sábado, noviembre 08, 2025

TRADICIÓN Y MODERNIDAD EN LA POESÍA DE CARLOS GERMÁN BELLI *Por Marco Martos Carrera

Marco Martos Carrera 

TRADICIÓN Y MODERNIDAD EN LA POESÍA DE CARLOS GERMÁN BELLI *Por  Marco Martos Carrera. 

 
Academia Peruana de la Lengua 
 
Resumen: 
 
El texto hace una reflexión general sobre la poesía de Carlos Germán Belli y se detiene en los primeros años de su trabajo poético, aquellos que van desde 1958 hasta 1969. Se señala que es en esa época que se define las grandes líneas de la poesía belliana que atienden tanto a la tradición como a la innovación. A renglón seguido las cuartillas exploran algunos de los temas que Belli ha desarrollado posteriormente como el interés por el deporte, en particular el fútbol, y el vínculo amoroso entre el hombre y la mujer. 
 
Primera cala 
 
Carlos Germán Belli (1927) es el poeta más traducido y celebrado de las promociones peruanas que se han dado en llamar 45-50. Su producción se vincula en sus comienzos tanto con la tradición que inaugura Rubén Darío en América como con la revuelta que propició el surrealismo. Esa última actitud, practicada con rigor, lo llevó de la escritura automática al humor negro y de allí al punto extremo del sonido gutural que entraña la posibilidad real de la demolición de la palabra. Esta evolución se da en el lapso aproximado de diez años, puesto que la primera colección de Poemas es de 1958 puede considerarse culminada en el momento de la edición uruguaya de El pie sobre el cuello, 1967. Posteriormente, Belli, que no los había abandonado nunca, vuelve a un refocilamiento en los clásicos, se interna en la patria del idioma buscando la sabiduría que dan los siglos de tradición literaria y el impulso necesario para salir otra vez hacia la tierra de nadie, es decir la consecución de un estilo personal incanjeable. 
 
Lo admirable en la obra de Belli es que, con elementos diferentes a los de cualquier otro poeta hispanoamericano contemporáneo, con un léxico y en especial con una adjetivación que parecen a primera vista pobres, pero con un conocimiento verdaderamente excepcional de la tradición, interioriza su voz en los meandros mismos del idioma. Su poesía parecería muy antigua, vetusta incluso, si no fuera también tan extraña. Y no es solamente una cuestión que atañe al léxico, aunque lo involucra. Si su originalidad reposase solamente en una cuestión de léxico, la poesía de Belli tendría muchos discípulos siguiendo la fórmula tantas veces explicada por la crítica, esa mezcla de arcaísmos y neologismos en versos preferentemente endecasílabos o heptasílabos. 
 
La confusión de muchos estudiosos con Belli tiene que ver verdaderamente con este asunto de fondo: este léxico y esta sintaxis, verdaderamente nunca vistos, tienen reminiscencias de los clásicos invocados, Góngora, Medrano, Herrera, Carrillo y Sotomayor, pero recuerdan también al lenguaje familiar y al habla de la calle, aunque sin reproducir ninguna habla en particular, casi podría decirse que ni siquiera la del propio poeta. Como en pocas escrituras de poetas hispanoamericanos, en Belli hay una persona poética que habla muy diferente de la persona que escribe, aunque, sin duda, en el centro del estro del poeta hay un altar, a semejanza del ara de los antiguos romanos, donde se rinde homenaje a los manes, lares y penates de la genealogía familiar, y los propios miembros de su tribu actual, la esposa, las hijas, los hermanos, en especial Alfonso, aherrojado al sufrimiento. Y así llegamos a comprobar que hay un aire de familia, difícil de precisar para mentes distraídas, entre Carlos Germán Belli y su compañero generacional, diverso de tantas maneras, Jorge Eduardo Eielson, que también rinde culto a su propia atmósfera familiar y que tiene también una marca escritural cuyos más remotos referentes son griegos y latinos: limpidez en el lenguaje, actitud lírica, inclusive en los textos de predominio narrativo, como ocurre en algunos pasajes de Homero y en la mayor parte de la poesía de Virgilio, y en la prosa de Plinio y de Cicerón, tanto la escrita para su divulgación como en sus cartas privadas, verdadero ejemplo de amor por suyos. 
 
Este es el contraste que provoca la chispa poética en muchos textos bellianos, la emoción que sacude al lector: forma tomada de los clásicos (endecasílabo, heptasílabo, recursos métricos tradicionales) y un personaje literario verdaderamente desesperado capaz de saltar toda norma. Con esta señal, con esta cábala podemos avanzar en la comprensión de una porción interesante de poesía belliana. La otra parcela de la poesía de Belli, que ha ido ganando un espacio en el total de su producción de estos últimos años, es una poesía reconciliada con la vida y en búsqueda permanente de la trascendencia metafísica. 
 
Segunda cala 
 
Sabido es que los escritores en general y los poetas en particular suelen definir en los primeros años de su actividad literaria las líneas matrices de la totalidad de su estro. Belli no es la excepción, antes por el contrario, es una figura paradigmática de cómo la esencia de su escritura puede hallarse en sus primeros libros que son Poemas (1958), Dentro y fuera (1960), Oh hada cibernética (1962), El pie sobre el cuello (1964), Por el monte abajo (1966), y El libro de los nones (1969). Algunos de los poemas emblemáticos de Belli, aquellos que por repetirse una y otra vez en las más variadas antologías, son los más conocidos en el ámbito de la poesía escrita en español, pertenecen a esta etapa. Belli en esos primeros libros escribe ya una poesía que hemos llamado diacrónica es decir que recurre a todas las palabras castellanas posibles, las que están en uso y aquellas que han periclitado en la marea de los años; no vacila tampoco en usar formas no consagradas por el diccionario, pero utilizadas por el común de los peruanos en su comunicación diaria. De modo paradigmático esta mezcla de lenguajes en la retorta de su estro produce el poema Amanuense: 
 
Ya descuajaringándome, ya hipando,
hasta las cachas de cansado ya,
inmensos bofes todo el día alzando
de acá para acullá de bofes voy,
fuera cien mil palmos con mi lengua,
cayéndome a pedazos tal mis padres,
aunque en verdad yo por mi seso raso,
y por lonjas y levas y mandones,
que a la zaga me van dejando estable
ya a más hasta el gollete no poder,
al pie de mis hijuelas avergonzado,
cual un pobre amanuense del Perú. 
 
Este texto pertenece al libro El pie sobre el cuello de 1964. En aquella ocasión la crítica de modo explícito reconoció la calidad de Belli, pero llamó la atención sobre el aparente callejón sin salida de la escritura del poeta. “Belli, más pavor, más asfixia” escribió José Miguel Oviedo, en una frase que nuestra memoria ha conservado todos estos años y que cabe relacionar con otra frase escrita por Mario Vargas Llosa en 1986: “Nadie ha sabido encarnar con más estrafalaria originalidad que Carlos Germán Belli el destino del poeta en este momento sombrío en que parece llegar para la poesía la hora de la catacumba. Pero, si es capaz de discutir en sus estertores, semejante canto del cisne, pese a los innumerables síntomas, acaso ella no sea mortal.”(1) 
 
En aquellos años sesenta del pasado siglo Belli parecía ir a contracorriente de la esperanza revolucionaria que emergía de los poemas de Romualdo o de Heraud. El tiempo ha probado la fineza de su mirada, no para hacer una poesía de las convicciones revolucionarias de los desheredados, sino para expresar la condición del hombre que sufre arrojado entre las cosas. El pavor y la asfixia de los que hablaba José Miguel Oviedo, no es el pavor y la asfixia de un individuo, sin el de todo un pueblo. 
 
Belli no cae seducido por el lenguaje familiar, no usa la lengua de todos los días, sino que consigue un efecto de distanciamiento, como hubiera querido Brecht, justamente mezclando un lenguaje arcaico con uno tan contemporáneo que no se encuentra todavía en los diccionarios. Estamos, por supuesto, lejos de compartir las aseveraciones sombrías que sostiene Mario Vargas Llosa sobre el porvenir de la poesía, quien por ser un depurado cultivador de la novela, y estar por lo tanto muy atento a lo sucede en el mundo de las grandes editoriales, no está tan familiarizado con la difusión persistente de la poesía en una cadena interminable, ahora revitalizada gracias a la red de internet y a la oralidad que está en su raíz y que no ha perdido desde los tiempos míticos de Homero. 
 
Probablemente la afirmación de Oviedo se vincula con algo sentido por los lectores tempranos de Belli que pensábamos que su poesía estaba en riesgo permanente del silencio pues después de lo que decía, parecía que no tenía mucho que agregar en el futuro. Había mucho error en esa apreciación. En la biografía temprana de Belli figuran sus padres que eran farmacéuticos. El poeta ha recordado que nació en los altos de una botica y que cree entroncarse con los alquimistas medievales (2). Otro poeta célebre, León Felipe, fue también químico farmacéutico. Si recordamos estos hechos es para vincular de dos maneras diferentes el mundo de pesas y medidas propios de las farmacias con la poesía. Belli sabía ligar desde el comienzo de su trabajo literario la tradición con la innovación. 
 
En el poema Amanuense que hemos copiado, el embrujo, la sensación de extrañeza que produce el léxico del poema y lo terrible que va diciendo, esconden algo primordial: el poema parece de verso libre, pero está medido de la forma más rigurosa, se trata del endecasílabo nacido italiano y bautizado español. Mundo de pesas y medidas, pues, en primer lugar. Pero además, el mundo de las farmacias y el mundo del hogar paterno son espacios cerrados y relievarlos a finales de los años cincuenta y durante los años sesenta del pasado siglo, si bien de un lado era ir a contracorriente de la poesía más difundida en hispanoamérica, son los años de triunfo para Neruda, pero también de las apariciones de poetas como Ernesto Cardenal, José Coronel Urtecho, Roberto Fernández Retamar, y en el Perú, años de éxito para Alejandro Romualdo Valle. La poesía de aquellos vates es la que los nicaragüenses han llamado exteriorista. Pero Belli no es un poeta interiorista como contraste. Es un poeta de recogidos espacios que responde a una tendencia mundial a través de los siglos. Los grandes poetas de la antigüedad, había ligado su canto al porvenir de sus comunidades, como Homero, como Virgilio: 
 
otros como Dante había querido hacer el canto de la humanidad, penetrando en todos los espacios susceptibles de ser cantados, el Paraíso, el Edén, la Tierra y las Cavernas, pero con el paso del tiempo, el mundo de las epopeyas que llega hasta el siglo XVI, y se prolonga en poemas discursivos que exaltan a la razón y a la justicia en el siglo XVIII, cuyo último representante es en el siglo XIX, Víctor Hugo, cede ante la poesía de espacios más pequeños que es la Baudelaire, el padre de la modernidad. Belli pertenece a esta raza de poetas, la que nace de Baudelaire y mira los pequeños espacios y no los grandes horizontes. ¿Y qué hay en el pequeño espacio de la poesía belliana? Hay mucho, el universo entero a través de las pequeñas formas: la farmacia es un símbolo del mundo de los afectos, del mundo de la exactitud, del mundo de lo mensurable. La farmacia es, además, símbolo de la ciencia y un vínculo con el mundo medieval amante de la ciencia y de la alquimia que simboliza a su vez la búsqueda incesante de aquello que juzgamos más valioso. En ese mundo de los pequeños espacios Belli hace algo que no ha hecho ningún otro poeta peruano en los últimos siglos: vincular de modo explícito la poesía con la ciencia a través de su elogio persistente a la cibernética. Hacía muchos siglos que ciencia y poesía estaban separadas. Verdad que Belli no usa, como utilizó Virgilio, la poesía para difundir conceptos científicos. Su poesía es la admiración del usuario a la cibernética, pero además, reabre la posibilidad, que no tiene por qué estar cerrada para siempre, de difusión de conocimientos científicos a través del verso. A algunos les puede parecer extraña esa posibilidad, pero está ahí, intacta, para los poetas del futuro. 
 
