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Báthory.
Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta
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Capítulo III - La condesa siniestra
Escribir
acerca de la Condesa implica liberarla de su encierro. Lo hacemos sin
temer por su peligrosidad, sabiendo que no atacará a quienes la
descifren. Además, un personaje que se ha transformado en mito es
incapaz de asesinar a sus historiadores.
Investigar
sobre Erzsébet nos llevó, no sin pesimismo, a buscarla en otras
fuentes. ¿Cómo iba a ser posible encontrar testimonios referidos a una
mujer del siglo XVI, que por matar a 650 jóvenes murió emparedada? El
texto de Alejandra Pizarnik - estímulo para nuestra propia intención de
encontrarnos con Erzsébet - hace tiempo que está agotado. Debimos
conformarnos con una fotocopia. Poco tiempo después de iniciado este
ensayo, encontramos el libro de Penrose, aquél en el que Alejandra se
basara. Luego, la Condesa fue apareciendo en otros textos. Como cuando
al despertar tiramos de ese hilito constituido por los pequeños jirones
de recuerdos del sueño, hasta que, asombrosamente, el sueño perdido se
recupera más y más, así también fue descubriéndose ante nosotros la
figura oníricamente mítica de la Condesa Báthory. Y, también como con
los sueños, quedaron partes sin aparecer, reprimidas, olvidadas,
luchando contra la necesidad de historiar y significar que, como dice
Piera Aulagnier, tiene todo yo. Fuimos encontrando, así, que además de
Penrose y Pizarnik, hubo otros ensayistas, escritores y poetas que
también sacaron a Erzsébet de su prisión.
JUEGOS DE ESPEJOS Y FUEGOS FATUOS
"Tres
mujeres llamadas Isabel", Isabel de Hungría, la santa; Isabel de
Austria, la melancólica e Isabel Báthory, la sangrienta. Marguerite
Yourcenar no llegó a escribir esta obra que fuera proyectada a mediados
de los setenta. Pero lo cierto es que en El tiempo, gran escultor,
en su breve ensayo "Juegos de espejos y fuegos fatuos", esas tres
mujeres aparecen relacionadas, y no sólo por el nombre. Dice Yourcenar
que la parte principal de la obra hubiera girado en torno a Isabel de
Hungría. Y agrega que "a modo de oposición o, al menos de contraste, yo
hubiera colocado a otras dos mujeres nacidas en otras ‚pocas pero
pertenecientes a las mismas regiones de Europa Central, situadas m s o
menos en las cimas feudales o principescas, y que poseían quizá , debido
al complicado juego de las alianzas, una gota de su misma sangre".
Tiempo después‚s, pensó en otro titulo para aquel proyectado libro: Isabel o la caridad,
ya que se había dado cuenta que el foco central se encontraba ah¡.
Isabel la melancólica e Isabel la Sangrienta iban a ocupar espacios m s
apartados y oscuros de su obra. Como otros proyectos se impusieron, la
escritora postergó ese libro. Mas el tema tuvo el suficiente interés‚s
como para que, en uno de sus viajes, visitara algunos de los lugares
transitados por aquellas tres Isabeles. De ellas, sólo la Condesa
Báthory le hizo una seña. Fue cuando subió la cuesta que la llevaba
hasta "el castillo donde Isabel la asesina perpetró sus crímenes y
sufrió con arrogancia su castigo hasta morir solitaria, sin cruz y sin
luz, en una noche tormentosa del año 1614". La cuesta era muy empinada, y
al llegar a la cima encontró una torre alta de vigía. Una vez allí¡, la
escritora vio que algo se movía. "De entre las docenas de castillos
feudales cuyas ruinas he visitado, el Bathorygad es el único del que vi
surgir, nada más entrar, un gato negro duelo del lugar y que desapareció
dando un gran salto". Hubo luego una segunda coincidencia, aunque "más
banal". Al regresar a su isla del Maine, donde residía, Yourcenar fue a
una biblioteca pública cercana que no frecuentaba demasiado. Cuando se
dirigió al mostrador vio apoyado un libro, seguramente recién devuelto
por otro lector, que estaba abierto de par en par. "Le eché‚ una ojeada
como suelo hacer con cualquier texto impreso a mi alcance. Era la única
obra en lengua inglesa -que yo sepa - en donde se la menciona a
Isabel Báthory, una colección de ensayos de Willam Seabrook, que ha
escrito cosas mejores, en donde enumera en revoltillo unas cuantas
docenas de causas criminales y de historias de magia negra, verdaderas o
falsas. Tan sólo unos párrafos van dedicados a aquella bruja: el libro
estaba abierto por esa página". Utilizando a pleno su racionalidad, la
escritora dice que no puede atribuir esas coincidencias a la
determinación de un espíritu maligno o a la intervención de fuerzas
oscuras. Sin embargo "todo sucede, en esas ocasiones, como si el mundo
alrededor nuestro estuviera situado en un único campo magnético, o
constituido en todas sus partes por un metal buen conductor". Esas
pequeñas coincidencias se agrupaban alrededor de la peor de sus tres
modelos, ya que ni Isabel de Austria ni la de Hungría le hicieron
ninguna seña. Será , agrega Yourcenar, porque "las santas y las
emperatrices son menos comedidas que las brujas".
