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miércoles, octubre 18, 2017

Báthory. Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta por Isabel Monzón Feminaria Editora. Buenos Aires. 1994.

 
Báthory. Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta por Isabel Monzón
Feminaria Editora. Buenos Aires. 1994.
ISBN 987-99025-7-2

Prólogo
Arriesgar la vida


Ese acto de voluntad temeraria en que un ser humano consciente del abismo al que se asoma, afronta; ese acto que el resto de los humanos contemplamos con admiración o con espanto, se corona de gloria en el segundo tiempo, cuando ya es pasado, y aún con grados superlativos de homenaje si el destino se cobra una víctima más.

Fórmula privilegiada de obtención de prestigio que hace a los hombres amos y señores sobre otros hombres. ¿Es también la fórmula femenina de trascendencia? ¿Es una imperiosa necesidad de un acto libre, de un acto decidido y propio, del acceso de la mujer a una gran decisión lo que despierta la fascinación de Alejandra Pizarnik por la Condesa Siniestra? La Condesa se atrevió y ese atrevimiento aunque sea al mal, y sobre todo por eso, porque se trata del más puro mal, la convierte en noticia, en historia, en personaje. ¿La vida atormentada y el intento autolítico consumado de Alejandra Pizarnik se convierten en suceso porque se plasman en poesía que vale la pena leer? ¿O porque ella andaba a la búsqueda de un destino trascendente, de prestigio, y las mujeres comenzamos a convencernos que también podemos vivir por puro prestigio de género y que por la libertad de ser una misma hasta es pensable arriesgar la vida?

Esto es, desde tiempos inmemoriales, un lugar común en cuanto se refiere a la parte masculina de la humanidad, pero ni siquiera a Hegel, que nos legó la teorización ejemplar sobre estos temas, se le hubiera ocurrido que esa parábola podía aplicarse también a las mujeres. Que en las mujeres también anida el impulso a luchar por su reconocimiento, y no exclusivamente por medio de la entrega amorosa.

El libro de Isabel Monzón se suma a este proyecto, proyecto que no deja de ser amoroso a pesar de lo aparentemente mortífero del tema elegido. Amoroso es el respeto con el cual guía el recorrido, la tentativa de reconstruir los movimientos pulsionales de Alejandra, sus derrotas ante la vida, sus esfuerzos por comunicarse y superar el aislamiento ancestral de la mujer consigo misma.

El libro de Isabel Monzón comunica, como la poesía de Alejandra comunica y establece, vínculos de amor, respeto, reconocimiento entre mujeres. Necesitamos miles de voces, de libros, de imágenes amorosas, solidarias, prestigiosas de mujeres y de mujeres entre mujeres, para conquistar otros modelos de heroínas femeninas que nos ayuden a liberarnos de los destinos trágicos, autolíticos, mortíferos que usamos como tejido privilegiado de nuestro afán de trascendencia. Y que también nos ayuden a liberarnos de las misiones postmodernas que nos encomiendan en la pantalla grande - escuela de formación sentimental privilegiada de la nueva generación - las Thelma y Louise con pistolas a la cintura, las Sharon Stone con pluma y picahielos como instrumentos creativos.

Necesitamos no dislocarnos en nuestro afán postergado de trascendencia y recordar que siglos de vidas dedicadas a dar, mantener y cuidar la vida de los demás deben servirnos de humus nutricio para vitalizar la tarea de cuidarnos a nosotras y entre nosotras. No lo transformemos en un recurso no renovable.

Emilce Dio - Bleichmar
Madrid, Enero de 1994

sábado, enero 14, 2017

Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta por Isabel Monzón (CAP 5)

Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta por Isabel Monzón (CAP 5)

Báthory.
Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta
Isabel Monzón
Feminaria Editora. Buenos Aires. 1994.
ISBN 987-99025-7-2
Capítulo V - De vampiras y vampiresas


Quien goza del atributo de la crueldad, por una confusión olfática del inconsciente trueca el olor de la sangre por el perfume del amor.

Es por varias razones que Erzsébet Báthory queda asociada al vampirismo. Por la imperiosa necesidad de sangre que se posesionaba de ella y porque su vida, desde pequeña, había transcurrido en Transilvania. Desde ese momento y en ese preciso lugar, fue víctima de un proceso de vampirización: empezaron a criarla para ser "la esposa de", teniendo que dejar, entonces, de ser esa todavía incipiente "ella misma". Aquí vuelve una imagen varias veces invocada: parecía un demonio la noche de su boda y Ferencz Nádasdy no pudo domarla. Ella trató de rebelarse y, en parte, lo logró. Pero en algo había sucumbido y fue contaminada. No tuvo defensas frente al mandato que le ordenaba ser siempre hermosa y no envejecer.

