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| Mario Benedetti |
Mario Benedetti
Fuere quien fuere lo cierto es
Que nos estira en un solo ademán purismo
Y luego nos reduce de a poco a casi nada
Y claro nos arranca confesiones
Quejas Qué son clamores
Vértebras de alegría
Esperanzas que vuelven...
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| Diario, carta y relato “EL REINO DE HIRAM” y Fragmentos ilustrados por Fanny Jem Wong |
Diario, carta y relato “EL REINO DE HIRAM”
EL DIARIO ÍNTIMO
Viernes 17.03.06
08.00. AM.
Que flojera, se hizo tarde. Tengo tanto que hacer. El día parece que
será bello .Mi pequeño y gris amigo vino como siempre a cantarme.
-¿Hasta cuando lo hará?
-No lo sé.
Es lindo verlo sobre el umbral de la ventana, dichoso él que puede
volar y ser totalmente libre. Escribiré más tarde debo correr al
gimnasio y pasar por la galería de arte.
5.00. PM.
Un fuerte olor a charol y a pinturas invade la habitación.
-¡Por fin terminaron!
-¡Estoy muerta!
-.Debo enmarcar mis últimas pinturas, pienso que quedarán bien en ese lado del cuarto que parece ahora tan vació. Jaaaaaaaa
-¿Vacío?
Mi marido diría:
-¿Qué dices mujer?
-¿Vacío?
-Eres increíble, si aquí no hay espacio ni para un alfiler
Aunque ya es tiempo creo de volver a pintar y organizar una exposición,
hace tanto que no lo hago. No me vendría la idea mal no solo me gusta,
también me entusiasma .Además resultaría divertido y necesito nuevos
aires, algo que motive y revitalice.
-¡Vaya! Que lindo se ve todo.
Extrañe tanto a mis amiguitos por fin están en su lugar y sobre repisas
recién barnizadas. Aunque esto parece más una juguetería que un
dormitorio pero, no me importa. Siempre he dicho que este es mi mundo de
muñecas.
Se me ocurre que ellas deberían ser el tema para mis
próximas pinturas. Bueno, lo pensaré. Además será bello ver la galería
de arte repleta de parejas con sus pequeños hijos, correteando de lado a
lado, es algo poco frecuente. Me imagino la cara del Director se pondrá
colorado como tomate por el enojo. Será divertido.
Ahora te dejo por un rato diario mío deseo solo leer mucho y escribir por toneladas
10. 00. PM
Me pregunto:
-¿Por qué las horas parecen hoy tan largas?
Mi noción del tiempo es tan distinta .Necesito escapar de esas miradas y ser simplemente yo, solo yo.
El misterio de la bestia que habita en mí se apodera de mi corazón. Mis
pensamientos navegan por aguas extrañamente encrespadas. Me siento tan
cansada de todo. De convencionalismos sociales estúpidos e hipócritas.
Este mundo a veces es tan intolerable. Pareciera que cada vez hay menos
gente buena. Impera la mentira, el qué dirán, las conveniencias y la
falsa moralidad
-¿Cómo lucho contra la corriente y me mantengo sin zozobrar?
Me lo he preguntado tantas veces pero, siempre he tenido algo muy claro
y es que siempre seré como soy y no me arrepiento de ello.
A veces también me pregunto:
-¿Si mi forma de pensar, de sentir y de ser es una maldición?
Me conmueve tanto el esplendor de la primavera, el canto de las aves,
el botón que retoña y sin embargo en otras ocasiones puedo ser tan
extremadamente dura.
Me gustaría poder tirarme desnuda sobre
la verde hierba y contemplar el cielo. Observar como una niña las nubes
navegantes y dibujar sobre ellas los más fabulosos sueños. Pero solo la
una sensación de extraña quietud que no me agrada se instala en la
habitación
-¡Debo romperla!
-¡No soporto el silencio!
En mí, se oculta un misterio extraño que a veces ni yo misma logro comprender a plenitud.
-Te extraño Arturo, te extraño mucho hoy siento tu ausencia. Falta tan poco para que regreses y quisiera que fuese ya.
También extraño a Mamasan, pensé que hoy la vería y tampoco esta.
-¿Sabes? Amigo de papel, vi por un instante a mi pequeño ratón. Mi
pecho no reaccionó como antes. Le mire, no sentí alegría, solo un hilo
delgado de nostalgia y muchísima tristeza. No por mí, fue por él.
Me tragué como tantas otras veces los humos que lentos se desvanecían en la habitación.