En el libro El pie sobre el cuello, figura otro texto que deseamos comentar brevemente. Se trata de Poema: 
 
Frunce el feto su frente
y sus cejas enarca cuando pasa
del luminoso vientre
al albergue terreno,
do se truecan sin tasa
la luz en niebla, la cisterna en cieno;
y abandonar le duele al fin el claustro,
en que no rugen ni cierzo ni austro,
y verse aun despeñado
desde el más alto risco,
cual un feto no amado,
por tartamudo o cojo, o manco o bizco. 
 
El poema empieza con una aliteración que ha ganado justa fama en la lengua española, comparable a la célebre de Garcilaso en la Égloga III, solo que el verso del poeta español sostiene un clima de tranquilidad bética: “en el silencio solo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba” en Belli, a través de los fonemas fricativos sibilantes “f”, r” y “s”, consigue un clima de tensión, aquel del nacimiento. Ese feto que levanta sus cejas cuando nace y que le duele salir del claustro materno, expresa, una vez más la capacidad de síntesis de la poesía, la posibilidad que tiene de, en pocas palabras, sintetizar, condensar, una de las preocupaciones más grandes del género humano: el nacimiento, el trauma del nacimiento para usar un concepto que debemos a Theodor Reik, uno de los discípulos de primera hora de Sigmund Freud. El nacimiento es, para los antropólogos, uno de los ritos de pasaje del género humano, y los otros ritos generales son la pubertad, el matrimonio y la muerte. Lo que tienen en común estos actos simbólicos para todos los hombres es la mezcla en proporciones variadas de sufrimiento y goce. Por supuesto que un niño nace generalmente en medio de grandes expectativas de padres y familiares. Pero nace en medio del sufrimiento físico de la madre y del temor de que cualquier dificultad o enfermedad puedan presentarse. Pocas veces nos ponemos a pensar en lo que piensa o siente ese feto que nace. En principio, dentro del claustro materno estaba mejor, de eso no cabe la menor duda. El niño viene al mundo con un grito o, como en el poema de Belli, enarcando, levantando las cejas en un movimiento de preocupación pues ingresa a lo desconocido, a lo potencialmente nefasto. Y en esto Belli se emparenta con el pensamiento de Shopenahuer, y con las poéticas de Calderón y de Vallejo. El peor delito del hombre es haber nacido, sostenía Calderón, y Vallejo creía en Los heraldos negros que había nacido un día que Dios había estado enfermo, grave. En las cortas líneas que tiene el poema de Belli se pone atención a la posibilidad del ser que nace de tener diferentes defectos físicos que enumera con cuidado: tartamudo, cojo, manco, bizco. Se trata del mundo marginal de los seres humanos que ahora llamamos especiales. Ese despeñar que sufren los niños por sus defectos, nos lleva en primera instancia al mundo de la antigua Esparta donde efectivamente ocurría en una actividad aprobada por la ciudad estado. Pero tampoco es algo superado por las civilizaciones posteriores. Ahora mismo en nuestras urbes contemporáneas, en las megápolis del primer mundo, pero también en las grandes aglomeraciones de viviendas en los países en vías de desarrollo, cada día miles de niños son abandonados por sus defectos físicos. Es un riesgo enorme nacer, nos dice Belli, es un trauma, en palabras de Reik. Esta temática persiste en la obra belliana, a pesar del hálito metafísico de cierta esperanza de sus últimos libros. Trascribimos ahora pasajes del poema Balada del Dios Hefesto el cojo de su libro En las hospitalarias estrofas: 
 
Como me desprecian por ser un cojuelo
que en la superficie más lisa del mundo
anda a trompicones como un viejo abuelo,
y en la vergüenza desalado me hundo,
pues soy un pelele que a otro hace jocundo
al verme sumido en torpes andas,
que por tal motivo solo pesar cundo,
y los dioses andan siempre en dos zancadas. 
 
Hefesto, el cojo, simboliza a aquel que sufre, que está lleno de defectos que le hacen la existencia compleja, dura, pero que tiene su yunque fecundo, como el poeta tiene hospitalarias estrofas, donde reina y organiza un mundo independiente de todo sufrimiento, independiente también de la diatriba y hasta del elogio. 
 
Tercera cala 
 
Como ha señalado la crítica especializada, existen en la poesía de Carlos Germán Belli, distintas líneas temáticas que coexisten, con predominio de una de ellas. El personaje que escribe los poemas iniciales es un individuo desencantado de su sociedad que encuentra en su escritura secreta y marginal y diferente, en el sentido de poco aceptada, un pequeño oasis que hace soportable la vida. Es una expresión literaria que el sistema apenas tiene en cuenta y que fácilmente soslaya. El escritor ha tomado todas las opciones equivocadas: escribe poesía y dentro de la lírica opta por caminos inhollados que no son aquellos sancionados por el canon literario, sino los que van saliendo de su propio magín virtuoso. Pero este estro peculiar y único en la poesía hispanoamericana como bien se sabe ahora, no toca únicamente la tecla del sufrimiento, sino que encuentra inéditos caminos de acercamiento a tipos diversos de lectores. Y lo hace de manera insólita, por ejemplo, recurriendo a las bodas literarias entre la pluma y el deporte. 
 
Sabida es la importancia que tiene en el mundo contemporáneo la práctica de los deportes, y la observación de los deportes, mucho más popular que el mismo ejercicio. Nadie puede dudar de la seriedad con la que el pueblo toma en nuestros países hispanoamericanos al fútbol, deporte que nos llegó desde Inglaterra y que se ha afincado tanto en nuestros países que es difícil ignorarlo, aunque fuere para denostarlo, como lo hacen algunos científicos, humanistas y hasta algunos poetas. Pero existe otra tradición, de aplauso y celebración de esa actividad, en la que se inscribe Carlos Germán Belli que sale de su torre de marfil real o inventada para afincarse en los estadios para ser uno de los entusiastas que corea las hazañas deportivas de los jugadores y que las vuelca a la página en blanco dándoles una vida literaria no prevista. 
 
El primer poeta que cantó al fútbol en América del Sur fue el peruano Juan Parra del Riego. En su permanencia en Montevideo en los años veinte del pasado siglo, el vate conoció como aficionado, a Eusebio Gradín, afamado futbolista de esos años y le dedicó el poema Polirrítmico dinámico a Gradín, jugador de fútbol. El texto hizo fortuna y figura en las más serias antologías de poesía peruana. Parra del Riego imaginaba a Gradín ágil, fino, alado, eléctrico, repentino, fulminante y sus disparos que iban a convertirse en goles tenían el golpe seco de la metralla. Después dos poetas españoles han cantado al fútbol: Rafael Alberti y Miguel Hernández y finalmente, solo para hablar de los más destacados, Carlos Germán Belli. El hecho tiene singular importancia porque subraya la voluntad del poeta de salirse de lo obvio en poesía. Sabido es que Umberto Eco clasificó al hombre contemporáneo como apocalíptico o como integrado. El primero no cesa de lamentarse por los malos tiempos que se viven, por el retroceso de la cultura frente a formas espúreas o bárbaras. Eco sostiene que la alta cultura contemporánea nos viene del renacimiento, que hay una cultura de difusión que copia a esa forma lograda y que existe algo inédito, que no tiene equivalente en el mundo renacentista y que es la cultura de masas. El sujeto apocalíptico rechaza toda forma que no venga del renacimiento y el integrado reconoce los aportes de esa cultura reciente y multitudinaria: la del lector de periódicos, del oyente de la radio, el espectador de televisión o el aficionado al fútbol. Belli, que ha sido futbolista de barrio en su juventud y que en su madurez continúa poniendo mucha atención al deporte, con los recursos de la poesía rinde homenaje a fútbol: 
 
Estadio Vaticano
Los jugadores de fútbol
a sus camarines vuelven
paso a paso cabizbajos,
trémulos y sollozando
por entre las viejas ruinas de Occidente veneradas
y la chusma de poetas tan seguros de sí mismos,
levantadores de pesas, diplomados en gimnasios,
soberanos del amor, del dinero y la salud,
que ferozmente se burlan
del sensible futbolista,
legislador del planeta
por mandato de los cielos,
pero que pierde la bola cristalina de la suerte,
empujada por los austros hacia el arco solitario,
cuyos palos de repente en un atril se transforman
para el libro del fornido, más sin alma, ruin poeta,
que no vela ningún arco
y si desdeña a quien vive
como vos a duras penas,
guardameta, centrofodward,
en este de pan llevar áspero campo del mundo,
desde la cuna a la tumba sufriendo calladamente
de la vana chusma aquella qué de silbos afrentosos
por la súbita derrota de seis goles contra cero
en el preciso momento
de pasar del Paraíso
una noche de setiembre,
al Estadio Vaticano. 
 
El poema combina versos de arte mayor con otros de arte menor; distribuido de una forma que semeja la colocación de los deportistas en el campo deportivo, se desarrolla trabajando la oposición entre futbolistas y aquellos que los desdeñan entre quienes está “la chusma de poetas”. Aunque el texto no lo dice explícitamente, el zahorí lector puede adivinar que numerosos pares en el oficio de escribir, diestros en lo suyo menosprecian a los futbolistas que hacen lo suyo mientas sufren calladamente silbos afrentosos de la vana chusma. El texto contrasta un oficio digno, el mismo que el poeta practica, la literatura, venida a menos por una masa de poetas convertida en chusma, igualada a levantadores de pesas, diplomados en gimnasios, con los propios futbolistas. La manera de trabajar esta oposición, no coloca las bellas letras en oposición a los deportes, sino que distingue a los adoradores de la escritura, vanos en su seguridad, frente a la humildad, el callado sufrimiento de los futbolistas que cumplen con su deber y están sometidos, si por alguna razón yerran, a la vindicta pública. Esta página de Belli, inscrita en lo profundo de la modernidad, en la sociedad de masas, colocan al poeta como un partidario de la práctica del deporte y de su observación. Pero al mismo tiempo, por una paradoja que poco se ha observado, vinculan al poeta con lo más clásico que podamos imaginar: la Grecia de Pericles. En aquellos años del siglo V antes de Cristo, el pueblo de Atenas entero, unas catorce mil personas se reunían en los teatros para disfrutar de las tragedias de Esquilo, Sófocles Eurípides y las comedias de Aristófanes, pero esa misma masa concurría luego a los estadios a vitorear a sus atletas en los juegos olímpicos. Es curioso, pero lo contemporáneo reproduce lo clásico hasta extremos impensados. Un mismo individuo, el poeta que pergeña los versos que celebramos, en el silencio de su gabinete, prepara sus endecasílabos, se refocila en la lectura de los clásicos griegos o castellanos, luego sale a la calle, cumple labores administrativas que le aseguran el pan diario y concurre como otros miles de espectadores a los estadios donde se juega el fútbol, y en los partidos más importantes que se juegan fuera de su ciudad, prende el televisor para deleitarse con las evoluciones de los futbolistas. 
 