EL MITO

Se apoya en la creencia de que los muertos suelen retornar necesitados de sangre para nutrirse en las venas de los vivos. Con diferentes nombres, en distintas regiones geográficas y en variadas épocas históricas, aparecen seres ávidos de hundirse en el lago de todas las fuerzas. El mito del vampiro es, así, universal, porque universal es la necesidad del ser humano de creer en la inmortalidad y de negar la inevitable muerte. A pesar de lo aterrorizante y siniestro del mito, el vampiro debe sobrevivir. Mas cuando el hombre acepta su suerte de mortal, como dicen Chevalier y Gheerbrandt, "el vampiro se desvanece". Las erinias griegas, las lamiae de la Antigua Roma, las nefs de los árabes preislámicos, los íncubos y súcubos también griegos y los kiang-kuei chinos, son parientes del vampiro. De la palabra eslava "upuri" (espíritu de los muertos) y de la polaca "upir" surge el término húngaro "vampir" y el castellano vampiro. El mito, en su versión occidental, arraiga en el culto a los muertos, particularmente significativo para el mundo eslavo. En Rumania se cree que si no se practican puntualmente los rituales funerarios, el alma del difunto no descansará, transformándose en un "strigoi". Un niño asesinado en la matriz o apenas nacido, también puede transformarse en uno de esos seres. "Drac", que en rumano significa diablo, era el apodo aplicado para el príncipe Vlad, famoso patriota guerrero que combatió a los invasores turcos, haciéndoles sufrir, como uno de los tormentos, el del empalamiento. De este personaje "extrajo" Bram Stocker a su Drácula. Según Roux, "drakul" es una palabra eslava que designa al hereje que, luego de morir, se transforma en vampiro. Con tantas palabras extranjeras y tantas ideas siniestras, no nos ha sido fácil mantener el rumbo. Desviados, no terminamos de saber por qué ciertos muertos se transforman en vampiros. Herejes que regresan del más allá, muertos mal enterrados, hijos ilegítimos de padres ilegítimos. ¿Qué es exactamente un vampiro? "Dejando de lado los matices, su carácter esencial es el de un muerto que sale de su tumba, vaga por la noche y viene a chupar la sangre de las personas dormidas, con lo cual las lleva rápidamente a la muerte. Al alimentarse de la sustancia vital de un ser vivo, de su alma, se mantiene en buen estado, al margen de la descomposición que normalmente se produce después de la muerte", así lo define Roux mientras comenta que el vampiro puede ser un individuo fuertemente sexuado e inclusive sin sexo determinado, que se une carnalmente a los vivos en abrazos inacabables que terminan por consumirlos. Esta conducta también es propia de los íncubos - demonios masculinos - y de los súcubos - los que adoptan formas de mujer. Mas, a pesar de la similitud, el vampiro se diferencia de estos parientes en un rasgo fundamental: de un íncubo o un súcubo uno puede enamorarse porque de ellos es posible recibir afecto. En cambio, con el vampiro sólo son posibles las relaciones unilaterales en tanto él toma pero no da nada. O en todo caso, como contagia al vampirizar, sólo da la muerte y lo que a ella la caracteriza.

Este mito también se asienta en la creencia de que la sangre es vida. En consecuencia, bañarse en sangre o beberla son rituales que otorgan un extraño poder. Erzsébet Báthory lo sabía, Darvulia le repetía infatigablemente los méritos del rojo manto de sangre, de esa deslumbrante coraza de fuego robada a las vidas, ante la cual el enemigo claudica y la decrepitud se da por vencida.

DE AMORES Y PASIONES

Dicen los diccionarios que el término vampiresa designa a la actriz que interpreta personajes de mujer coqueta y fatal. Por extensión, se aplica a la mujer que extrema el refinamiento de sus atributos para interesar y rendir a los hombres o a aquella de gran atractivo físico, con gran poder sobre el varón. La vampiresa es, a todas luces, una figura erótica que alimenta, con su imagen y sus conductas, el deseo del otro. En psicoanálisis se la asocia con la personalidad histérica, caracterizada por su capacidad de seducción. Emilce Dio-Bleichmar habla del "feminismo espontáneo" de la histérica, enfatizando la singular utilización del poder que hace este tipo de mujer. La vampira, en cambio, es una figura terrorífica que se caracteriza por extraer algo (sangre - juventud - bienes, etc.) del otro.