-¡Sentí dolor! ¡Tanto dolor!
A pesar de que quisiera exterminar todas mis emociones, no puedo. Este
mundo de oscilaciones constantes resulta a veces tan agotador pero, en
fin no es posible para mí cambiarlo.
La ruptura de nuestra
relación parece inevitable .Ahora comprendo que tendré que organizar su
ausencia. Es evidente que no debo recrearle más en mi mente pero, a
pesar de todo, tiene un trozo de mi corazón. Siempre tuve la convicción
de que existía pero, nunca entendí qué falto para que comprendiera mi
esencia. Constate muchísimas veces que me hacia falta y siempre lo
exprese, ahora creo que nunca pudo entenderlo.
-No le culpo,
ni dejo de quererle, solo sé que por muchas razones logre inmunizarme a
su extraña forma de ser. La mente es tan compleja y algunas almas viven
tan confundidas que volverían loco al más cuerdo.
Estar lejos
de él era antes algo tan difícil de aceptar pero, no debo de ser necia
cada quién elige lo que cree que es mejor para sí mismo.
Cocheros, predicadores, ratones, reyes, torres, duendes, muñecas,
payasos, hasta el Rey Salomón y no sé cuantos personajes más invente y
recree en mis poemas. Solo deseaba que el mundo entero los recordara,
ahora creo que ya no podré sorprender a nadie con ellos.
Me canse de escribir tantas veces “Mi poesía soy yo” que pienso en nadie logro comprenderlo en la magnitud real de esa frase.
Total bien dice el refrán “El papel aguanta todo”. Pero como nada es
definitivo, la rueda de la vida seguirá corriendo y solo lo que fue
transparente y verdadero transcenderá.
Ojala mi confundido
amigo lo comprenda algún día, creo que si lo logra dejará de sufrir
tanto. Porque su sufrimiento es tan solo un estado de su conciencia al
cual él y solo él se condena porque en verdad no se conoce como él cree.
Lo único que tengo bien en claro, es que mis sentimientos
hacia mi amigo serán eternos, como los granados de la poesía que escribí
para otra amiga. Quizás, algún día a ese amigo que tanto amo le invente
un rostro y lo pinte, nunca antes lo pensé. No necesite hacerlo pues,
él solo tuvo el rostro de la muñeca que me mira cada noche desde un
rincón. Total mis manos siempre se desesperan por escribir y crear
-¡Lo pintaré!
Espero poder escribir un hermoso poema pero, la verdad querido diario
ya no sé si ellos sirven para algo. Si este don es un designio divino o
un regalo de algún demonio travieso que se divierte a costa de mis
costillas.
Tengo tantos temas en la mente, quizás escriba
sobre la belleza o sobre el valor del respeto. Quizás me convierta en
arpa, en piano, en diosa, hada, princesa o en cualquier otra cosa. O
quizás solo escriba Fanny y no Jem.
-Todavía no me decido. Lo
único que tengo en claro es que debo escribir porque es la única forma
que poseo para escapar de la monotonía y de mí misma. De acelerar la
vida y exprimirla para canalizar el estar marcada por el fuego.
En fin trabajar, trabajar y trabajar para no pensar en otras cosas.
Creo que definitivamente escribiré una carta especial para mi amiga
Mamasan no la veo hace días y no sé si estará triste o bien.
Te dejo amigo de papel, tú por lo menos no te iras nunca… por fin llegó Arturo.
Sábado 17.03.06
03.00. AM.
No puedo dormir, mi buen amigo sigo y seguiré llenando el universo de
palabras así como tus páginas, a pesar de que muy pocos comprendan lo
que significan mis letras y solo tú las conserves con dedicación por no
poseer otra voluntad que no sea la mía. La distancia y la ausencia hoy
me pesan más que nunca.
Pero sé de alguien que al leerme se preguntará:
-¿Qué se tomo Jem?
-Nada amigo mío, solo Coca Cola jaaaaaaaaaaaaaaa. Aunque difícilmente
me creerían ya que no encontré mejor forma de evadirme que escribirle a
Mamasan una carta tan insólita como su autora “Yo”.JAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
Pienso que ella puede estar sintiéndose triste hace días que no nos
vemos. Se habrá sentido tan intrigada con mis ocurrencias respecto
Simone de Beauvoir y Fanny Jem Wong. De imaginarme la cara que debe de
haber puesto me río sola .Pero la expresión de su rostro cuando menciono
a Paúl Sartre comparándolo con mi marido, esa me hubiese gustado
fotografiarla.