Otro texto de Belli nos habla también del fútbol: 
 
El guardameta
Por velar el arco
del verde campo del fútbol,
por aquel del universo
sumo ser animado,
como los aires, la piedra o las aguas semejante,
e inerte, fijo, sin vida, tres palos colocados
en los linderos del orbe por donde se entra o se sale
ya mañana, tarde, noche, de estación en estación,
tu desdeñas fríamente,
sin pensar jamás dos veces,
el peso del centrofodward
que el cielo te reservaba
por ser hijo primogénito de la familia terrestre
y elaborado en el seno de los gérmenes supremos,
con óptimo patrocinio y el mayor de los primores,
tal si fueras destinado a vivir eternamente.
Y te olvidas por completo
de ti mismo y de tus deudos,
que están vivos y no son
este arco que tu vigilas,
que nunca ríe y no habla y no se mueve un centímetro,
para siempre indiferente a tus mil preocupaciones
en torno al balón ferroso de los mal aviesos hados,
en tanto ayunan contigo tus deudos en las tribunas,
mirándote todos mustios
como velas noche a noche
tu arco más inanimado
que la piedra, el agua o el aire. 
 
El poema, en cierto sentido gemelo del anterior, en cuanto temática, se diferencia mucho de su homólogo. Formalmente es semejante, combina versos de arte menor con otros de arte mayor y se centra en el fútbol, pero se focaliza en un individuo, el arquero, llamado guardameta, el más humilde de los futbolistas. Los niños, sabido es, prefieren ser centrodelanteros. Solo aquellos que persisten en la práctica del deporte pueden llegar a alcanzar la pericia y el disfrute de otros puestos en el campo. Por cierto hay guardametas que han sido héroes de las canchas como Platko, el húngaro a quien cantó Rafael Alberti, como Zamora, a quien apodaban el divino, como Rafael Asca en el Perú, como Sergio Livinsgtone en Chile. Belli hace una abstracción de todos ellos y canta al guardameta, centrado en su actividad de impedir el triunfo de los antagonistas, solísimo junto a sus tres palos inanimados, más que la piedra, el agua o el aire. En el gran escenario del campo del fútbol, el guardameta cumple una función ritual, aparentemente pequeña, de su eficacia depende todo el espectáculo. Para él guardar la meta no es un disfrute, es una obligación, un trabajo; el disfrute es para los espectadores, pero no para el que pergeña la pluma. El pendolista Carlos Germán Belli se identifica con el guardameta y tiene el modesto oficio e cantar en medio de la vorágine de la civilización contemporánea. Si el poema Estadio Vaticano oponía el fútbol con otras actividades, la poesía, pero más exactamente con la sociedad de los poetas chusma, semejante de alguna manera a la sociedad de los levantadores de pesas, el texto El guardameta, si hacemos una comparación de la poesía con el cine, acerca la cámara, se vuelve minimalista, retrata la soledad de un individuo en medio de un campo de fútbol, en medio de la masa rugiente de aficionados en las graderías. 
 
Cuarta cala 
 
Hubo un poeta provenzal que estuvo en el principio de la poesía de su lengua; su fama conmovió a Dante, a Petrarca, a Ezra Pound y de alguna manera su estro está presente en la escritura de todos los adoradores de la forma como base indispensable de toda la actividad literaria. Arnaut Daniel entre otras perfecciones literarias es el creador de la sextina, probablemente la más compleja de las composiciones literarias en poesía. La sextina, sabido es, tiene 39 versos, distribuidos en 6 estrofas de 6 versos endecasílabos y una coda de tres versos de la misma medida. Tiene la particularidad de que las palabras finales de cada verso, en un orden que estableció Arnaut Daniel, se repiten en las estrofas siguientes y aparecen, dos en cada verso, en el terceto final. El poeta, antes de empezar a escribir el texto puede tener una partitura con las palabras elegidas y luego llenar cada uno de los versos. Como puede percibirse fácilmente, es una hazaña descomunal escribir una sextina que tenga sentido y gracia. Tal vez por eso no tenga mucha fortuna en la poesía contemporánea, pero sí en los textos de Carlos Germán Belli. 
 
De ella ha dicho Martín de Riquer que “puede llegar a adquirir un tono obsesionante y fantasioso al presentar ante el lector las mismas palabras bajo aspectos sucesivos y diversos, ondeando y serpenteando a lo largo de 39 versos. En el cultivo de la sextina solo puede salir airoso un gran poeta que sepa imponer su pensamiento a técnica tan rígida y tan artificiosa” (3). 
 
Belli tuvo un primer contacto con la sextina leyendo al poeta español Fernando de Herrera, llamado en su época, el siglo XVI, el divino. Discípulo confeso de Garcilaso, Herrera, admirador impenitente de la belleza femenina, dedicó todas sus composiciones amorosas a la misma dama; cuando ella falleció, el vate dejó de escribir. Antes tuvo tiempo de pergeñar cuatro sextinas que han contribuido a cimentar su fama. Otro poeta que cultivó la sextina en el siglo XVI es Gutierre de Cetina, el magnífico poeta autor del célebre poema que comienza diciendo “Ojos claros, serenos”; cultivador de la sextina, murió en un duelo en Puebla, México, cuando en una callejuela defendió a una dama. De Gutierre de Cetina, Belli ha tomado la doble sextina que ha practicado en más de una ocasión. Pero una vez más, el poeta coloca en un molde antiguo sentimientos y formas de pensar contemporáneas. Veámoslo en la siguiente sextina: 
 
Sextina de Kid y Lulú 
 
Kid el Liliputiense ya no sobras
comerá por primera vez en siglos,
cuando aplaque su cavernario hambre
con el condimentado dorso en guiso
de su Lulú la Belle hasta la muerte,
que idolatrara aún antes de la vida.
Las presas más rollizas de la vida,
que satisfechos otros como sobras
al desgaire dejaban tras la muerte,
Kid por ser en ayunas desde siglos
ni un trozo dejará de Lulú en guiso,
como aplacando a fondo en viejo hambre.
Más horrible de todos es tal hambre,
y así no más infiernos fue su vida,
al ver a Lulú ayer sabrosa en guiso
para el feliz que nunca comió sobras,
sino el mejor manjar de cada siglo,
partiendo complacido hacia la muerte.
Pues acudir al antro de la muerte,
dolido por la sed de amor y el hambre,
como la mayor pena es de los siglos,
que tal hambre se aplaca presto en vida,
cuando los cielos sirven ya no sobras,
mas sí todo el maná de Lulú en guiso.
Así el cuerpo y el alma ambos en guiso,
de su dama llevárselos a la muerte,
premio será por sólo comer sobras
acá en la tierra pálido de hambre,
y no muerte tendrá sino gran vida,
comiendo por los siglos y los siglos.
El cuerpo de Lulú sin par en siglos,
será un manjar de dioses cuyo guiso
hará recordar la terrestre vida,
aun en el seno de la negra muerte,
que si en el orbe sólo existe hambre,
grato es el sueño de mudar las sobras.
Ya no en la vida para Kid las sobras,
ni cautivo del hambre, no, en la muerte,
que a Lulú en guiso comerá por siglos. 
 
El poema de Kid y Lulú sigue rigurosamente las reglas inventadas por Arnaut Daniel. 
 
Dentro de ese molde, semejante a las letanías adormecedoras de la religión católica, de lo que habla el texto es la vuelta a algo muy primitivo: comer lo que se ama. Este poema que sería y es una delicia para psicoanalistas habla de la oralidad antropofágica que si bien existió siempre en la especie humana, aparece de manera repetitiva en las noticias de los diarios. Belli, con un humor sarcástico, se refiere a un presente eterno donde un hombre “come” a una mujer, que es el objeto de su amor. Destruir lo que se ama, tragarlo, es algo con lo que estamos familiarizados, aunque lo rechazamos como un retroceso cultural de la especie humana. 
 
Tal vez el texto que mejor habla del propósito literario de Belli es Asir la forma que se va que leemos a continuación, como justo final de esta exposición: 
 
Hay quienes creen en la Divinidad, únicamente ante el pavor ante la posible nada. Igualmente hay quienes adoran la forma artística ante el temor de que termine por desintegrarse para siempre. Pero en este caso la angustia no es la única causa, sino que a la vez hay una tácita devoción sensorial, tan antigua como los propios objetos estéticos. Es la fe en la forma, no por el riesgo del vacío, sino por el puro placer de disfrutarla. Igualmente como cuando se adora a la divinidad por 0sí misma, y aun si no existiera. En realidad, ni espuria, ni imputable a barrocos y parnasianos. No hay que avergonzarse de ella. Obrar así no es otra cosa que renegar de nuestro continente. Porque los cuerpos en que moramos también poseen un contorno, también una estructura donde se encuentran en perfecto orden y concierto los secretos órganos vitales. Aferrándonos a ella, como nos aferramos a nuestra forma corporal, ante el embate del tiempo, ante la aproximación ineludible de la muerte. 
 
Lo heredado por Belli de la tradición occidental es la forma y en muchos sentidos él mismo es un adorador de ese misterio. Lo que nos ofrece cuando publica sus versos, es contenido nuevo, vino fresco, en odre antiguo y así, poco a poco, se ha ido convirtiendo en un clásico de la lengua española contemporánea y por esa razón lo celebramos aquí, como algo de lo mejor que el Perú puede ofrecer al mundo en literatura. 
 
Lima, 24 noviembre de 2008 
 
Notas 
 
* Ponencia presentada el 26 de abril de 2007 en el “IV Congreso Internacional de Peruanistas”, Santiago de Chile. 
 
El texto de Mario Vargas Llosa apareció en el libro Carlos Germán Belli. Antología crítica. Selección y notas de John Garganigo. New Hampdhire. Ediciones del Norte. 1988.
 
Bajo el título de “Página autobiográfica” Belli entrega interesantes disquisiciones en Carlos Germán Belli. Antología personal. Lima. Concytec. 1988. 
 
La cita la hemos tomado del libro de José Domíguez Caparrós. Diccionario de métrica española. Alianza Editorial. Madrid. 1999 p. 387. 
 
BIBLIOGRAFÍA
 
BELLI, Carlos Germán. Poemas. Lima. Talleres gráficos Villanueva. 1958.
------------------------- Dentro y fuera. Lima. Ediciones de la Rama Florida. 1960.
------------------------- ¡Oh hada Cibernética!. Lima. Ediciones de la Rama Florida. 1961.
------------------------- El pie sobre el cuello. Lima. Ediciones de la Rama Florida. 1964.
------------------------ Por el monte abajo. Lima. Ediciones de la Rama Florida. 1966.
------------------------ El pie sobre el cuello. Montevideo. Editorial Alfa. 1967. (Reúne todos los libros anteriores).
------------------------ Bodas de la pluma y la letra. Madrid. Ediciones Cultura Hispánica. 1985.
------------------------ Antología personal. Lima, Concytec. 1988.
------------------------ ¡Salve spes! Lima. Pontificia Universidad Católica del Perú. 2000.
----------------------- En las hospitalarias estrofas. Madrid, Péñola Blanca. 2001.
----------------------- Versos reunidos (1970-1982). Lima. Instituto Nacional de Cultura. 2005.
 