La Dama Roja, a pesar de su belleza, no puede ser considerada una vampiresa, tal vez porque poseía más de Thánatos que de Eros. Asimismo, no estaba pendiente del varón hasta el punto de no poder vivir sin él. Para ella, sólo las mujeres eran indispensables; de allí ese universo femenino en el que habitaba. Lo que sí tenía en común con la vampiresa era todo lo que ponía de sí misma para agradarse y la obsesión de eterna juventud y perenne belleza que la atormentaba.

El mito del vampiro - mujeres fatales incluidas - revela, como todo mito y parafraseando a Mircea Eliade, "una historia verdadera que sirve de modelo a ciertos comportamientos humanos".

Si bien es cierto que el vampirismo es unilateral, como el vampiro contamina, la víctima puede transformarse en victimaria, invirtiéndose entonces la relación. Algo así sucedió con Erzsébet. Las doncellas de las que se nutría ocupaban ese lugar que alguna vez había sido el suyo. Esas jóvenes se habían transformado en la única razón de su existencia. Sin ellas se sentía morir. Por otra parte, aunque a diferencia de Drácula, Erzsébet no se ocultara de la luz del día refugiándose en el ataúd, a medida que el tiempo transcurría se iba haciendo cada vez más solitaria y nocturna. Buscaba la oscuridad en los sótanos de sus castillos.

La magistral descripción del vampiro hecha por Sheridan Le Fanu en su cuento "Carmilla", tal vez nos sirva para comprender más las relaciones establecidas por la Condesa Báthory: "El vampiro es propenso a ser víctima, ante determinadas personas, de vehementes pasiones semejantes al amor. Al tratar de llegar hasta ellas, despliega inagotable paciencia e inauditas estratagemas para interponerse ante el objeto de su deseo. No desiste del empeño hasta que su pasión no es satisfecha y hasta que no ha chupado la vida de la víctima codiciada. Llega hasta a desposarla; prolonga así su criminal placer con el refinamiento de un epicúreo y lo acrecienta con un hábil galanteo. En esos casos parece no desear otra cosa que la simpatía y el consenso. Pero con más frecuencia va directamente a su fin, vence por la violencia y estrangula y aniquila a la víctima en un solo festín". Erzsébet pertenecía a la segunda categoría de vampiros, a esa que no conoce de sutilezas. Era directa, no utilizaba la seducción. Su sed, tan devoradora, no podía esperar para ser saciada. El galanteo, para ella, hubiera significado una postergación intolerable.

El vampiro, propenso a ser víctima de vehementes pasiones, en realidad no ama. Es que en la relación amorosa, dice Piera Aulagnier, el Yo inviste libidinalmente en forma privilegiada - pero no exclusiva - al Yo del amado, al que, entre otras cosas, se le demanda placer sexual. Hay otros destinatarios de los que también se espera lograr placer - aunque no sexual - y que quedan catectizados en diferentes vínculos. No son necesariamente personas, ya que puede tratarse de una variedad de objetos y metas. El Yo mantiene, así, una libertad de desplazamiento en sus investimentos libidinales que le permite conectarse, según diferentes momentos y necesidades, con diversos intereses y fuentes de placer. Piera Aulagnier agrega que el amor es una relación simétrica en la cual, en primer lugar, cada uno de los dos Yo es para el Yo del otro el objeto de una investidura privilegiada pero no exclusiva. En segundo lugar, se trata de una relación en la cual cada Yo se muestra y es reconocido por el otro como fuente de un placer privilegiado pero también como detentando un poder de sufrimiento igualmente privilegiado. Además, "la relación de simetría se define por ese sitio de privilegio que cada uno ocupa para el otro en el registro del placer, y por el hecho de que cada uno atribuye al otro un mismo poder de placer y de sufrimiento". Este "y" que une placer y sufrimiento define esencialmente lo que Aulagnier llama simetría. Se trata, así, de una relación en la que la reciprocidad limita la dependencia del amante con respecto al amado, y la torna compatible con esa posibilidad autónoma de cargar libidinalmente otros objetos o metas, hecho que preserva para el Yo del amante un valor narcisista fundamental. Por otra parte, esos poderes de placer y de sufrimiento que recíprocamente poseen el amado y el amante, explican la potencialidad conflictiva que se encuentra presente en toda relación de amor así como la posibilidad de pasar de éste a la agresión

Cuando la psicoanalista francesa define la relación pasional dice que "un objeto se ha convertido para el Yo en la fuente exclusiva de todo placer, y ha sido desplazado por él en el registro de las necesidades". En función de la naturaleza del objeto, diferencia tres clases de relaciones pasionales: la del toxicómano, la del jugador y la un sujeto con el Yo del otro, es decir la pasión amorosa.