Nosotros
encontramos otras relaciones entre las tres Isabeles. Cuando la misma
Yourcenar escribe "fantasma de tristeza, de orgullo y de belleza pero a
quien un melancólico narcisismo parece haber encerrado hasta el final en
una triste galería de espejos, tan ausente del mundo y de la vida..."
podríamos creer que se refiere a Isabel la Sangrienta cuando en realidad
está hablando de la de Austria. Por otra parte, y antes de continuar
con las similitudes entre los personajes, queremos detenernos en una
coincidencia entre las escritoras, ya que Pizarnik se refiere, en su
capitulo "El espejo y la melancolía" a la "silenciosa galería de ecos y
de espejos que es el alma melancólica", ¿Serán todas simples
coincidencias?, ¿o existirá esa suerte de campo magnético al que se
refería Yourcenar?
Continuando
con los paralelos entre los personajes, encontramos que entre la
Báthory y la Santa existe otra relación: ambas fueron aprisionadas por
el medio social en que vivieron, sólo que, mientras Erzsébet se
identificaba con el agresor, Isabel de Hungría lo hacia con los pobres.
Otra coincidencia, relatada por Yourcenar, alude a que Isabel de Austria
"bebía cada mañana, para estar en forma, un vaso de sangre caliente que
le traían de los mataderos; la Báthory no lo hubiera hecho mejor". Las
dos eran, además s, excelentes amazonas y mientras Penrose y Pizarnik
califican a Erzsébet de melancólica, Yourcenar apoda as¡ a la noble
austríaca.
LA FRAGMENTACIÓN DE CUERPOS Y TEXTOS
También
a Diana París, Erzsébet le hizo una seña. De allí¡ que escribiera un
excelente ensayo sobre el libro de Alejandra Pizarnik La condesa sangrienta.
Partiendo del lenguaje manifiesto que propone ese texto, Diana llega a
otro lenguaje, el latente, pero no lo hace a la manera de un
psicoanalista sino como una crítica literaria que analiza la producción
poética de una escritora. Encuentra en algunas frases iniciales del
libro de Alejandra " una serie de claves que indican una localización:
'reino subterráneo' 'sustancia silenciosa de este subsuelo'". Estas
palabras la conducen hasta "un lugar de decodificación, un espacio de la
lectura que se funda en el abajo, el detrás, el otro lado de la
palabra", mientras que en otro texto de Alejandra, París descubre que
'Nunca es eso lo que uno quiere decir' (Textos de sombra. "En
esta noche, en este mundo"). Entonces viene la pregunta forzada: ¿qué es
aquello que la poeta necesita expresar? Cuando ella describe
meticulosamente, capitulo por capitulo, las torturas que Erzsébet le
infligía a campesinas y costureras, París encuentra que todo se
fragmenta, las muchachas y el texto y que esa operatoria tiene un
sentido. "Hay una est‚tica del fragmento donde la ruptura del discurso
es una puesta en escena de las mutilaciones que se narran". Diana recoge
el guiño que Erzsébet le hace a través del texto de Pizarnik,
reflexionando que "las letras conforman el tapiz ('Tapizadas con
cuchillos') del texto: la violencia comunica que el lenguaje, encerrado
en el sistema, 'enjaulado’ en la norma, debe volverse agresión para
decir". Ese tapiz se teje, precisamente, con las 'jóvenes costureras'
"sacrificadas en cada búsqueda: la escritura. Una escritura que se arma,
se cose, se goza como un '‚éxtasis maldito' o como 'crisis erótica'
donde la letra se hace silencio ('les cosían la boca') o aullido
('escapaban de sus labios palabras procaces... Imprecaciones soeces y
gritos'".