LA POESÍA DE CARLOS GERMÁN BELLI: LAS SEXTINAS 
 
Marco Martos Carrera
Academia Peruana de la Lengua
1. La sextina: un nadar contra la tempestad
"Ieu sui Arnautz qu'amas l'aura
E chatz la lebre ab lo bou
E nadi contra suberna."
"Yo soy Arnaut, el que amasa la brisa
y caza la liebre con el buey
y nada contra la tempestad."
Arnaut Daniel 
 
Arnaut Daniel, poeta provenzal del siglo XII, es el artífice inicial de la sextina, sofisticada composición que por sus rigurosas formalidades es un ejemplo claro de cómo la poesía puede tener las mismas exigencias que la matemática. Vivimos en la poesía del siglo XXI un momento en que parece que todo está permitido en la página en blanco. Los poetas de hogaño están muy lejos de las tensiones formales que vivieron Vallejo o Huidobro a en las primeras décadas del siglo XX cuando consiguieron liberarse de las ataduras retóricas que viniendo desde antiguo, culminaron en el modernismo. Mallarmé, con su uso magnífico de los espacios, enseñó a los poetas de vanguardia que se podía ser diferente asociando la poesía a las artes gráficas. Pero después de la vanguardia ¿qué? 
 
Lo que nos parece más perdurable es una poesía de tuétano, como la del Vallejo posterior, o la de Gonzalo Rojas o la de Eugenio Montejo, una poesía que privilegie las esencias, que diga algo único a cada hombre, que merezca ser leída una y otra vez por sucesivas generaciones. Esta poesía no privilegia una forma determinada en detrimento de otra, no considera que el verso libre sea preferible al verso medido, pero al revés tampoco; reconoce, eso sí, la importancia de la forma. No hay poesía de verdad que no tenga su forma trabajada. El poeta recupera en los albores del nuevo milenio, sus cualidades de orífice. Frente al facilismo tan difundido, hay otros que buscan la poesía en una despiadada auto exigencia. En la proa de ese barco que va buscando las más urgentes formas posibles continúa Arnaut Daniel, gentil hombre, ducho en el trovar, desdichado en amores, como solía suceder cuando un juglar ponía los ojos en una alta dama. Amor que no es amor, es más amor si pena. Las tristezas y los versos de Daniel, fueron conocidas por Dante, Petrarca, el Marqués de Santillana, Fernando de Herrera, Ezra Pound, y andando el tiempo por Carlos Germán Belli. 
 
La sextina, en su forma actual, que es de origen renacentista, consta de seis estrofas de seis versos endecasílabos, y un envío, o tornada, o contera, de tres versos. No existe correspondencia en las rimas y el esquema de escritura es el siguiente: 
 
1 2 3 4 5 6
A F C E D B
B A F C E D
C E D B A F
D B A F C E
E D B A F C
F C E D B A 
 
Contera: 
 
(a B, c D, e F) 
 
las minúsculas señalan que tres palabras se repiten dentro del verso, y las mayúsculas, señalan que se repiten como último vocablo del verso. 
 
Pertenece la sextina a lo que en la sociedad medieval se llamó trobar ric, es decir un trovar difícil, complejo en sí mismo, gongorino en cierto modo, formalista. Desafío terrible para los poetas de hogaño, resucitar una forma abandonada en el barroco, aunque sí cultivada por Cervantes y Lope de Vega y el divino Fernando de Herrera y frecuentada en el siglo XX por Gil de Biedma, Fernando Ortiz y Javier Salvago. Los poetas contemporáneos que cultivan la sextina, entre los que figura Carlos Germán Belli, no necesariamente tienen el deseo de innovar la forma de manera perentoria y directa, la originalidad que proponen hunde sus raíces en lo clásico y aceptan el desafío de procurar decir algo interesante en medio de exigencias formales extremadas. Solo el curioso lector estará en la capacidad de decidir sobre el fondo: si dicen algo interesante en esta aventura arriesgada. 
 
2 Las sextinas de Belli 
 
Desde su aparición como poeta, en 1958, hasta ahora mismo, el poeta y académico peruano Carlos Germán Belli mostró una marcada preferencia por las formas tradicionales, y entre ellas, las menos gastadas por el uso, una de las cuales, con el andar del tiempo se ha mostrado como muy favorecida en su escritura, la sextina. No en van, uno de sus libros más conocidos se titula Sextinas y otros poemas y data de 1970. 
 
Las sextinas de Belli abordan variados temas, pero entre ellos, dan preferencia a la relación amorosa, a ese misterio vínculo entre hombre y mujer que se inició en la aurora de los tiempos. Precisamente para esta exposición, hemos escogido dos de sus sextinas para comentarlas y contrastarlas. 
 
A Filis 
 
Un nudo por eterno no de hilos
contigo Filis mía, ni de cintas
ni menos hecho de livianas cuerdas,
más sí anudados yo y tú por las aguas,
por largas lenguas de ardoroso fuego
y movimientos sin cesar del aire.
Así, en nudo de fuego y agua y aire,
cuya cuerda es un digno y puro hilo
más purpurado que los propios fuegos,
más fino que las fibras de las cintas,
y dentro yo y tú como pez en agua,
tal dos hilos juntos en una cuerda.
Ninguno desatar podrá las cuerdas
con que firme nos ha anudado el aire,
ni tampoco la ligazón del agua,
que en uno y otro caso es vital hilo,
soldándonos como umbilical cinta,
entremezclada de aire y agua y fuego.
Ondas etéreas, ondas de gran fuego,
ondas líquidas, Filis, como cuerdas,
o perpetuamente adhesivas cintas,
nos ciñen hasta más allá del aire,
atándonos con delicados hilos
a los senos del cielo, suelo y agua.
Si juntos no nacimos en el agua,
junto si nos enlazarán los fuegos
de las redes de eléctricos mil hilos
conectados al cabo de las cuerdas,
que nos sostienen a ambos en aire,
como al planeta de celestes cintas.
Esta acuática, aérea y montés cinta
ligándonos debajo de las aguas,
entre las capas próximas del aire
y en la entraña de todo dulce fuego,
del cual nos hala la postrera cuerda
y a donde nos regresa el primer hilo.
No por cuerdas atados ni por cintas,
más un hilo ya somos, Filis, de agua,
soplo ya de aire, lengua ya de fuego. 
 
Carlos German Belli, escoge como destinataria de este poema a Filis, personaje de la mitología griega, hija de Licurgo, rey de Tracia, que se casó con Demofonte, hijo de Teseo, que la conoció cuando se paseaba por Tracia, regresando a casa después de la guerra de Troya. En todas las versiones del mito, estos amores fueron desdichados, en una de ellas, separada de su esposo, Filis se suicida ahorcándose de un árbol. En el lugar donde la entierran, crece un árbol de almendra, que florece cuando regresa Demofonte. En otra variante de la historia, Demofonte muere cuando cae accidentalmente sobre su propia espada. La utilización por Belli de este nombre griego, parece tener poco que ver con la tradición que se acaba de contar. Su Filis más bien parece tomada de la poesía pastoril española, pastorcilla sencilla, encantadora y enamorada, a la que cantó Lope de Vega. En el aspecto formal, el poema se sostiene dentro de las cerradas formas de la sextina; la única anomalía, si así cabe nombrarla, desde un canon estrictamente clásico, es la alternancia de los vocablos "fuegos" y fuego", modificación que pasa desapercibida para el mayor número de lectores. Este poema viene de los fondos de la cultura del hombre, de Grecia misma y de China, sociedades que pusieron hincapié, en los elementos básicos que constituyen la tierra: el aire, el agua, el fuego y los propios suelos terrestres. En la primera estrofa, dirigida, como el resto del poema a esta dama Filis, de resonacias clásicas, se establece una relación amorosa de privilegio a través del agua. Y si se compara esta preferencia con todo el texto se verá que la presencia del agua, está combinada con el fuego y aire, como aparece condensado en la contera del poema:
 
No por cuerdas atados, ni por cintas,
más no hilo ya somos, Filis, de agua,
soplo ya de aire, lengua ya de fuego. 
 
Y hemos dado, de golpe, con el centro del texto: se trata de un amor, no terrestre preferentemente, este amor es de agua, de aire, y de fuego, es un amor móvil, fuera del mundo, un amor que circula entre elementos cambiantes, como el agua que circulando permanece, como el aire invisible, pero que llena todos los espacios, como el fuego incansable con sus llamas. Al final de la cuarta estrofa hay una única referencia a suelo, es decir a un elemento terrestre, pero lo que prevalece es el cambio y finalmente el fuego. 
 
La tradición mística señala que el amor humano esta hecho a imagen y semejanza de la búsqueda que hace de Dios el alma. El amor verdadero es la fusión definitiva de los elementos que son capaces de dejar de ser ellos mismos, para entrar como el leño en el fuego y desaparecer en esas llamas. Así, el amor ponderado en esta sextina es circulante, como el agua, está en todas partes como el aire, es llama misma, el centro del fuego. Un amor que no está hecho para siempre, sino que se va haciendo en el cambio, amor siempre renovado, diferente. Pero las palabras, los significados de los discursos, poéticos, o de cualquier otra índole, contienen, junto con sustancias previsibles, otros contenidos más ocultos, más difíciles de precisar y de entender en primeras lecturas. Y en este caso, este amor que está construyéndose, que tiene filamentos de agua y aire y fuego, que va por aires y por los mares, tiene, como está dicho, poco de terrestre, apenas está afincado a un suelo, por eso mismo, si algo le falta, es solidez. Es un amor que se está haciendo, que es ligero como el aire, circulante, como el agua, incandescente, que es capaz de consumir todo, de destruirlo también, como el fuego. Y de esta manera Belli, da con la clave de todo amor humano, incandescente como el fuego, con el don de la ubicuidad como el aire, fluido como el agua, sólido muy pocas veces como la tierra, feble, como todo lo humano. Las cenizas que son el no amor, son el testimonio del fuego.

miércoles, noviembre 05, 2025

Buganvillas por Marco Martos

Buganvillas por Marco Martos

Buganvillas por Marco Martos

Qué moradas buganvillas,
En el medio del desierto,
En la noche del mar muerto,
Rojas, blancas maravillas.
De pie las cuido, en cuclillas,
Me conmueven, papelillos,
Juntan colores, amarillos.
Tienen también sus espinas,
Escondrijos, golondrinas,
Dagas, puñales, cuchillas.

martes, noviembre 04, 2025

Aserrín por Marco Martos : La décima o espinela

Aserrín por Marco Martos : La décima o espinela


Aserrín por Marco Martos : La décima o espinela

Vicente Espinel fue un poeta español, (1550-1624) que alcanzó mucha popularidad y que debe parte de su fama a la creación de una estrofa que se llama décima o espinela. Se trata de una estrofa de diez versos octosílabos, en la que el primer verso rima con el cuarto, el quinto y el décimo, el segundo con el tercero, el sexto con el sétimo, el octavo con el noveno. La estrofa fue de mucha popularidad en su época y la usaron varios autores del siglo del oro, entre ellos Pedro Calderón de la Barca. He aquí un ejemplo de décima:
 

Amapola

Tu purísima amapola
Luce blanca en lo más verde,
Quien no venga se la pierde,
Bella flor con aureola.
Noche es bajo la farola,
Los pétalos son de nieve
En el calor que conmueve,
Amapola tan graciosa,
Mimosa, olorosa, diosa
Entre los árboles, sola.
 