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FANNY JEM WONG |
LA CARTA:
Callao, 19 de Marzo del 2006
Mí querida amiga:
Te extraño tanto, hoy no hice locuras para variar. ¡No te rías! .Me
levante algo tarde y como siempre llego mi pequeño amigo alado a
cantarme sobre el umbral de mi ventana. Salí corriendo al gimnasio,
también pase unos instantes por la galería. Al regresar me dedique a
arreglar la habitación.
-Es en serio, solo leí muchísimo
durante toda la tarde, a pesar de que me sentía cansada y escribí
toneladas de letras para el taller de Leochami. Y te cuento un secreto:
-Espero no traumatizarlo.
Te cuento que por fin terminé de acomodar todo en mi habitación, quedo linda.
-Ya lo veraz. Pasé tres días de locura con tanto sube y baja cosas
pero, finalmente es un ensueño, lleno de criaturas de toda especie que
crean y desbordan en imágenes de dulzura por donde la vista se pasee.
En el pasado quedo la mañana en que el cielo raso se desplomo, cuando todo fue caos y desorden.
-¿Sabes? .Estoy pensando que ya es tiempo de volver a pintar .Hace
mucho que no lo hago .Se me ocurre amiga mía que mis muñecas sean el
tema para una futura exposición, sobre todo por el público que se
captará en la galería. Aunque al director de la misma no creo que le
guste mucho ver niños correteando de un lado a otro, con lo renegón que
él es.
En fin es cosa de madurar la idea para que resulte algo lindo.
-¿No lo crees?
Hoy me siento triste Mamasan, alguien a quien quiero muchísimo se aleja
y no puedo hacer nada .Bajo la luz de sus estrellas bien sabes que
escribí tantos versos y ahora parece que todas partieron con él. Lo vi
esta tarde por unos minutos y solo sentí mucha tristeza y dolor.
Me queda tan lejos el refugio de su compañía cuando mis arrebatos e
impulsos febriles dibujaban infinidad de cantos de amor bueno. También
hubo veces y no lo niego de intenso dolor porque no llegaron a buen
recaudo mis emociones. Él simplemente creo que las olvido.
La
amistad y el afecto sincero no tuvieron otro objeto que la manifestación
de mi espíritu pero, creo en verdad que no lo entendió como debería.
Te aseguro que no lo culpo, no tendría sentido, creo que ambos perdimos
la brújula. Y por otro lado él no reconoció la magia de los matices de
mis plumas en los poemas que escribí.
Bueno contarte todo esto amiga mía me cuesta mejor te escribiré de otras cosas porque todo esto duele y mucho.
-¿Sabes? Pasando a otro tema, descubrí algo interesante entre la cantidad de cosas que leí.
Quizás tú pienses:
-¡Jem, se volvió loca!
Pero no es así. Solo deseo divertirte un poco haciendo uso de mi
capacidad imaginativa de la cual no tienes dudas. Supongo. ¿O sí?
Jaaaaaaaaaaaa.
Solo trataré de enredarte como siempre para variar jaaaaaaaaaaaa.
Te cuento que Simone de Beauvoir y Fanny Jem Wong tenían varios
problemas y coincidencias en sus esquemas mentales jaaaaaaaaaaaaaaa.
Te preguntarás:
-¿Por qué afirmo semejante locura?
-Y cómo puedo cometer la osadía de escribirlo, en fin tú sabes que soy “chapita”.
Bueno te contaré que para Simone, lo esencial en su concepción del amor
entre un hombre y una mujer era alcanzar una unión radical y extrema,
en donde la comunicación fuese casi absoluta. Primer punto en común,
pero la verdad es que eso, a muy pocos varones les gusta. Prefieren la
mentira y las poses. A veces pienso que son llevados por el mal.
-¿Tú qué opinas?
Creo que cuando más les mienten, los maltratan o los usan están más felices.
-¿Lo puedes creer?
Bueno, escríbelo para que nunca lo olvides.
Quizás si yo fuese así no habría perdido a las personas que he querido.
Por suerte mi esposo no es así sino seguiría soltera, te lo aseguro.
Él vendría a ser como Paúl Sartre pero, ¡Ojoooooooo! Solo en algunas
cosas. No en todo, jaaaaaaaaaaa porque Sartre fue terrible y mujeriego
como ninguno jaaaaaaaaaaaaaa
Arturo es especial, alimenta y
apoya siempre mi capacidad creatividad .Intenta hacer lo mismo con mi
espíritu aunque la verdad, este a veces le da dolores de cabeza por ser
cuestionador, extremadamente travieso y rebelde.