Toda
la producción literaria de Alejandra puede ser leída como un único
texto. De allí¡ que cuando nuestra poeta se pregunta qué‚ hacía la
condesa de sus días y de sus noches en la soledad de Csejthe, París
descubre que la misma Pizarnik, en Extracción de la piedra de locura,
en diálogo textual responde: ‘Toda la noche hago la noche. Toda la
noche escribo. Palabra por palabra escribo la noche’". En los sótanos de
su castillo, Erszébet sacrifica, cada noche, cuerpos jóvenes, mientras
que en Los trabajos y las noches Alejandra escribe:
‘Y cuando es de noche
siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta’.
Diana
observa que en nuestros tiempos el encierro y la desaparición de
Erszébet se expresan en la imposibilidad de encontrar el libro que
Pizarnik escribiera sobre ella. Y justamente las últimas palabras de ese
libro dicen "Como Sade en sus escritos, como Gil de Rais en sus
crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más allá de todo limite, el
ultimo fondo del desenfreno. Ella es una prueba m s de que la libertad
absoluta de la criatura humana es horrible". Tomando esta idea, París se
pregunta con qué concepción de libertad se encerró al texto de
Alejandra en el vacío, as¡ como la condesa fuera sepultada en su propio
aposento. Propone una respuesta cuando observa que la segunda y última
edición del libro de Pizarnik fue "sintomáticamente" de 1976, como si el
poder totalitario de los años setenta "hubiera leído en La Condesa
Sangrienta una
ficcionalización
de la historia argentina". Esta obra de Alejandra "vive como una
desaparecida de la circulación lectora, como un cuerpo inexistente en
librerías, bibliotecas y, peor aún, en el saber lector". A pesar de esta
"borradura editorial", la Condesa Sangrienta circula subterráneamente a
través de fotocopias y de un rumor boca a boca que actualiza la
vigencia del mito
UNA CONDESA PARA ARMAR
Julio Cortázar menciona varias veces, aunque de manera elíptica, a la Dama de Csejthe en 62 Modelo para armar,
y también en ese libro aparece fragmentada, ya que no sólo no hay una
narración continua acerca de ella sino que todo el texto se caracteriza,
según palabras del autor, por ser una sucesión de piezas separadas por
blancos. El lector puede elegir como armar, con su "montaje personal",
"los elementos del relato". Ese ser "el libro que ha elegido leer".
La
Dama Roja aparece, as¡, diseminada en varias partes. Aún desarticulada y
sin nombre, su presencia es fuerte. Proponemos que cada uno arme, a
partir de esa materia prima, su propia condesa.
A
Cortázar le atraía particularmente el tema del vampirismo. El
restaurante Polidor, por ejemplo, alude a John Willam Polidori, autor de
la novela El vampiro (aquella que fuera ideada la misma noche que el Frankestein).
El vino Sylvaner, encargado por Juan, "contenía en sus primeras sílabas
como en una charada las sílabas centrales de la palabra donde lata a su
vez el centro geográfico de un oscuro terror ancestral...". La
referencia a Transilvania es obvia. Como éstas, en el texto de Cortázar
se pueden rastrear muchas otras ideas relacionadas con el vampirismo.
Hay que estar dispuestos a encontrarlas.
Por otra parte, es evidente que tanto para el autor de Bestiario
como para Pizarnik, la lectura del libro de Valentine Penrose dejó
intensas huellas. Tal vez porque los dos vivieron contemporáneamente en
París y fueron amigos, tuvieron otro idioma en común, m s allá del
argentino nativo y del francés del exilio. Ambos leían a los poetas
malditos: Sade, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Artaud, y se cruzaban
con frecuencia, por las calles parisinas, con Bataille, un especialista
en literatura maldita.
Al
escribir todos estos apellidos surge una pregunta: ¿Por qué tanto
París, de dónde tanta Francia?, mientras otra vez resuena, con sabor a
magia, la reflexión de Yourcenar acerca del guiño que Erzsébet le
hiciera. Los poetas malditos mencionados, el apellido de Diana, la
residencia definitiva de Cortázar, el lugar del exilio de Pizarnik y la
nacionalidad de Penrose y Bataille (hasta Yourcenar, de origen belga,
está unida a Francia en tanto fue la primera mujer que formó parte de
la Academia Francesa de Literatura). Cortázar y Yourcenar también se
encuentran relacionados entre sí en tanto él tradujo al castellano las Memorias de Adriano.