En el Perú la décima es muy popular y su principal cultor es Nicomedes Santa Cruz cuyo centenario de nacimiento se acaba de conmemorar. El poeta solía, como otros bardos populares, hacer un cuarteto inicial como introducción. He aquí una de sus espinelas más conocidas:
 
A cocachos aprendí
mi labor de colegial
en el Colegio Fiscal
del barrio donde nací.
Tener primaria completa
era raro en mi niñez
(nos sentábamos de a tres
en una sola carpeta).
Yo creo que la palmeta
la inventaron para mí,
de la vez que una rompí
me apodaron mano´e fierro,
y por ser tan mataperro
a cocachos aprendí.
 
Santa Cruz creía, equivocándose, que él era el último cultor de la décima en el Perú. En nuestro país esa estrofa es muy popular, tanto entre los poetas más conocidos del canon: Martín Adán, Juan Luis Mejía, como entre los juglares populares que suelen agruparse en asociaciones. Solo en Lima, en este momento hay trescientos de ellos. Son muy populares en el país, en especial en Morropón, Chulucanas, Piura, 
 
Ferreñafe, Saña, Lambayeque, Chiclayo, los amistosos enfrentamientos poéticos entre los cultores de la décima, algunos de los cuales, aparte de tener una memoria prodigiosa, son repentistas. Muy recordables entre estos poetas son Antonio Silva García, Fidel Alcántara Lévano, Saúl Moisés Anchante Baylón, Hildebrando Briones Vela, Miguel Reynoso, Iván Santa María, Carlos Espinoza, Javier Huapaya. Los recitales de décimas congregan a cientos de espectadores en muchos poblados del Perú. En el norte son tan populares como las cumananas que trajeron los soldados de Sucre, oriundo de la ciudad de Cumaná en la zona costera de Venezuela.
 
Publicado en Expreso el 4 de noviembre de 2025.

Meditación por Marco Martos

Meditación por Marco Martos


Meditación por Marco Martos

Mañana, Berenice, te mandaré
señales de humo desde la playa
que llegarán detrás de las colinas
para decirte que no me han vencido
En la noche del sábado,
cuando suba la marea
y estén dormidos
podré subir en una lancha, llegar
a la mar abierta y cuando amanezca
cantaré con los pájaros

lunes, noviembre 03, 2025

Petunia por Marco Martos

Petunia por Marco Martos


Petunia por Marco Martos

Es símbolo en esta tierra,
Petunia tan orgullosa,
Erguida como la diosa
A la belleza se aferra,
Roja, fina, nunca yerra.
La contemplo sorprendido,
Maravilla, estoy rendido,
Petunia, luciente garbo
En suelo fértil, en parvo,
En paz, en la misma guerra.

domingo, noviembre 02, 2025

La poesía esencial de César Vallejo Marco Martos



La poesía esencial de César Vallejo Marco Martos



La poesía esencial de César Vallejo

 Marco Martos

I

Las tradiciones literarias en distintos idiomas se consolidan con el paso del tiempo. Cuando César Vallejo (1892-1938) empezó a escribir, el español tenía ya nueve siglos de existencia y podía exhibir figuras individuales de relieve mundial como Cervantes, Góngora, Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Quevedo. En tierras peruanas había nacido el Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), dueño de una magnífica prosa de raigambre renacentista, pero no habíamos tenido otro escritor de envergadura que estuviese a la altura de los clásicos peninsulares. Vallejo llegó a llenar esa carencia y lo hizo con un brillo y una potencia inusitados, tanto que su poesía está considerada como la más original de la lengua desde los siglos de oro y su nombre es pronunciado con respeto al lado de los poetas más reputados de la tradición occidental, desde Homero y Virgilio, hasta Dante, Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé.
 
En sus años de formación, en Trujillo, Vallejo tuvo la fortuna de encontrarse con amigos excepcionales, que a su vez recibieron su influencia benéfica, entre ellos Antenor Orrego, el primer crítico que vislumbró la gran calidad de la poesía del vate, Víctor Raúl Haya de la Torre, de importante presencia en la política peruana del siglo XX, José Eulogio Garrido, fino prosista de vena lírica y destacado periodista, Alcides Spelucín, valioso poeta de acentos personales, cantor del mar y de los paisajes de la costa, Juan Espejo Asturrizaga, más tarde biógrafo del propio César Vallejo, Óscar Imaña, jurista y poeta. En cierto sentido esa etapa culminó con la publicación de Los heraldos negros en 1919. 
 
Para efectos técnicos el libro debe ser considerado como aparecido en 1918, pues así figura en las páginas iniciales, aunque en verdad empezó a circular en julio de 1919. Ocurrió que Vallejo había pedido en 1918 un prólogo a Abraham Valdelomar y este, enfrascado en sus presentaciones públicas en buena parte del territorio del Perú, descuidó la tarea que le había sido encomendada. El poeta esperó un tiempo prudencial y luego lanzó la publicación sin las palabras solicitadas. Este hecho, nimio en el fondo, dada la fama actual de Vallejo, ha confundido a algunos críticos que han buscado comentarios al libro en publicaciones de 1918, sin hallarlos, obviamente. 
 
El libro fue lo más novedoso ocurrido en poesía hispanoamericana en esos años; aunque fuera lo único que hubiese publicado César Vallejo, su aparición es motivo suficiente para incorporarlo como algo excepcional en la tradición de la poesía escrita en español. La popularidad del texto no ha menguado con el paso del tiempo, antes por el contrario, una de sus páginas, la que abre el volumen y repite el título que ha hecho famoso a todo el libro, es el poema más conocido y repetido de todos los que escribió el vate. En esos años, en toda la poesía española e hispanoamericana, el poeta más conocido y original era Rubén Darío. 
 
Debemos a su pluma legendaria un verdadero avance de la poesía; vinculado profundamente a la tradición, el vate nicaragüense traía a la lírica una apetencia de lejanías, el deseo de cantar a lo distante y aparentemente desconocido y al mismo tiempo a la tierra americana; conocedor profundo de la tradición parnasiana y simbolista, manejaba el verso español con maestría inigualable con acentos musicales nunca vistos; su poesía más duradera es, sin embargo, aquella en la que se despoja de las galas que tan bien conocía y se interna en los meandros del propio sentimiento, de la íntima congoja. En el Perú se escuchaban otras voces que son complementarias a la de Darío, principalmente la de José Santos Chocano, Manuel González Prada, José María Eguren y Abraham Valdelomar. De ellos, el innovador había sido González Prada que cumplió en el Perú el papel que Garcilaso de la Vega en las letras españolas; incorporar ritmos de otras lenguas y tocar temas propios con hondura y originalidad. Sin embargo, el poeta más reconocido no era González Prada, ese papel lo jugaba José Santos Chocano, fino versificador, dueño de un oído notable y de versos rotundos y musicales; vinculado a las esferas gobernantes de varios países, fue un poeta oficial en el Perú, sus naturales dotes hicieron el resto: su popularidad era desbordante y en 1922 fue coronado como poeta por el propio presidente de la República Augusto B. Leguía. El canon de la poesía tiene sus curiosidades, José María Eguren, leído en su momento por escasas minorías, junta hoy su nombre al de Vallejo, pues ambos se han convertido en los poetas más reconocidos en nuestra tradición contemporánea. Eguren traía un verso corto, una imaginación prodigiosa, una capacidad de construir universos paralelos al llamado mundo real; en la entrelínea su poesía es profundamente peruana y limeña. Muchos creen reconocer la neblina de la costa peruana en sus poemas, la ambigua luz de nuestros atardeceres, la sombras de nuestras noches más oscuras, los fantasmas que deambulan por las casas y castillos de otros tiempos, las batallas más soñadas que realizadas. Y también el humor de los personajes que esconden en los versos como en desvanes olvidados. En este panorama, Vallejo llegó como un rayo. 
 
II
 
La poesía de Los heraldos negros fue bien acogida en su momento principalmente porque la música de sus versos les parecía a los lectores conocida, aquella del modernismo de Rubén Darío. Vallejo se mostraba como un hábil versificador y no cabe ninguna duda de que las versiones iniciales de varios de los poemas estaban muy cercanas a la estética en boga en esos años, sílabas bien contadas, en algunos casos versos alejandrinos o endecasílabos o heptasílabos, la elección de algunas frases o de palabras corrobora esa presunción: “bárbaros Atilas”, “Bizancio”, son vocablos del santoral modernista, aquella necesidad de lejanía del primer Darío y de sus congéneres. Pero la originalidad del libro no está ni en su versificación, ni en su a ratos exquisito vocabulario, radica en la actitud. 
 
Vallejo, como ningún otro poeta hispanoamericano de aquellos años, se atrevía a expresar algo diferente; su sensibilidad sintonizaba mejor con el tiempo que se vivía y se relacionaba directamente con algunos temas universales, tanto que hay un manojo de poemas del texto que todavía hoy merecen estar en la antología más exigente de la poesía hispanoamericana. Vallejo fue más adelante que otros poetas que admiraba como Leopoldo Lugones y José Herrera y Reissig, argentino y uruguayo respectivamente, que se atrevían a incorporar temas cotidianos a sus versos. En uno de sus poemas más célebres, José Herrera y Ressig, describe un oficio religioso en una capilla de pueblo y súbito, por la puerta abierta de par en par, ingresa un cortejo: una gallina con sus pollitos. La absoluta originalidad de Vallejo está en su entronque con temas sustanciales a la especie: la naturaleza irracional del dolor, algo que conocen por experiencia propia todos los hombres. 
 
La comprobación escueta, directa, de que “hay golpes en la vida tan fuertes como el odio de Dios”, la idea de que él mismo había nacido “un día que Dios estuvo enfermo, grave”. Sobre estas afirmaciones, que son dos pilares de palabras que empiezan y terminan el libro, se desarrolla toda la poesía que nos ofreció en ese momento. Lo común a la especie es el dolor, lo inesperado de su aparición, su naturaleza perversa. Vallejo siente que la creación misma es producto de un Dios con sus facultades disminuidas, enfermo, grave. El llamado “valle de lágrimas” cristiano, el lugar donde habita el ser humano, la tierra entera, tiene un origen divino, algo está mal en el propio Dios que lo hace crear a seres hechos para el sufrimiento.
 
 El otro gran tema que se vincula con el dolor es el la deidad misma. La actitud del poeta frente a Dios es cambiante e incluso contradictoria: cuando la divinidad es evocada como fuente de poder recibe fuertes críticas, explícitas o implícitas del novel autor, pero hay otros textos en los que Dios es visto con ojos menos sombríos, más bien cordiales y amistosos, “porque debe dolerle mucho el corazón.”. Otro gran tema de Los heraldos negros es la vida familiar. Vallejo tiene una profunda relación con su entorno familiar, el padre, la madre, los hermanos. Los poemas que dedica a la celebración de ese círculo íntimo están entre los mejores salidos de su pluma. 
 