A veces bromeando me dice:
-“En la próxima vida serás más espiritual, porque en esta predomina tu parte animal”.
-Yo solo me rió porque, sé bien que eso es verdad.
Además tú sabes bien como detesto los convencionalismos sociales
estúpidos, la falsa moralidad y disciplina tras la que tanta hipocresía
se oculta. Porque la verdad es que cada vez hay menos gente en verdad
buena y auténtica
Bueno te sigo contando lo que leí, Simone alguna vez leí escribió:
-“Quería que me consideraran, pero tenía esencialmente necesidad de que me aceptaran en mi verdad”.
-¿Sabes?
Amiga mía, mi lucha es esa precisamente “Ser y trascender”.
No quiero ajustarme a las cosas en las no creo o que me imponen. Así se
cayese el mundo entero sobre mi cabeza .La verdad es que lo quiero a
mis pies, respetando mi derecho de ser individual y diferente,
respetando mi forma de pensar, mi sentir y mis convicciones. Sino fuese
así la vida no tendría mucho sentido para mí, total si mi libertad no
daña a otros creo que estoy en todo mi derecho de ser como quiero.
Siempre he pensado que lo más fácil y cómodo para el común de las
gentes es nadar hacia dónde la corriente les lleve, trepar al carro del
mejor postor y tan solo llegar de cualquier manera. Seguir órdenes,
cumplir reglas así no estén de acuerdo. Yo ni puedo, ni quiero, nunca
seré así .No creas mi querida amiga que es tarea fácil, pero por lo
menos puedo mirar a quién sea a los ojos sin bajar la cabeza. Pero si
hablamos de hombres la cosa se complicaría mucho más
-¿No lo crees?
Son a veces tan extraños en sus comportamientos, creo que son movidos
por el mal porque algunos cuando peor los tratan más quieren. Con razón
dice bien una obra que leí que las mujeres son de Venus y los hombres de
Marte.
Alguna vez hace ya bastante tiempo alguien a quien
quiero mucho me dijo que me arriesgara a surfear en otras aguas, que
abandonara mi zona de comodidad y luchara siempre por ser y por las
cosas en las que yo creía.
Decía:
-Es tan bello ver que en un mundo caótico y tan cambiante en dónde todos luchan por tener, tú luchas por ser.
-¡Nunca cambies!
Grabé su discurso en mi mente y en mi corazón pero, él creo que lo
olvido, para después solo hablarme de respetar espacios convenientes. La
ruptura fue inevitable, la boca y la palabra escrita decía una cosa y
las actitudes decían otras.
Bueno, no quiero entristecerte te
seguiré contando .Simone y Sartre. Compartieron tantas cosas sobre todo
su pasión por las letras pero, lo que más me entusiasmo es cómo esta
pareja siempre logro respetar su derecho a ser en libertad total.
Fue así que su amor pudo superar los umbrales de la misma muerte. Bueno
amiga si quiere saber la historia completa de estos personajes buscala y
léela jaaaaaaaaaaaaaaaa.
-¡No seas perezosa!
Ahora bien,
esta carta puede ser de todas las que te hayan recibido antes la más
extraña pero, no me negaras que resultó entretenida por absurda y rara
como su autora Jaaaaaaaaa.
Total, te digo:
- “Genio y figura hasta la sepultura”
Solo quería divertirte a mi manera por esa razón te escribí así, no me hagas mucho caso.
-Típica conducta evasiva en mí, el escribir para no pensar, para sentir y no sentir.
-¿Paradójico?
-¿Extraño, quizás?
-¿Quién sabe?
Sé que me entiendes, nos parecemos mucho. Mi desventaja es que soy demasiado conciente de todo lo que pasa dentro de mí.
-Hoy estoy maniaca jaaaaaaaaaaaa.
-Y no sé si tú de repente algo triste, espero de corazón que no sea
así. Y si lo estabas estoy segura que ya se te paso un poco porque, a
nadie se le ocurriría escribirte así, solo a mí.
Me imagino tu
cara a estas alturas de mi pequeña carta jaaaaaaaaaaaa .Me hubiese
deleitado fotografiándola para nunca olvidarla.