Como Francia es, desde siempre, un referente importante para la
intelectualidad argentina y un país elegido por nosotros para el exilio,
eso puede explicar el por qué de tantas confluencias y encuentros. Es
en referencia a estos fascinantes y curiosos hechos que Carl Jung habla
de sincronicidad. Alude a "una coincidencia temporal de dos o m s
acontecimientos, relacionados mutuamente de modo acausal, que tienen un
contenido idéntico semejante". Un sueño, una visión, un presentimiento,
por ejemplo, concuerdan con la realidad externa. Esta simultaneidad de
dos o más acontecimientos análogos no puede explicarse por una mera
casualidad ya que hay un nexo de sentido entre ellos.
EL FINAL
Murió
a finales de agosto, cuando Mercurio, convirtiéndose en amo del cielo,
lo hace nefasto para aquellos cuyo espíritu ha envenenado. No había
nadie. Dilatábamos el encuentro con este temido y angustiante momento,
sintiendo que, al terminar nuestro libro, la historia pod¡a repetirse
volviendo Erzsébet a ser abandonada, encerrada y muerta.
Penrose
termina su libro con las siguientes palabras: Sin cruz, sin luz...Ella,
escoltada por prolongados gritos y gemidos, y cuyo tiempo aún no se ha
acabado, vaga por las ruinas de Csejthe (...) Y si de toda esta nada,
bebida como una copa de cielo negro, sorbida, desaparecida, sale al fin
algo, ¡ay!, ¿qué será de ello?
Surgen
en nosotros un temor y una esperanza: tal vez Erzsébet no ha muerto.
Quizás, realmente, vague entre las sombras, haciéndoles señales y guiños
a quienes quieran ver.
De
la misma manera, los libros de Pizarnik y Penrose son de esos que no se
cierran. Son reescribibles. La poeta argentina y la francesa han
tendido hilos para que cada uno haga su propia trama. Así, la Condesa
estará siempre en libertad para ser decodificada de una multiplicidad
de maneras. Libre, cabalgará como una amazona en vez de perder horas
frente a un espejo y amará mujeres en lugar de matarlas. Tal vez, hasta
escriba algún día sus memorias.
Precisamos
de la esperanza para terminar estas líneas, porque sólo siendo libre la
Condesa Sangrante nos dará la libertad de dejarla.
Bibliografia Capítulo VIII
- Cortázar, Julio: 62 Modelo para armar. Editorial Sudamericana. 1968.
- Jung, Carl G.: Recuerdos, sueños, pensamientos. Editorial Seix Barral. España.1989.
- Graziano, Frank: Alejandra Pizarnik. Semblanza. Fondo de Cultura Económica. México. 1992.
- Negroni, María: Valentine Penrose. La hermosa alucinada. Primer Plano. Suplemento Cultural del Diario Página 12. Domingo 12 de diciembre de 1993
La Dama de estas ruinas. Revista Actual. Caracas. Nro. 13. Año 1993 y Revista Feminaria. Buenos Aires, Año VI, Nro. 11, 1993.
-
París, Diana: La condesa sangrienta. Escritura - lectura como producción autorreferencial. Premio Fondo Nacional de las Artes. 1990. Inédito.
-
Penrose, Valentine: La condesa sangrienta. Ediciones Ciruela. Madrid. 1987.
-
Piña, Cristina: Alejandra Pizarnik. Editorial Planeta. Buenos Aires. 1991.
-
Pizarnik, Alejandra: La condesa sangrienta. Ediciones Aquario. Buenos Aires. 1971.
"La condesa sangrienta". Revista Con V de Vian. Nro.4, de septiembre - octubre y 5, de noviembre. Buenos Aires. Año 1991.
Obras completas. Poesía y Prosa. Editorial Corregidor. Bs. Aires. Septiembre de 1993.
Yourcenar, Marguerite: El tiempo, gran escultor. Cap. VIII. "Juegos de espejos y fuegos fatuos". Editorial Alfaguara. Argentina. 1990.