El otro asunto del que queda un variado testimonio es la relación amorosa entre hombre y mujer. Es sabido que tal tipo de atracción tiene componentes espirituales y otros estrictamente carnales: la apetencia de poseer a la persona amada. Vallejo, en unos pocos poemas, pone en evidencia una situación social que se vivía en la época: la educación católica que había recibido le obligaba a idealizar a la mujer amada y a postergar las apetencias sexuales, amparadas por la Biblia dentro del matrimonio. Eso en el aspecto teórico, en la práctica, Vallejo no sabe cómo resolver esa contradicción. Así ocurre en el texto “El poeta a su amada” donde le dice a la mujer que ella se ha crucificado sobre los dos maderos curvados de su beso y atina a soñar en un amor más allá de la muerte, donde ambos dormirán en una sepultura como dos hermanitos. En otros poemas, Vallejo idealiza a la mujer y dice que a ella van sus ojos como polluelos al grano. 
 
Esta imagen, hermosa, tierna y alimenticia, si cabe, encierra muy finamente una fantasía que los psicólogos remontan a la primera infancia: la idea de alimentarse con lo que se ama. Vallejo es muy fino también cuando evoca un idilio muerto. Ese poema, célebre sin duda, de profunda raigambre lírica, puesto que se refiere a una situación del pasado, en cierto sentido protege a Vallejo de la contradicción que vivía: una muchacha de la que está separado por el tiempo y la distancia, no hace peligrar ni las convicciones cristianas ni los niveles profundos de idealización. En cierto sentido, esa muchacha, Rita, es un equivalente de Beatriz, la amada de Dante, que fue querida por el vate italiano más allá de la muerte. Vallejo utiliza a lo largo de todo el poemario el español del Perú, con un profundo conocimiento de la morfología y la sintaxis, con un vocabulario variado y rico en el que palabras de raigambre castellana se alternan con voces y giros propios del Perú. Ese libro, como todos sus escritos posteriores, es una rica fuente para encontrar peruanismos y americanismos. Nuestros lexicógrafos tienen ahí un abundante material de trabajo. 
 
III
 
La aparición de Trilce en 1922, convierte, según ahora mismo se puede advertir, a Vallejo en el poeta más importante de la lengua. Su propia vida había marchado muy rápida y estaba llena de contradicciones. Acusado sin pruebas de incendiario en su pueblo natal, Santiago de Chuco, es probablemente en la cárcel de Trujillo donde empieza a pergeñar esos versos insólitos. Si en la época de Los heraldos negros, el poeta parece insular, a pesar de las obvias relaciones con el modernismo, tanto que la semejanza con los poetas expresionistas como Georg Trakl, descubierta recién, no pasa de ser una asombrosa coincidencia, puesto que no hay forma de precisar cómo Vallejo, sin conocer el alemán, ni las traducciones respectivas, pudo acercarse a esos poetas; nuestro vate muestra en este nuevo libro una originalidad radical. Han tenido que pasar muchos años para que esta opinión se abra paso y se convierta en consenso. En esa época en Europa y en toda América se sucedían los movimientos de vanguardia. 
 
Mallarmé había señalado en 1897 que la poesía durante mucho tiempo se había asociado a la música y que era hora de vincularla a otros artes. Puesto que lo hizo, relacionando sus poemas finales con las artes gráficas, no cabe sino considerarlo como un precursor de las vanguardias. Estas florecieron en las primeras décadas del siglo XX. No cuestionaron solamente los aspectos formales sino que exigen un cambio de actitud. 
 
A fines del siglo XIX, las sociedades europeas habían vivido la ilusión del progreso sin fin que se iniciaba. Los albores del nuevo siglo, junto con descubrimientos importantes como el cinematógrafo, la teoría de la relatividad de Eistein, el automóvil, sembraron en los espíritus una desazón; si Baudelaire en el siglo XIX, había postulado apartarse de la multitud los poetas de vanguardia ensayan otras actitudes frente a los tiempos sombríos, el que penetró con más hondura en esos abismos fue Georg Trakl, su versos suave y fluido expresa las grietas del corazón, el sufrimiento sin remedio de quien se siente excluido. Que haya sido farmacéutico, combatiente en la primera guerra mundial y que haya muerto por una dosis excesiva de cocaína no son sino datos complementarios que corroboran el desamparo, el desasosiego, la inquietud, la zozobra de los espíritus europeos más sensibles de aquellos años. 
 
Hubo por cierto otras formas de reaccionar frente al nuevo siglo, Algunos como Marinetti y sus futuristas asociaron su presente literario a lo que parecía el futuro: la admiración sin medida de las conquistas tecnológicas: un automóvil de carreras les parecía más hermoso que la Venus de Samotracia. Junto a los futuristas italianos, apareció el movimiento Dadá de Tristán Tazra que postulaba la poesía como espectáculo y sin embargo dinamitaba desde dentro la posibilidad de la comunicación poética. Vallejo fue más allá que todos ellos y puede decirse que Trilce es el libro más original de aquellos años en la lengua española. Como sus congéneres europeos, Vallejo admite la importancia de lo intuitivo y deja a un costado la alta consciencia literaria que bien conocía pues había frecuentado los modelos modernistas. 
 
El texto tenía una visión local, provinciana y nacional y contrastaba con el cosmopolitismo propio de los modernistas, se situaba en un presente y dejaba de lado las influencias parnasianas y simbolistas que habían marcado las primeras producciones del aeda. Vallejo expresaba, como nadie lo había hecho, el dolor en sus íntimas esferas: la del individuo arrojado en las mazmorras. Lo primero que siente el lector que enfrenta a esos poemas es extrañeza. Los poemas son diferentes a otros leídos de cualquier autor. En ese sentido, en aquel año de 1922, ningún autor de poesía hispanoamericana era más diferente. En cierto que la vanguardia estaba instalada en América y tenía varios lugares en los que hacía fortuna: en México estaban los estridentistas de Maples Arce, en Chile los creacionistas de Vicente Huidobro y había una pujante vanguardia en distintos puntos del continente, pero Vallejo, él solo, representa genuinamente la vanguardia en el Perú. La importancia de Trilce para nuestra lengua ha sido comparada por Roberto Fernández Retamar a la que tienen La tierra baldía de T.S. Eliot y Ulises de James Joyce para la lengua inglesa y A la sombra de las muchachas en flor de Marcel Proust para la lengua francesa. 
 
La dificultad de Trilce no radica en su vocabulario de amplio registro que amalgama expresiones cultivadas contemporáneas, con arcaísmos de prosapia castellana y con abundantes expresiones cotidianas del léxico familiar, está en el romper puentes con lo esperado. En su laboratorio verbal, el poeta siempre está diciendo otra cosa. No hay libro de poesía en español que haya merecido tantos comentarios e interpretaciones pues el texto fascina a quien abreva en sus páginas y el lector siente que tiene que poner mucho de sí para intentar comprenderlo. Como es entendible, un volumen así ha suscitado verdaderas batallas verbales entre los críticos que a veces han perdido la brújula al comentar posiciones diversas a la suya. En esos poemas, sin modelo conocido, Vallejo maneja los tiempos reales, presente, pasado y futuro, como en los sueños sin sucesión lineal. El futuro influye en el pasado y el pasado parece presente y el presente se diluye en cada una de las líneas. Vallejo escribe en una especie de presente eterno. 
 
El poeta dominicano Manuel del Cabral, sostuvo en Lima, en 1986, en una entrevista personal, que la diferencia entre Vallejo y otros poetas es que nuestro escritor en su dicción expresa con intensidad la condición más elemental del hombre: su animalidad. Podemos percibir en los poemas de cárcel, en los de sufrimiento amoroso, en los intensos poemas existenciales que se adelantan a la dicción de Gottfried Benn en décadas siguientes, algo elemental pero profundo: un dolor que va más allá de lo imaginado, un tocar fondo en la experiencia de los hombres. Lo que no sabemos es la naturaleza de ese dolor y, por último, su origen, aunque se le juntaron varias desdichas: la prisión, la muerte de su madre y la separación amorosa de Otilia Villanueva, su musa de aquellos años. El sufrimiento sería una de las marcas que Vallejo desarrollará en su poesía posterior. Lo mejor que se ha dicho en el terreno de la composición literaria de Trilce son las palabras prologales de Antenor Orrego: “César Vallejo está destripando los muñecos de la retórica. Los ha destripado ya”. 
 
IV
 
A su muerte, el 15 de abril de 1938, Vallejo, que había desarrollado una fecunda tarea literaria escribiendo cuentos, novelas, obras de teatro, reportajes, dejó un conjunto de poemas sin título general, excepto un manojo de textos sobre la guerra civil española. Raúl Porras y Georgette Vallejo publicaron dichos textos bajo el título de Poemas humanos en 1939. Es cierto que Vallejo, en una lista de títulos posibles había colocado entre una docena más el de Libro de poemas humanos que contrastaba con el título Versos divinos del poeta español Gerardo Diego, pero no queda ninguna señal clara y rotunda de su voluntad. Por eso, en esto también difieren los críticos. Algunos como Américo Ferrari llaman a estos poemas Poemas de París, otros, los más numerosos, siguiendo las opiniones de Georgette Vallejo, hacen una división de Poemas en prosa, Poemas humanos, España aparta de ml este cáliz. Esta última porción sí la dejo ordenada César Vallejo y fue publicada también en 1939 en España. Hay otros críticos, por último, que prefieren llamar a todas estas páginas Poemas póstumos. 
 
Es el caso de Ricardo Silva Santisteban y de Antonio Merino. En verdad, es posible inclinarse por una u otra posición, sin caer en las posiciones aleatorias de Juan Larrea que creía poder ordenar los poemas siguiendo el color de la cinta de la máquina de escribir del poeta y de ciertas marcas que este ponía en cada uno de sus textos corregidos una y otra vez, como puede en los originales conservados en Lima en la Clínica San Juan de Dios, por expresa voluntad de Georgette Vallejo. Dante no colocó el nombre de Divina comedia a su libro más famoso y puede decirse que lo mismo ocurre con Vallejo. El nombre de Poemas humanos a la porción más numerosa de sus poemas póstumos se ha impuesto y arrastra por lo tanto una clara división, tal como figura en la mayoría de las ediciones actuales.
 
En esta fase final de su escritura, Vallejo tiene logros notables, es sin duda, la porción más madura de su producción. En su corto libro España aparta de mi este cáliz que alcanzó a redondear Vallejo logra acentos épicos que ya no se presentaban en la poesía contemporánea. Sin duda, los poemas tienen una fuerza política: la identificación con el bando republicano en la guerra civil española, pero eso no explica su encanto y su poder. Esos catorce poemas resultan imperecederos por la potencia afectiva, la identificación con los que sufren combatiendo, la idea de que cada ser humano, siendo diferente, tiene los afectos, la inteligencia, la posibilidad de tener alegría y sufrir dolor, semejantes en todos sus congéneres. Vallejo convirtió a España en un símbolo. Lo más interesante del texto es que a más de siete décadas de su escritura sigue pareciendo hermoso a quien lo lea, lo que quiere decir que Vallejo logró la síntesis perfecta. En el tiempo de su escritura los poemas sirvieron, sin duda, a la causa republicana, leídos ahora por personas que ignoran los detalles de esa cruenta guerra civil, queda límpida la idea de la solidaridad en medio de los sufrimientos, la posibilidad simbólica de vencer a la propia muerte. En literatura, probablemente son las páginas más intensas escritas sobre un conflicto armado en el siglo XX.
 