Además me
sentía terrible porque en pequeño unicornio que habita en mi corazón se
sintió abandonado, en fin era algo que ya presentía desde hace mucho, la
rupturas a veces son inevitables. Solo te confieso que estoy pensando
inventarle un rostro .Creo que lo pintare…
Bueno, hora de despedirme .Te extraño
Muchos besitos
FANNY JEM WONG
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FANNY JEM WONG |
EL RELATO
EL REINO DE HIRAM
En un antiguo castillo del poderoso reino de Hiram, vivía una Princesa
llamada Jem. Cuentan que siempre estuvo rodeada de amor y que nada
parecía faltarle. Su hogar era cálido y el fuego siempre permanecía
encendido. Su habitación estaba repleta de tesoros arcaicos, de muchos
retratos y autorretratos de sus antepasados pintados por ella los que
formaban una estupenda galería.
Dormía rodeada de muñecas muy
valiosas para su corazón y de muchísimas estatuillas las cuales cuidaba
con esmero. Casi todo lo que la rodeaba había sido adquirido por su leal
príncipe Arturo y los que no eran obsequios de la gente que ella amaba,
por esa razón poseían tanto valor y significado.
Sobre una
mesa confeccionada en roble rojo, se encontraba un frasco de cristal de
de bohemia en él espesa tinta. Al lado una caja de placas doradas
contenía siete plumas. Una era de un color azul, intenso con la que
escribía sus penas. Otra tan negra como el ébano, con ella escribía
sobre la muerte. Otra rojo escarlata como la sangre, con ella escribía
sobre el dolor. La pluma dorada y la de escarcha plateada le servían
para escribir sobre sus alegrías y éxitos. Otra pluma de un oscuro color
heliotropo, le servía para escribir sobre sus enojos. Finalmente una
pluma verde como el jade y las esmeraldas eran utilizada para escribir
sobre sus sueños, anhelos, amores, esperanzas y deseos.
Cuentan los personajes más viejos de la real corte que estas le fueron
obsequiadas por el poderoso Mago cuando nació y reconoció sobre la
frente de la princesa que Jem venía marcada por el fuego y que por esa
razón necesitaría poseer esa magia para enfrentar su destino.
Al lado del tintero y las plumas había un enorme libro empastado con la
hermosa piel de un fiero oso gris. Esta fue obsequiada a la niña también
el día de su nacimiento por una vieja y sabia hada. Era un libro
mágico, en él se escribiría el diario de la princesa pero, no por propia
mano sino que el destino se pintaría dentro de sus páginas por sí solo.
Los armarios de sus aposentos eran enormes, los vestuarios
fastuosos. Cada mañana un pequeño jilguero llegaba a su ventana a dar el
mejor de los conciertos, siempre sus melodiosos trinos acompañaban los
despertares de la hija del fuego. Ella, permanecía muy quieta entre las
sábanas de azules sedas y blancos encajes para no asustarlo, hasta que
este se marchara.
Mientras se preguntaba:
-¿Hasta cuando llegara mi pequeño amigo a la ventana?
-Dichoso él que es libre y puede volar.
Una de esas tantas mañanas despertó algo más tarde que de costumbre,
escucho el canto de la pequeña ave y salio corriendo, debía hacer muchas
cosas. Entre ellas visitar la galería del palacio en donde colocarían
un viejo retrato de uno de sus antepasados, en una ceremonia especial.
Esas eran las situaciones en que la ruidosa y traviesa princesa
aprovechaba para romper los protocolos y escandalizar al la corte. Esa
era una de sus formas de romper la monotonía que a veces le resultaba
tan asfixiante.
Cuentan que adoraba pasear bajo la luz de la
blanca luna y disfrutaba las auroras como nadie en el reino, la
sensación fantástica de estos fenómenos celestes desataban su prolifera
imaginación, eran épocas en que la damita pintaba con entusiasmo y
escribía versos, cuentos y canciones durante días enteros casi sin
dormir.
Por alguna extraña razón la princesa siempre de forma
súbita se ponía triste y no quería comprender, ni analizar la causa de
su melancolía. En realidad ella sabía que había nacido marcada por el
fuego y que esa era la razón de sus eternas tristezas pero, no deseaba
aceptarlo.
El vivir entre oscilaciones y extremos
constantemente resultaba para ella agotador. A veces su tristeza era tan
honda que la noción del tiempo cambiaba para todos en el imponente
palacio iniciándose una sucesión de días oscuros y monótonos. Días en
los cuales todo era absoluto y sepulcral silencio .Las carcajadas de la
princesa no producían ecos sobre los muros.