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| POESÍA DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ |
Sor Juana Inés de la Cruz
Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nació el 12 de noviembre de 1651 en San Miguel de Nepantla, en Amecameca. Su padre era vasco y su madre mexicana. Le tocó vivir en una época en la que la literatura nacional era en gran medida un reflejo, más o menos fiel, de la española; prevalecía el culteranismo, un estilo acentuado en el gongorismo; además, había en los escritores de su tiempo una inclinación a componer exclusivamente en verso, lo que, debido a la complejidad que preferían, resultaba en obras verdaderamente laberínticas del intelecto: se adornaba la idea con ropajes enrevesados solo para disfrutar al despojarlas de esos ornamentos. Un autor ha señalado que "en esos tiempos, expresarse con claridad era visto como un pecado". La creación de Sor Juana, predominantemente poética, a pesar de estar atrapada por el mismo artificio estilístico, logra en su sinceridad y fuerza alcanzar niveles inexplorados por sus contemporáneos, hasta el punto de que algunos consideran que tanto ella como Juan Ruiz de Alarcón constituyen "el mayor orgullo de México colonial"; más aún, se sostiene que es gracias a Sor Juana que la literatura del siglo XVII, cultivada por "poetas sin cultura ni talento", se salvó del olvido. Su talento se manifestó desde muy joven, ya que a los tres años ardía en el anhelo de aprender a leer y escribir; a los ocho, escribió una loa al Santísimo Sacramento, y a los diecisiete años, ya cumplidos, dominaba --según Karl Vossler-- "el complicado estilo culterano" y estaba igualmente familiarizada con todos los géneros y métricas de la literatura en español. Con solo veinte lecciones dictadas por el bachiller Martín de Olivas, adquirió un dominio absoluto del latín. Su conocimiento, enciclopédico, era enormemente amplio. Desde los dieciséis años se dedicó a la vida religiosa (primero en el Convento de Santa Teresa la Antigua y luego en el de San Gerónimo), donde se concretó gran parte de su obra, aunque una considerable porción aborda temas profanos. Se le confió la Tesorería del Convento y rechazó en dos ocasiones el cargo de Abadesa que le fue ofrecido.
Antes de dedicarse plenamente a su vocación religiosa, fue dama de compañía de la esposa del virrey Mancera. En la cúspide de su carrera literaria, realizó una crítica al P. Vieyra, quien era portugués y jesuita, en relación a un sermón, cuestionando los límites entre lo humano y lo divino, así como la distinción entre el amor de Dios y el amor humano. Esto provocó que el Obispo de Puebla, D. Manuel Fernández de Santa Cruz (conocido como Sor Filotea), le escribiera para solicitarle que se apartara de la escritura secular y que se enfocara por completo en la religión. Sor Juana respondió a esta solicitud con una extensa carta autobiográfica, en la que defendió los derechos culturales de las mujeres y afirmó su derecho a criticar y cuestionar el sermón mencionado. Sin embargo, decidió seguir el consejo y puso a la venta los cuatro mil libros de su biblioteca (que ella misma llamaba "quitar pesares"), así como sus instrumentos científicos y musicales, destinando los ingresos a causas religiosas. Cuatro años más tarde, mientras cuidaba a sus hermanas enfermas de fiebre, contrajo la enfermedad y falleció el 17 de abril de 1695. Las obras de Sor Juana no han sido publicadas en su totalidad. Algunas de sus piezas, como Los Empeños de una Casa, Sonetos, Poesías Escogidas y Autos Sacramentales, han circulado de forma intermitente, separadas del conjunto de su creación, y algunas se han perdido. Un Compendio de Armonía Musical, titulado "El Caracol". Su trabajo no refleja únicamente influencias gongorinas; su teatro muestra significativas huellas del dramaturgo Calderón de la Barca, así como de Moreto. Marcelino Menéndez y Pelayo ha comentado sobre ella: "No se debe juzgar a Sor Juana por sus símbolos y jeroglíficos, ni por su Neptuno Alegórico. . . ni por los innumerables elementos de poesía simple y hogareña que llenan los romances y décimas con que amenizaba los eventos de los virreyes Marqués de Mancera y Conde de Paredes. Todo esto no es más que un interesante documento sobre la historia de las costumbres coloniales y un claro testimonio de cómo la opresión del entorno puede distorsionar las naturalezas más excepcionales". "Lo que realmente vale la pena en sus obras es el raro fenómeno psicológico que representa su autora". . . "Hay matices en sus versos que no pueden ser el resultado de una imitación literaria". . . "Los versos de amor profano de Sor Juana son de los más suaves y delicados que ha producido una mujer". Ha quedado en la memoria histórica con los significativos epitetos que la crítica le ha otorgado: 'La Décima Musa', 'Fénix de México' y 'La Monja Mexicana'. Extraído de: Armas y Letras. Año I Núm. 4. Abril de 1944.
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| DETENTE SOMBRA DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ |

DETENTE SOMBRA
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

REDONDILLAS
Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?
Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

FINJAMOS QUE SOY FELIZ
Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá prodréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario,
que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.
Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso,
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones
de pareceres tan varios,
que lo que el uno que es negro
el otro prueba que es blanco.
A unos sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado;
y lo que éste por alivio,
aquél tiene por trabajo.
El que está triste, censura
al alegre de liviano;
y el que esta alegre se burla
de ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron:
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.
Célebre su oposición
ha sido por siglos tantos,
sin que cuál acertó, esté
hasta agora averiguado.
Antes, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta,
sigue cada cual el bando.
Uno dice que de risa
sólo es digno el mundo vario;
y otro, que sus infortunios
son sólo para llorados.
Para todo se halla prueba
y razón en qué fundarlo;
y no hay razón para nada,
de haber razón para tanto.
Todos son iguales jueces;
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cuál es lo más acertado.
Pues, si no hay quien lo sentencie,
¿por qué pensáis, vos, errado,
que os cometió Dios a vos
la decisión de los casos?
O ¿por qué, contra vos mismo,
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce,
queréis elegir lo amargo?
Si es mío mi entendimiento,
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?
El discurso es un acero
que sirve para ambos cabos:
de dar muerte, por la punta,
por el pomo, de resguardo.
Si vos, sabiendo el peligro
queréis por la punta usarlo,
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?
No es saber, saber hacer
discursos sutiles, vanos;
que el saber consiste sólo
en elegir lo más sano.
Especular las desdichas
y examinar los presagios,
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.
En los trabajos futuros,
la atención, sutilizando,
más formidable que el riesgo
suele fingir el amago.
Qué feliz es la ignorancia
del que, indoctamente sabio,
halla de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!
No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.
También es vicio el saber,
que si no se va atajando,
cuando menos se conoce
es más nocivo el estrago;
y si el vuelo no le abaten,
en sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.
Si culta mano no impide
crecer al árbol copado,
quita la sustancia al fruto
la locura de los ramos.
Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio más alto.
En amenidad inútil,
¿qué importa al florido campo,
si no halla fruto el otoño,
que ostente flores el mayo?
¿De qué sirve al ingenio
el producir muchos partos,
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?
Y a esta desdicha por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar el que produce,
si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuando él se ostenta más claro.
Es de su propio Señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los ojos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.
¿Qué loca ambición nos lleva
de nosotros olvidados?
Si es para vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?
¡Oh, si como hay de saber,
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!
¡Qué felizmente viviera
el que, flojamente cauto,
burlara las amenazas
del influjo de los astros!
Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso,
tanto le usurpo a los años.
PUES ESTOY CONDENADA
Pues estoy condenada,
Fabio, a la muerte, por decreto tuyo,
y la sentencia airada
ni la apelo, resisto ni la huyo,
óyeme, que no hay reo tan culpado
a quien el confesar le sea negado.
Porque te han informado,
dices, de que mi pecho te ha ofendido,
me has, fiero, condenado.
¿Y pueden, en tu pecho endurecido
más la noticia incierta, que no es ciencia,
que de tantas verdades la experiencia?
Si a otros crédito has dado,
Fabio, ¿por qué a tus ojos se lo niegas,
y el sentido trocado
de la ley, al cordel mi cuello entregas,
pues liberal me amplías los rigores
y avaro me restringes los favores?
Si a otros ojos he visto,
mátenme, Fabio, tus airados ojos;
si a otro cariño asisto,
asístanme implacables tus enojos;
y si otro amor del tuyo me divierte,
tú, que has sido mi vida, me des muerte.
Si a otro, alegre, he mirado,
nunca alegre me mires ni te vea;
si le hablé con agrado,
eterno desagrado en ti posea;
y si otro amor inquieta mi sentido,
sáqueseme el alma tú, que mi alma has sido.
Mas, supuesto que muero,
sin resistir a mi infeliz suerte,
que me des sólo quiero
licencia de que escoja yo mi muerte;
deja la muerte a mi elección medida,
pues en la tuya pongo yo la vida.

ESTA TARDE MI BIEN
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;
y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto, que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste:
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu inquietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

ESTOS VERSOS LECTOR MÍO
Estos versos, lector mío,
que a tu deleite consagro,
y sólo tienen de buenos
conocer yo que son malos,
ni disputártelos quiero,
ni quiero recomendarlos,
porque eso fuera querer
hacer de ellos mucho caso.