En toda su etapa parisina Vallejo conoció el dolor de un modo inédito, hasta el punto de considerarlo lo más característico del ser humano:
 
Yo no sufro de ese dolor como César Vallejo. Yo me duelo ahora como artista, ni como hombre, ni como ser vivo siquiera. Yo no sufro de este dolor como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro de este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista también lo sufriría. Si no fuese hombre, ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese católico, ni ateo. Ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente. […] escribió en el texto Voy a hablar de la esperanza que figura en Poemas en prosa.
 
En Poemas humanos el vate deja atrás la etapa experimental de Trilce. En cierto sentido Vallejo retorna al cauce general de la poesía que, viniendo del romanticismo, simbolismo, parnasianismo, pone entre paréntesis a la misma vanguardia o, mejor, la tiene asimilada. Todo lo hace con una profunda originalidad. Tanto que su escritura puede distinguirse entre muchas. En 1925, un escritor peruano poco conocido, Clodoaldo Espinoza Soto había dicho: “Vallejo hará escuela y será el vallejismo” y si bien eso no es una verdad literal, sí lo es en su sentido más hondo y legítimo. Poetas de gran calidad como Thomas Merton en Estados Unidos, o como Gonzalo Rojas en Chile, o como Alejandro Romualdo y Wáshington Delgado en el Perú, o Félix Grande en España, han reconocido su calidad y le rinden pleitesía como maestro. En estos versos, con una rara intensidad, Vallejo expresa su amor por el Perú. 
 
En ese sentido sus poemas “Telúrica y magnética” o “Fue domingo en las claras orejas de mi burro” son ejemplares. En un mismo texto Vallejo tiende puentes al lector sin experiencia literaria y al mismo tiempo se dirige al más cultivado y diligente, Un buen ejemplo de lo dicho es su poema “Piedra negra sobre piedra blanca”, un soneto en sus orígenes, que puede ser leído de diversos modos no contradictorios. 
 
Algunos pueden encontrar la hipertrofia del yo romántico, ese situarse del “yo creador” en un centro pequeño, apartado del mundo, otros pueden advertir la “vocación de apaleado” de Vallejo que tiene literariamente un origen romántico y personalmente la huella del sufrimiento personal del vate, o puede singularizarse la reflexión metafísica sobre la condición humana o, por último, el lector puede regocijarse con la perfección de la forma. Todas estas cualidades sumadas, dan el éxito sostenido del poema, uno de los más célebres de Vallejo. En Poemas humanos los textos se potencian unos a otros. Viviendo en París el poeta experimenta la soledad y el sufrimiento de la mayoría en las grandes urbes. En pocos versos lo expresa de la manera más clara que en las líneas finales de “La rueda del hambriento”:
 
[…]
Un pedazo de pan ¿tampoco habrá ahora para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme
una piedra en qué sentarme,
pero dadme,
por favor, un pedazo de pan en qué sentarme,
pero dadme
en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse,
y después me iré…
Hallo una extraña forma, esta muy rota
y sucia mi camisa
y ya no tengo nada, esto es horrendo.
 
Los medievales sostenían que era necesario vivir primero antes de filosofar. Una de las razones de la permanencia de la poesía de Vallejo en el gusto popular tiene que ver con la identificación emocional del lector con los textos que lee. Vallejo no habla del dolor y del sufrimiento desde es un escritorio. Es obvio para quien lo conoce que este ser humano conoce los entresijos de lo horrendo, la interminable sucesión de días teniendo apenas qué comer. La correspondencia con sus amigos da abundante testimonio de esta situación. Pero Vallejo si permanece como un paradigma no es por el sufrimiento, sino por la cristalización de estos padecimientos y de estas angustias en hondos versos que nos parecen verdaderos. Desde el punto de vista de la concepción literaria Vallejo se distanció y mucho, de la estela del surrealismo que preconizaba André Breton. En aquellos años, la teoría psicoanalítica de Freud tenía un auge. El psiquiatra vienés insistía en la importancia del inconsciente en la vida diaria de todos los seres humanos y esto en el terreno literario venía a reforzar las teorías de origen romántico sobre la porosidad del creador a la espera de la inspiración, que a su vez tienen un origen platónico. Un poeta como Rilke, por ejemplo, apela en sus escritos teóricos a la necesidad de que el poeta tenga una vasta experiencia de la vida y que sea capaz de aguardar la chispa creadora que germinará en su corazón. Los surrealistas, por lo menos de modo teórico, propiciaron la escritura automática, ese escribir por escribir que va acumulando palabras. Vallejo salió al frente de esta concepción, él, que tenía tantas emociones, que era un poeta de una intuición poderosa, como lo había probado en Trilce, conforme adquiere más experiencia, la definitiva, se aparta no solo del surrealismo, sino de algo que el mismo traía desde su juventud: una raíz romántica. Y esto es tal vez lo más importante que puede decirse hoy de la poesía de Vallejo en su fase final. En ese volumen que llamamos Poemas humanos, el poeta hace una síntesis de sus modos de poetizar: hay textos de una intensidad afectiva inmensa, verdaderas confesiones en verso, pero hay otros, que son los menos, que anuncian la poesía del porvenir, la llamada poesía objetiva que soñó Rimbaud cuando escribió: “yo es otro”, la voluntad de expresar lo que realmente es. En los mismos años que escribía Vallejo, un discípulo disidente de Freud, Carl Jung, elaboró su teoría en la que insiste en la posibilidad de que exista una conciencia multiplicada, la verdadera conciencia, a la que se puede llegar después de conocer mucho el mundo. Ese “sí mismo” como la llama, tiene la virtud de concentrar la vida inconsciente en la vida consciente, salta la historia o la entrevera en un presente eterno. Aquel que llega a ese “sí mismo” es el sabio de la tribu. Vallejo, que no conocía a Jung, puesto que no aparece estudiado ni citado en sus artículos periodísticos, llega por los misteriosos caminos de la creación literaria a las mismas conclusiones: 
 
¡Cuatro conciencias!
 
¡Cuatro conciencias
Simultáneas enrédanse en la mía!
¡Si vieráis cómo ese movimiento
apenas cabe ahora en mi conciencia!
¡Es aplastante! Dentro de una bóveda
pueden muy bien
adosarse, ya internas, o ya externas,
segundas bóvedas, mas nunca cuartas;
mejor dicho, sí,
más siempre y, a lo sumo, cual segundas.
No puedo concebirlo; es aplastante.
Vosotros mismos a quienes inicio en la noción
de estas cuatro conciencias simultáneas,
enredadas en una sola, apenas os tenéis
de pie ante mi cuadrúpedo intensivo.
Y yo, que le entrevisto (Estoy seguro)!
 
¿Por qué permanece Vallejo en el gusto de las personas en el Perú y el mundo? En primer lugar por el efecto poderoso de su poesía en distintas personas situadas en cualquier parte del globo terráqueo, pero además, también, por la importancia que tiene la educación en distintas partes del mundo. El hecho de que aparezca en los programas escolares es fundamental. Felizmente el Perú por fin le está haciendo justicia, tenemos universidades, avenidas, monumentos, institutos, clubes deportivos que perennizan su nombre y lo vuelven un clásico, uno de aquellos escritores cuya fama nos alcanza antes de leerlo. Han pasado ya las polémicas sobre sus vínculos con el marxismo y con el cristianismo. Existen poderosas razones para decir que este comunista tuvo, como el propio Marx, un aliento cristiano toda su vida. Metafísico hasta lo más hondo, Vallejo quiso, en sus sueños, construir el paraíso en la tierra. Vallejo es el poeta del dolor como se viene diciendo, pero es también el poeta de la esperanza en el hombre y en sus capacidades científicas y afectivas casi infinitas. Y es también el poeta de la solidaridad: 
 
Amado sea el que tiene chinches,
el que lleva el zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!
 
Decimos que la poesía de Vallejo es imantada porque atrapa a toda persona que se allegue a sus páginas. 
 
V
Los escritores tienen fortuna literaria por su calidad, algunos se abren paso entre sus contemporáneos y otros duran en el aprecio de los lectores años, décadas, siglos. Hay ciertas circunstancias que contribuyen a la nombradía de los poetas, una de ellas es, aunque apenas se dice, figurar en los planes escolares. Y Vallejo lo ha logrado en el Perú, hasta convertirse en el poeta más conocido en todo el mundo educativo. Y como es sabido, y no necesita mayor probanza, el poema más conocido, salido de su pluma es el texto liminar de ese libro, el que da título a todo el libro. En ese poema, de una manera insólita, como no lo había hecho ningún poeta del orbe hispano, Vallejo mezcla, en un admirable fresco, palabras del santoral modernista, como “potros de los bárbaros Atilas”, con otros de una experiencia propia, características, de la vida urbana de esos años diez del pasado siglo, que tienen una profunda vinculación con la vida de campo, como esa idea de “un pan que en la puerta del horno se nos quema.” Al rigor formal del poema, se suma el tema, el más trascendente de todos, en la percepción de Vallejo cuando escribe el poema, es la afirmación honda de que es el dolor lo más trascendente de la vida del ser humano. Tarde o temprano el dolor nos alcanza sin un motivo aparente y estamos siempre desamparados ante su llegada. Este poema inicial, pórtico de todo el libro, difumina se presencia en todo el libro y concreta su influencia en el último poema del libro, el titulado “Espergesia”, palabra ligada en su significado a esperanza y génesis, como se ha dicho varias veces, y también, retóricamente, puede aludir a decir una misma cosa de diferentes maneras. Es un neologismo, más que un arcaísmo, que tiene en lo más hondo, una asociación que viene del griego, con “semilla” y, por lo tanto, con “nacimiento”. Se trata, obviamente de un poema sobre el nacimiento, como se ve claramente por el conjunto de versos. Vallejo, en primera persona, va diciendo de distintas maneras, que el ser humano, él mismo es producto de una creación hecha por Dios enfermo, y la afirmación final, cae como un mazazo que cierra todo el libro: “Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo, / grave”. Estos dos poemas, actúan como dos murallas que cierran el campo de todo el libro. Lo que se construye en sus páginas, es un edificio de palabras que aluden de manera insistente al dolor como lo más característico del ser humano. En el siglo anterior ya lo había dicho Edgard Allan Poe: el sufrimiento es el sentimiento humano más profundo y verdadero. 
 
