
Poemas a la rosa Martín Adán

Poemas a la rosa
Martín Adán
Cauce
Dans le gran ciel, plein de silence. Coppee
Heme triste de belleza,
Dios ciego que haces la rosa,
Con mano que no reposa
Y de humano que no besa.
Adonde la rosa empieza,
Curso en la substancia misma,
Corro: ella en mí se abisma:
Yo en ella: entramos en pasmo
De dios que cayó en orgasmo
Haciéndolo para cisma.
Sonetos de la rosa VI
La rosa que amo es la del prudente,
la de sí misma, al aire de este mundo,
porque lo que es, en ella, lo confundo,
con lo que fui de cuerpo y no de mente.
Si en la de alma espanta el vehemente
designio sin deseo y sin segundo,
en esta vence el incitar jocundo
de un ser cabal, deseado, competente.
Así, el engaño y el pavor queridos
cuando la rosa que movió la mano
golpea, dentro, al interior humano.
Que obra alguno, divino de pequeño,
que no soy y que sabe, por los sidos
dioses que fui, ordenarme asá el ensueño.
Alejandro Romualdo
Poética
La Rosa es esta rosa. Y no la rosa
de Adán: la misteriosa y omnisciente.
Aquella que por ser la Misma Rosa
miente a los ojos y a las manos miente.
Rosa, de rosa en rosa, permanente,
así piensa Martín. Pero la cosa
es otra (y diferente) pues la rosa
es la que arde en mis manos, no en mi mente.
Ésta es la rosa misma. Y en esencia.
Olorosa. Espinosa. Y rosamente
pura. Encendida. Rosa de presencia.
La Rosa Misma es la que ve la gente.
No es la que ausente brilla por su ausencia,
sino aquella que brilla por presente.
Marco Martos
Diminuto homenaje
Dice la objeción que una flor
revienta de hermosura
aunque nadie la vea.
Pero yo objetaré a mi vez
que la flor enrojece de placer
cuando alguien la contempla
admirado.
Y creo que una mujer
se vuelve más hermosa y radiante
si alguien le dice en verdad creyendo
aquello que fue evanescencia
en el espejo.
Vuelve por eso
pequeña flor secreta, vuelve
a enseñarme tu rostro humano.
Así nuestra canción será
más hermosa
aunque nadie la vea.
Rosa roja
Caminando encontraste una rosa en un jardín,
solitaria, alejada del mundo y de toda admiración.
La belleza, te dijiste, no necesita ser contemplada
para ser ella misma, roja, radiante, entera en sus pétalos
que portan lo más divino creado en los jardines de la humanidad.
Sin embargo, permaneces confinada, con tu belleza escondida
que nadie sino la poesía puede decir
como en un maravilloso espejo de agua
donde voy adivinando tu insólito perfil.