No agradecido te busco:
pues no debes, bien mirado,
estimar lo que yo nunca
juzgué que fuera a tus manos.
En tu libertad te pongo,
si quisieres censurarlos;
pues de que, al cabo, te estás
en ella, estoy muy al cabo.
No hay cosa más libre que
el entendimiento humano;
pues lo que Dios no violenta,
por qué yo he de violentarlo?
Di cuanto quisieres de ellos,
que, cuanto más inhumano
me los mordieres, entonces
me quedas más obligado,
pues le debes a mi musa
el más sazonado plato
(que es el murmurar), según
un adagio cortesano.
Y siempre te sirvo, pues,
o te agrado, o no te agrado:
si te agrado, te diviertes;
murmuras, si no te cuadro.
Bien pudiera yo decirte
por disculpa, que no ha dado
lugar para corregirlos
la priesa de los traslados;
que van de diversas letras,
y que algunos, de muchachos,
matan de suerte el sentido
que es cadáver el vocablo;
y que, cuando los he hecho,
ha sido en el corto espacio
que ferian al ocio las
precisiones de mi estado;
que tengo poca salud
y continuos embarazos,
tales, que aun diciendo esto,
llevo la pluma trotando.
Pero todo eso no sirve,
pues pensarás que me jacto
de que quizá fueran buenos
a haberlos hecho despacio;
y no quiero que tal creas,
sino sólo que es el darlos
a la luz, tan sólo por
obedecer un mandato.
Esto es, si gustas creerlo,
que sobre eso no me mato,
pues al cabo harás lo que
se te pusiere en los cascos.
Y adiós, que esto no es más de
darte la muestra del paño:
si no te agrada la pieza,
no desenvuelvas el fardo.

YA QUE PARA DESPEDIRME
Ya que para despedirme,
dulce idolatrado dueño,
ni me da licencia el llanto
ni me da lugar el tiempo,
háblente los tristes rasgos,
entre lastimosos ecos,
de mi triste pluma, nunca
con más justa causa negros.
Y aun ésta te hablará torpe
con las lágrimas que vierto,
porque va borrando el agua
lo que va dictando el fuego.
Hablar me impiden mis ojos;
y es que se anticipan ellos,
viendo lo que he de decirte,
a decírtelo primero.
Oye la elocuencia muda
que hay en mi dolor, sirviendo
los suspiros, de palabras,
las lágrimas, de conceptos.
Mira la fiera borrasca
que pasa en el mar del pecho,
donde zozobran, turbados,
mis confusos pensamientos.
Mira cómo ya el vivir
me sirve de afán grosero;
que se avergüenza la vida
de durarme tanto tiempo.
Mira la muerte, que esquiva
huye porque la deseo;
que aun la muerte, si es buscada,
se quiere subir de precio.
Mira cómo el cuerpo amante,
rendido a tanto tormento,
siendo en lo demás cadáver,
sólo en el sentir es cuerpo.
Mira cómo el alma misma
aun teme, en su ser exento,
que quiera el dolor violar
la inmunidad de lo eterno.
En lágrimas y suspiros
alma y corazón a un tiempo,
aquél se convierte en agua,
y ésta se resuelve en viento.
Ya no me sirve de vida
esta vida que poseo,
sino de condición sola
necesaria al sentimiento.
Mas, por qué gasto razones
en contar mi pena y dejo
de decir lo que es preciso,
por decir lo que estás viendo?
En fin, te vas, ay de mi!
Dudosamente lo pienso:
pues si es verdad, no estoy viva,
y si viva, no lo creo.
Posible es que ha de haber día
tan infausto, funesto,
en que sin ver yo las tuyas
esparza sus luces Febo?
Posible es que ha de llegar
el rigor a tan severo,
que no ha de darle tu vista
a mis pesares aliento?
Ay, mi bien, ay prenda mía,
dulce fin de mis deseos!
Por qué me llevas el alma,
dejándome el sentimiento?
Mira que es contradicción
que no cabe en un sujeto,
tanta muerte en una vida,
tanto dolor en un muerto.
Mas ya que es preciso, ay triste!,
en mi infeliz suceso,
ni vivir con la esperanza,
ni morir con el tormento,
dame algún consuelo tú
en el dolor que padezco;
y quien en el suyo muere,
viva siquiera en tu pecho.
No te olvides que te adoro,
y sírvante de recuerdo
las finezas que me debes,
si no las prendas que tengo.
Acuérdate que mi amor,
haciendo gala de riesgo,
sólo por atropellarlo
se alegraba de tenerlo.