Era extremadamente
rebelde, temperamental y acostumbraba romper todos los protocolos. Le
disgustaba mucho los convencionalismos y posturas a veces entupidas y
otras hipócritas de su época. Siempre tenía a su lado al príncipe
Arturo, él era un ser comprensivo, tierno pero sobre todo paciente y
leal. La conocía bien y sabía que la única manera de que ella fuese
feliz era dejándola ser en total libertad, pensamiento muy moderno y
revolucionario para una época en donde lo aparente, era lo conveniente
cosa que a pesar de que el tiempo transcurre sigue siendo igual a la
actualidad.
Cuentan que la desfachatez de la indómita princesa
era tal que a veces se escapaba del palacio, se despojaba de toda sus
prendas y desnuda se tiraba sobre la verde hierba a contemplar las nubes
en las que ella dibujaba los más inverosímiles sueños.
El
príncipe del palacio poseía una sabiduría de cientos de años que le
daban grandes ventajas sobre el común de los hombres, le había sido
legada por sus hermanos mayores el privilegio de entender a los hijos
del fuego. Este don le permitían ver lo que otros seres no podrían, por
esa razón su amor hacia su princesa era tan fuerte. A veces las locuras
de su damita eran hasta festejadas por él y en otros casos justificadas.
Él sabía mejor que nadie que amaba a una hija del fuego y que eso no
sería jamás tarea fácil.
Una noche de esas tantas en que la
princesa acostumbraba leer por horas sin percatarse del tiempo y
escribir toneladas de letras, llego a su jardín un extraño personaje que
llenaría su tiempo con largas y entretenidas conversaciones. Parecía
siempre preocuparse por ella y se ganó de a pocos su corazón. Le
consagraba horas que parecían siglos, alejándola de las oscuras nubes
que empañaban constantemente su cielo.
Para entonces, a pesar
de que su príncipe Arturo la amaba, la princesa estaba desolada y casi
no hablaba con nadie. Había tenido que renunciar a algo que para ella
era un motivo de alegría diario, el poder enseñarle a los niños del
reino. Una mala hechicera consideraba que ella no debía mezclarse con el
pueblo y confabuló toda una trampa para que el viejo Rey le prohibiera
hacerlo.
Aludió la mala mujer que la princesa tenía
pensamientos demasiado revolucionarios que no serían los más
aconsejables a seguir por los súbditos porque podrían causar problemas
graves.
La hija del fuego solo lloraba y ya no encontraba mucho
sentido a su vida. A pesar de que todos en el palacio se preocupaban por
ella, lo único que atinó a hacer fue exiliarse. Gracias a la aparición
de este nuevo personaje recuperó las ganas de sonreír. Marcus se
convirtió en su mejor amigo y confidente. Sin saberlo, dos hijos del
fuego enlazaban sus alegrías y tristezas.
A él le contaba
absolutamente todo, compartían muchas cosas. Jem pensó que eso sería así
indefinidamente. Ella siempre había creído que entre verdaderos amigos,
amantes o hermanos no debía existir secreto alguno por más dolorosas
que las verdades fuesen.
El enorme y misterioso castillo se
iluminaba cuando ellos reían, los torreones antes desportillados y
oscuros se llenaban de vida. Los góticos y gigantescos ventanales se
cubrían de perfumadas flores que crecían en las enredaderas. Los antes
oscuros y tortuosos corredores de los sótanos, se vestían del rojo
escarlata por bellísimas alfombras persas. Y hasta los viejos espantos
antes grises del éter de un cielo estrellado tomaron colores celestes.
Los jardines que rodeaban el palacio reverdecieron fastuosos e
imponentes árboles levantaron como titanes sus brazos hacia los cielos.
Naranjos y limoneros lucían sus mejores frutos.
Cuando Marcus y
la princesa se juntaban se divertían haciendo mil travesuras que
infartarían al más sano y enloquecerían al más cuerdo. No solo eran
amigos y confidentes, también eran cómplices y eso los divertía.
La dama de esta historia pasaba muchas horas pintando y escribiendo
miles de versos. Un cúmulo de numerosas emociones alimentaron su plumas
de colores Algunas veces la vistieron de negras tristezas, en otras
ocasiones su pluma iridiscente vestía oro o escarcha plateada y en otras
gigantescas pinceladas esmeraldas.
Pero no todo podía ser
eternamente bello, la fatalidad entro una fría tarde al palacio para
instalarse como su huésped. Nada pudo hacer ella para evitarlo. Ni sus
cantos produjeron magia. La terrible y helada tristeza regreso, envolvió
a los entrañables amigos con su cruel manto para aprisionarlos detrás
del silencio.
