
Puede vérsele todavía,en los límites del desierto, 
ahí donde empieza la ciudad, mirando la evolución de las lagartijas 
cuando el día con su manto rosado con orgullo muestra su último resplandor 
y a lo lejos, en el horizonte, avanzan las sombras en la inquietante quietud.
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