Y si mi amor no es bastante,
el tuyo mismo te acuerdo,
que no es poco empeño haber
empezado ya en empeño.
Acuérdate, señor mío,
de tus nobles juramentos;
y lo que juró la boca
no lo desmientan tus hechos.
Y perdona si en temer
mi agravio, mi bien, te ofendo,
que no es dolor, el dolor
que se contiene atento.
Y adiós; que con el ahogo
que me embarga los alientos,
ni sé ya lo que te digo
ni lo que te escribo leo.

DIME VENCEDOR RAPAZ
Dime vencedor Rapaz,
vencido de mi constancia,
¿Qué ha sacado tu arrogancia
de alterar mi firme paz?
Que aunque de vencer capaz
es la punta de tu arpón,
¿qué importa el tiro violento,
si a pesar del vencimiento
queda viva la razón?
Tienes grande señorío;
pero tu jurisdicción
domina la inclinación,
mas no pasa el albedrío.
Y así librarme confío
de tu loco atrevimiento,
pues aunque rendida siento
y presa la libertad,
se rinde la voluntad
pero no el consentimiento.
En dos partes dividida
tengo el alma en confusión:
una, esclava a la pasión,
y otra, a la razón medida.
Guerra civil, encendida,
aflige el pecho importuna:
quiere vencer cada una,
y entre fortunas tan varias,
morirán ambas contrarias
pero vencerá ninguna.
Cuando fuera, Amor, te vía,
no merecí de ti palma;
y hoy, que estás dentro del alma,
es resistir valentía.
Córrase, pues, tu porfía,
de los triunfos que te gano:
pues cuando ocupas, tirano,
el alma, sin resistillo,
tienes vencido el Castillo
e invencible el Castellano.
Invicta razón alienta
armas contra tu vil saña,
y el pecho es corta campaña
a batalla tan sangrienta.
Y así, Amor, en vano intenta
tu esfuerzo loco ofenderme:
pues podré decir, al verme
expirar sin entregarme,
que conseguiste matarme
mas no pudiste vencerme.

COGIÓME SIN PREVENCIÓN
Cogióme sin prevención
Amor, astuto y tirano:
con capa de cortesano
se me entró en el corazón.
Descuidada la razón
y sin armas los sentidos,
dieron puerta inadvertidos;
y él, por lograr sus enojos,
mientras suspendió los ojos
me salteó los oídos.
Disfrazado entró y mañoso;
mas ya que dentro se vio
del Paladión, salió
de aquel disfraz engañoso;
y, con ánimo furioso,
tomando las armas luego,
se descubrió astuto Griego
que, iras brotando y furores,
matando los defensores,
puso a toda el Alma fuego.
Y buscando sus violencias
en ella al príamo fuerte,
dio al Entendimiento muerte,
que era Rey de las potencias;
y sin hacer diferencias
de real o plebeya grey,
haciendo general ley
murieron a sus puñales
los discursos racionales
porque eran hijos del Rey.
A Casandra su fiereza
buscó, y con modos tiranos,
ató a la Razón las manos,
que era del Alma princesa.
En prisiones su belleza
de soldados atrevidos,
lamenta los no creídos
desastres que adivinó,
pues por más voces que dio
no la oyeron los sentidos.
Todo el palacio abrasado
se ve, todo destruido;
Deifobo allí mal herido,
aquí Paris maltratado.
Prende también su cuidado
la modestia en Polixena;
y en medio de tanta pena,
tanta muerte y confusión,
a la ilícita afición
sólo reserva en Elena.
Ya la Ciudad, que vecina
fue al Cielo, con tanto arder,
sólo guarda de su ser
vestigios, en su ruina.
Todo el amor lo extermina;
y con ardiente furor,
sólo se oye, entre el rumor
con que su crueldad apoya:
"Aquí yace un Alma Troya
¡Victoria por el Amor!"

ESTE AMOROSO TORMENTO
Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
se que lo siento y no se
la causa porque lo siento
Siento una grave agonía
por lograr un devaneo,
que empieza como deseo
y para en melancolía.
y cuando con mas terneza
mi infeliz estado lloro
se que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza. "
Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.
Porque si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.
Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión
(cualquiera) leve ocasión
me malogra todo el gusto.
Siento mal del mismo bien
con receloso temor
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.

VERDE EMBELESO
Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;
alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado;
el hoy de los dichosos esperado,
y de los desdichados el mañana:
sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo;
que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.
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CONFUCIO
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