Ella no entendía porque él cambiaba y se
alejaba. No podía entenderlo, nunca supo como prevenirse y protegerse de
los rigores de una invernada. Aprendería recién con él o perdería su fe
por siempre entre millones de viejos y oxidados papeles. El castillo se
inundo de sales y bilis negra, empezó a perder su color brillante y a
hacerse gris y tenebroso por tanta tristeza
Una noche de esas
tantas en que el sueño huye, los perros para la caza del príncipe Arturo
aullaron como bestias salvajes sin cesar. Esa madrugada el príncipe se
despertó sobresaltado y sintió que algo podía ocurrirle a su princesa.
Por esa razón permaneció despierto velando su sueño
Al abrir
los ojos la princesa observo como se formaba una especie de bóveda
invertida sobre el techo que cubría el área de su lecho, conforme la
miraba más y más se hinchaba y pensó en voz alta:
-¡Se desplomara!
Abandonó la cama y bajo corriendo a los salones en busca de su
príncipe, cuando de repente un terrible ruido los ensordeció. Provenía
de la habitación de la princesa, el cielo raso se había desplomado
pesada y aparatosamente sobre el lecho. Ambos príncipes se miraron, no
necesitaron pronunciar palabra para saber lo que se decían.
Ella solo sonrió al príncipe, este estaba pálido y descompuesto porque su día se convirtió en segundos en noche.
Sí, era indudable que aunque se resistiera a aceptar lo que la grandeza
de sus azules ojos veía a su princesa podía haber muerto aplastada. Se
acerco a ella y le abrazo muy fuerte
La enorme habitación tuvo
que ser desalojada, tarea ardua fue lograr que todo quedara como antes
del accidente pero por fin, se consiguió que fuese así. El gentil
príncipe sabía que esa habitación era el refugio de su amada princesa y
envió a traer a los mejores artesanos y albañiles para restaurarla.
Por esos días ella se dedico a escribir y a escribir, tan solo para no
pensar y no sentir la ausencia de su amigo, intuía que la ruptura que
los alejaría estaba cerca. Además todavía los trabajos en sus aposentos
no terminaban y era tan deprimente ver la habitación así.
Leyó
miles de libros y el universo de su diario mágico se cubría de
interminables caminos de tinta, unas veces negras azabache como sus
penas, otras veces de roja ninfa como su dolor. Pero ella no lo sabía
porque no lo habría jamás .Estaba siempre tan distraída en sus lecturas y
poemas, cubierta de papeles hasta la cabeza.
Por fin los
trabajos terminaron y Jem se pasó horas y horas correteando de un lado
para otro con sus nodrizas arreglando sus tesoros. Cuando todo estuvo
listo pensó
-Extrañe tanto a mis amiguitos pero ellos no me pueden hablar solo me miran y me siento tan sola.
Extraño tanto a mi príncipe pero él todavía demorara una estación completa en regresar, ojala volviera ya.
Por otro lado en voz alta se decía a sí misma:
-Mi amigo Marcus tampoco esta cerca y a pesar de que su ausencia me
duele no le culpo de nada, solo siento tristeza y pena porque su
voluntad no le pertenece
-Ojala algún día logre romper los hechizos que confunden su corazón y su mente. Solo depende de su voluntad.
-¡Ojala, algún día se de cuenta!
-Escribiré y escribiré.
Se repetía y así lo hizo .Empezó a redactar una larga y extraña carta
para una amiga a la que extrañaba mucho esta vivía en un lejano pero
hermoso reino. Le contó lo triste que se sentía pero a su estilo que por
cierro era muy peculiar .La princesa poseía no solo un extraño sentido
del humor sino también era capaz de hacer divertida sus penas al
escribirlas. Podía recrear en sus letras miles de imágenes y personajes
detrás de los cuales solo estaban sus verdades y sus mágicas plumas de
colores.
Terminada la carta y la envió y permaneció sola por
varias horas mirando por la ventana .Repentinamente sintió unos pasos,
voltio y allí estaba su príncipe. Sin que la princesa se percatara ya
había transcurrido toda una estación.
Corrió hacia él, se abrazaron muy fuerte. Y ella le dice.
-Realmente ni yo misma sabía cuanta falta me ibas a hacer
Él la mira y contesta:
-Yo sí lo sabía.