VI
En la época de la escritura de su primer libro, César Vallejo era ya un adulto joven y es natural que la atracción por la mujer apareciese en el texto con mucha rotundidad. Vallejo venía de un hogar de profundas convicciones religiosas católicas, y por lo tanto había sido educado dentro de ciertos parámetros que consideraban, de un lado, a la mujer, como una intermediaria con el mismo Dios, y de otro, un objeto susceptible de despertar pasiones prohibidas. Subyacente está otra idea: la sexualidad solo puede realizarse dentro del matrimonio. Las relaciones personales entre hombres y mujeres tienen marcas a lo largo del tiempo que señalan el tipo de relación que prevalece dentro de cada sociedad. Así, en el mundo griego antiguo la Oriestada de Esquilo muestra con toda claridad la decadencia del matriarcado y el surgimiento del patriarcado, vigente hasta nuestros días. El medievo idealizó a la mujer, el sentimiento amoroso impulsaba al caballero a realizar actos que no podía llevar a cabo en otra disposición de ánimo. Tal vez el ejemplo más nítido de esta idealización es la poesía de Dante, que expresa, como lo quería el poeta latino Propercio, y como más tarde lo escribió Quevedo, un “amor constante más allá de la muerte”. Conteniendo, sin duda, elementos eróticos, la poesía idealiza a la mujer, la convierte en representante del mismo Dios y la coloca en un altar. La poesía reproduce en el amor una situación social: la relación entre el señor y el siervo, solo que el señor ahora es la señora, y el poeta o trovador está de hinojos frente a la mujer amada, que aparece con frecuencia como inalcanzable. En la sociedad provenzal cultivada existía la práctica conocida como “asaj” y que era la posibilidad del caballero y de la dama, de reposar desnudos, sin tocarse, en un mismo lecho. Y lo que parece un premio, se convierte en castigo, o así lo parece. No tenemos constancia, pero podemos imaginar que el “asaj” con frecuencia quedaba en añicos, merced a la pasión capaz de romper las reglas más rigurosas. En el siglo XVI, en la época renacentista, la idealización de la mujer cobra nueva fuerza en la poesía de Garcilaso y de Fernando de Herrera. Sin embargo, a partir del siglo XIV, el paulatino ascenso de la burguesía fue determinando la aparición de un amor más natural, más directo, como en El libro del buen amor de Juan Ruiz, arcipreste de Hita. La ideología burguesa más reciente, por razones económicas, impone límites al amor que ella misma exalta. En Los heraldos negros se evidencian varias actitudes frente al hecho amoroso, de un lado, la idealización de la amada como aparece en los poemas “Retablo” e “Idilio muerto”, la mujer vista como objeto, como ocurre en el poema “Capitulación”, el sexo vinculado a la noción de pecado como puede verse en los poemas “El poeta a su amada”, “Amor prohibido” y “Comunión”. Por último, la renuncia al amor tiene en “Yeso” una primera instancia y su culminación en “Amor” y “Tálamo eterno”.
 
Obviamente el sentimiento amoroso ha ido cambiando desde la sociedad primitiva, la sociedad esclavista, la época medieval, la sociedad renacentista y la época contemporánea. Un análisis obvio nos dice que cada poeta ve el amor de acuerdo al contexto histórico que vive, y si ese contexto social, esa conciencia colectiva es considerado como medieval, la concepción que aparece evidenciada en los textos del poeta, será también medieval. Felizmente las cosas no son tan fáciles, ni tan directas. En el campo de la sociología porque hay modos de producción que superviven a las épocas que les dieron origen, y en el campo ideológico es sobradamente sabido que las concepciones del mundo superviven todavía más que los modos de producción, En literatura también se produce un desarrollo desigual y combinado. A estas alturas un paragón, a manera de metáfora, con la psicología genética, puede servirnos como apoyo a lo que estamos diciendo. Uno de los postulados fundamentales de la psicología genética es que la herencia no solo conserva las huellas y trasmite las influencias de lo que fueron los seres que nos precedieron en la vida, sino que el niño repite muchas de las etapas de la evaluación de la especie y hasta cierto punto todo ser vivo desde el momento que empieza a formarse hasta su maduración pasa por las diversas formas de las diversas variedades de vida que han ido poblando la tierra. Las líneas siguientes, las debo a conversaciones con Max Silva, a cuya intuición debo mucho de mi conocimiento de la poesía de César Vallejo y constituyen un homenaje a su memoria, algunas son de sentido común y otras son calas profundas en la escritura de Vallejo: el autor de obras poéticas proyecta en estas sus fantasías inconscientes. El amor en la poesía de Vallejo, en su etapa de Los heraldos negros, se encuentra intensamente impregnado de matices psicosexuales infantiles. Dichos contenidos están presentes en la experiencia amorosa de cualquier persona adulta, en tanto remanente normal de los primeros años de vida, pero en Vallejo constituyen mucho más que un residuo común y corriente. Son rasgos preponderantes y característicos de su psiquismo inconsciente. Aquellos contenidos psicosexuales están entroncados mayormente con las etapas oral y fálica y de todos los objetos (en el lenguaje psicoanalítico objeto es cualquier elemento, incluido algún humano, que satisface alguna necesidad) de los que el hombre dispone en la infancia para la satisfacción de sus necesidades. Entre ellos es la madre, o sus sustitutos, o sus representantes, el objeto amoroso abrumadoramente presente en la poesía inicial de Vallejo. En el lenguaje psicoanalítico son oriundos de la etapa oral los siguientes contenidos inconscientes: la estrecha y simbólica vinculación que Vallejo establece entre amor y alimentación, o lo que es lo mismo, entre objetos ingeribles y objetos amorosos. La dependencia marcada frente a la mujer amada, llamada anaclítica como la del niño de pecho en relación a su madre, la idealización de la mujer hasta el punto de considerarla una especie de auxiliar mágico, la que salvaguarda o debería salvaguardar como la madre al hijo, de todos los peligros, por más extraños y graves que estos sean. Los oriundos de la etapa fálica son los siguientes contenidos inconscientes: la disociación del amor en sus contenidos instintivos, por una parte, y de sus componentes espirituales por otra, es decir la disociación de la ternura y de la sensualidad. Consecuencia de esta disociación es la imagen diversificada de la mujer, una buena para “amar” y otra para hacerla presa de los instintos exclusivamente. La identificación de la amada con la madre da como resultado una especie de amor maternizado. Por lo dicho hasta aquí, el amor en la poesía primigenia de Vallejo no es sino una forma pasivo receptiva de complejo de Edipo no resuelto. Nada de esto quita la insólita belleza que tienen estos poemas. Más adelante, a lo largo de toda su producción, la poesía amorosa de Vallejo llegará a su madurez y los complejos infantiles serán resueltos para siempre.
 
VII
 
Es difícil sacudirse del asombro que causa, como ya hemos dicho, la lectura del primer poema de Los heraldos negros, y dentro de él la frase, “golpes como del odio de Dios!" ¿De qué está hablando Vallejo? ¿Cómo es posible que asocie Dios con la palabra odio? Dios en la concepción cristiana es la personificación de la bondad y del amor, pero también es el representante de la ley. Y toda ley supone normas de estricto cumplimiento. Faltar a la ley supone hacerse acreedor a un castigo. En la frase, Dios, parece sin embargo algo humano, odia. Y ese es el motor de varios de los poemas de Los heraldos negros. En el poema “ Los dados eternos” escribe:
 
Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tu hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios:
pero tú que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre, el Dios es él.
Sin embargo en el poema “Dios” escribe:
yo te consagro Dios, porque amas tanto;
porque jamás sonríes; porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.
 
El tema de Dios nos catapulta al asunto de la familia, que tanta importancia tiene para César Vallejo. Vallejo en Los heraldos negros escribe sus textos desde la categoría de hijo. Es un adulto joven, que ha tenido, sin duda conflictos con sus mayores, que no aparecen casi en el texto, pero sí en su poesía posterior, como en el célebre poema “Piedra negra sobre piedra blanca” donde “le pegaban todos, sin que él les haga nada”. En sus poemas iniciales hay profundo afecto por los padres físicos y por los hermanos, como puede advertirse en el poema “Enereida”, uno de los pocos textos llenos d optimismo del libro, alegría que proyecta al futuro donde “habrá empanadas”. Los padres, en otros poemas, son evocados con mucha ternura. La relación con la compañera, enamorada, novia, ya la hemos detallado, pero tenemos que añadir que se trata de una relación a veces con rasgos infantiles, y que no se proyecta a un futuro familiar. Vallejo en ningún momento se ve como fundador de una familia. En el proceso de maduración de un individuo, hombre o mujer, hay un momento en el que adquiere una adultez física, que es capaz de procrear, pero esa es una primera escala que no tiene todavía una maduración emocional. Pasa un tiempo y esa capacidad, esa plenitud empieza a ser adquirida, con la posibilidad de tener pareja y convivir, primero de modo ocasional, y después de manera duradera, lo que en cierta manera, está ligado a la llegada de los hijos. En el plano amoroso, como bien se sabe, Vallejo no fue muy afortunado en sus relaciones amorosas, en especial con Otilia Vallejo Gamboa, su sobrina, Gavina Salamanca López, María Rosa Sandoval, quien murió pronto, y Zoila Aurora Cuadra. No es azar por eso que escribiera en su poema “Amor” estas palabras:
 
Amor no te quiero cuando estás distante
rifado en afeites de alegre bacante,
o en frágil y chata facción de mujer.
Amor, ven sin carne, de un icor que asombre;
y que yo, a manera de Dios, sea el hombre
que ama y engendra sin sensual placer!
 
César Vallejo, en todo el tiempo que le tocó vivir después de la publicación de Los heraldos negros, superó muchos de los conflictos de su personalidad de aquellos años. Liquidó esa agonía cristiana, esa ambivalencia frente a la deidad, muy parecida a la de Unamuno; siendo marxista, no se ocupó más del tema de Dios, de manera directa por lo menos, y mantuvo los valores éticos del cristianismo que hizo coincidir con los postulados humanistas del marxismo, la que aunado a su gran pericia poética, dio vuelo inusitado a una poesía que no tiene parangón en todo el orbe hispano. Y fue capaz de tener relaciones amorosas sostenidas, estables y memorables, como la que tuvo con su esposa Georgette, que dieron poemas notables, como aquel “Palmas y guitarra” en el que escribe: 
 
Ahora, entre nosotros, aquí,
ven conmigo, trae por la mano a tu cuerpo
y cenemos juntos y pasemos un instante la vida
a dos vidas y dando una parte a nuestra muerte.
Ahora, ven contigo, hazme el favor
de quejarte en mi nombre y a la luz de una noche teneblosa
en que traes a tu alma de la mano
y huimos en puntillas de nosotros.
 
Hoy recordamos y celebramos al César Vallejo universal. Nada de lo que fue después hubiera sido posible si no hubiese escrito Los heraldos negros, un certero anuncio de lo que sería una gran poesía.
 

Bibliografía básica

César Vallejo. Obra poética. Prólogo y notas de Marco Martos. Glosario de Elsa Villanueva, Martha Muñiz, Marco Martos y Agustín Panizo. Lima. Peisa. 2014.
Stephen Hart. César Vallejo. Una biografía literaria. Lima. Editorial Cátedra Vallejo. 2014
Xavier Abril. Vallejo. Buenos Aires. Ediciones Front. 1968.
César Vallejo o la Teoría Poética. Madrid. Taurus. 1963.
Enrique Azálgara Ballón. Temática de Vallejo. Tesis presentada en la Universidad Nacional de San Agustín. Arequipa 1945.
André Coyné. César Vallejo y su obra poética. Lima. Letras peruanas. 1957.
César Vallejo. Buenos Aires. Nueva Visión. 1968.
Alberto Escobar. ¿Cómo leer a Vallejo? Lima. P.L. Villanueva. 1973.
Luis Monguió. César Vallejo, vida y obra. Lima. Editora Perú Nuevo. 1960.
Antenor Samaniego. César Vallejo. Lima. Juan Mejía Baca. 1954.
Saúl Yurkievich. Fundadores de la poesía hispanoamericana. Barcelona Barral. 1961.
Elsa Villanueva. La poesía de César Vallejo. Lima. Compañía de Impresiones y publicidad Azángaro. 1951.
Aula Vallejo. Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. N 1. 1961. N 2.3 y 4. 1962. 5,6 y 7, 1967. 8,9 y 10, 1971.
Visión del Perú. Revista de Cultura. N 4. Homenaje Internacional a César Vallejo. Lima, 1969.

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