La levanta en sus brazos y la deposita sobre su lecho, acaricio por
horas su cabellera mientras, ella observaba a una de sus muñecas que la
miraba desde un rincón y pensaba en su amigo Marcus. En el rostro que le
inventaría cuando lo pintara y en que a pesar de todo lo amaba
entrañablemente y él a ella, su corazón no podía mentirle
El
príncipe permanecía callado, imaginaba que ella tenía seguramente noches
enteras sin dormir por su ausencia y tenía razón ella solo podía
dormirse entre sus brazos. Por fin la hija del fuego agotada se durmió.
El príncipe la soltó muy despacio, dirigió la mirada hacia la mesa de
roble rojo .Se acerco al Gran libro mágico y lo abrió. El destino había
escrito todo lo ocurrido durante su ausencia, leyó pausada y
calmadamente, como siempre un arco iris de palabras .Él mejor que nadie
para entenderlas.
Lo último que leyó fue algo que pensó y que horas antes le dijera a su princesa
-No todas las almas mi amada princesa vibran en todos los planos con la
misma intensidad por eso, el destino enlaza o separa a las almas y eso
no es casual.
-Si la tristeza que te embarga se debe a la partida de
tu amigo Marcus y su afecto en verdad fue sincero su amistad nunca
morirá.
-Pero si no es un afecto grande y real se perderá inevitablemente en el tiempo.
-Para que entiendas lo que te digo: ¡Mira mis manos!
-¿Qué crees que es mejor?
-¿Qué calcen todos los dedos o solo tres?
-Todos ¿Verdad… mi amor?
-Ahora solo quiero que duermas.
El príncipe cerró el diario, levanto la transparente y azul mirada,
caminó lentamente hacia el lecho de su amada. La contempló con la
dulzura de siempre .Retiro las peinetas de nácar en forma de mariposas
que adornaban sus cabellos. Envolvió entre sus brazos su desnudez y velo
su sueño como siempre.
FANNY JEM WONG










































El sur Jorge Luis Borges
El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes
Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus
nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la
calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había
sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en
la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la
discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la
sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte
romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y
barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el
hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad,
fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A
costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de
una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de
su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa
rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo
retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea
abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba
esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de
febrero de 1939, algo le aconteció.
Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas
distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar
descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese
hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las
escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un
pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el
horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La
arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le
habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada
estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue
atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches
sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con
exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los
oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran
que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una
tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo
condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable
sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó,
pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir.
Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le
raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron
hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado
le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una
celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la
operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un
arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de
frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su
identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le
erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy
dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de
morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su
destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas
noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte.
Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto,
podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido
llegó.
A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann
había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de
plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después
de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino
rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana,
no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las
calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la
reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos
antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las
carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla
del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.
Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann
solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa
calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba
entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de
la puerta, el zaguán, el íntimo patio.
En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó
bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la
casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la
gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido.
Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le
había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro
pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por
un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el
mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.
A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los
vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando
los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el
primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan
vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa
desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las
frustradas fuerzas del mal.
A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y
luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La
verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio
que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos,
pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo
distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el
libro y se dejaba simplemente vivir.
El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en
los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y
agradecido.
Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo
fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía
de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a
metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y
largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los
terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes
luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales,
como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados
que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la
campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.
Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el
blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que
precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era
distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la
llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la
móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la
tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto,
pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el
campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era
perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al
pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el
inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría
en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas
conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no
trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos
no le importaba).
El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado
de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un
cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez
pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce,
cuadras.
Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había
hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa
llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que
para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con
grave felicidad el olor del trébol.
El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado
para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le
recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y
Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro,
creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su
parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el
caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a
aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el
almacén.
En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que
Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el
mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo.
Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o
las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y
reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann
registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo
chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones
con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de
ésos ya no quedan más que en el Sur.
Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con
el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes
de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann
las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero
sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La
lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la
otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos
achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto,
sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio
turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso
era todo, pero alguien se la había tirado.
Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que
nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como
para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y
esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado,
pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara
arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya
estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz
alarmada:
-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió
que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación.
Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a
nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos.
Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les
preguntó qué andaban buscando.
El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de
Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a
exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una
burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo
cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a
pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado.
En ese punto, algo imprevisible ocurrió.
Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una
cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a
caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann
aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos
cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear.
La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo,
sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un
puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción
de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No
hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.
-Vamos saliendo- dijo el otro.
Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor.
Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a
cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una
felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le
clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o
soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.
Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.
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