La relación pasional, en sus tres formas, excluye la reciprocidad. En el caso de la amorosa, que es a la que fundamentalmente queremos referirnos, "el Yo sitúa al Yo del otro como objeto de necesidad, y por consiguiente, a su propio Yo como privado de lo que solamente ese objeto podría hacer posible". Una persona establece con otra - o con una droga o el juego - un vínculo de extrema dependencia. Cree que ese otro del cual depende puede completarlo porque lo tiene todo. Esto es consecuencia directa de un mecanismo de proyección por el cual se le atribuye al otro un omnipoder. Piera Aulagnier aísla los rasgos que caracterizan a quien sufre la pasión: 1) El Yo se piensa como teniendo la posibilidad de ofrecer placer al objeto pero careciendo del poder de ocasionarle sufrimiento. 2) El Yo atribuye al Yo del otro, por un lado, un poder de placer exclusivo y por otro un poder de sufrimiento desmesurado, hasta el punto de preferir la muerte antes que la ausencia o el rechazo del objeto de su pasión.

El destinatario de la pasión amorosa puede abusarse de la asimetría, induciendo aún más esa pasión en el Yo que la sufre. ¿Qué razones pueden motivar una conducta así? Al provocar pasión se consigue el poder narcisista de tener dominio sobre el otro o se evita el riesgo de sufrir por la pérdida de un vínculo amoroso. Por eso, la persona que es objeto de la pasión desarrolla la capacidad de conectarse con el otro a través del placer y goce sexuales, excluyendo el compromiso afectivo. Esto se acompaña con un extremado interés en el placer sexual del partenaire, que se ilusiona, así con un inexistente compartir. Lo que en realidad sucede es que para seguir manteniéndose en el lugar del objeto de la pasión, el sujeto que la induce sabe que debe ser un excepcional amante, y como tal se brinda, aunque su partenaire será deseado sexualmente por un tiempo cada vez más efímero. La apropiación de nuevos objetos víctimas de pasión aumenta el poder narcisista de dominar a los otros. Piera Aulagnier pone como ejemplo del que induce al vínculo pasional, un caso clínico de un paciente varón y parecería que para ella ambos sexos pueden ser colocados por igual en cualquiera de los dos lugares de esta relación asimétrica. Sin embargo, nuestras observaciones nos indican que son en su mayoría mujeres las que suelen ocupar el lugar del sufrimiento pasional, mientras los hombres lo inducen.

Desde una perspectiva más descriptiva que metapsicológica y motivacional, Robin Norwood habla precisamente de "las mujeres que aman demasiado" señalando que son adictas al objeto de amor. Creemos que se refiere a lo que Aulagnier llama relación pasional. En esta misma línea, Elizabeth Badinter nos llama la atención acerca de la tercera maldición con la que Jehová expulsó a Eva del paraíso: "La pasión te llevará hacia tu esposo y él te dominará". Estas palabras han estado durante siglos cargadas de consecuencias: "El concepto de pasión implica necesariamente las ideas de pasividad, sumisión y alienación que definen la condición femenina". Aunque en la Biblia consultada por nosotros las palabras no son las mismas que traduce la filósofa francesa, lo mismo dan cuenta del mandato con el que Jehová condena a la mujer a ser víctima de una relación asimétrica: "Hacia tu marido será tu anhelo pero él te dominará".

LA RELACIÓN VAMPIRIZANTE

La particular cadena de relaciones afectivas conceptualizada por Piera Aulagnier podría soportar un eslabón más. Es el que nosotros definimos como relación vampirizante. Como la pasión, se caracteriza por ser también asimétrica, ya que no hay reciprocidad en los intercambios entre vampiro y vampirizado. Este último no siempre parece tener necesidad de esa relación que para el otro es vitalmente imprescindible. Además, mientras la víctima se empequeñece y vacía, el vampiro se fortifica y la persona vampirizada, aunque no haya estimulado el vínculo, no tiene fuerzas para librarse de él. Queda a merced de su victimario en una actitud pasiva que de ningún modo debe ser calificada de masoquista porque no le brinda placer sino, por el contrario, un extremo dolor. La pasividad de su conducta se debe a que no tiene o cree no tener otra alternativa que la de someterse al vampiro. A veces él - mentirosamente - le promete algo en lo cual ella necesita creer: la amará para siempre, más allá de la muerte y la protegerá de todos y de todo. Ingenua y carente de autonomía, la persona vampirizada desconoce las verdaderas intenciones del vampiro. Por eso se entrega a él. Cuando descubre la verdad - él no sabe amar - ya es tarde: le ha absorbido todas sus energías y ella se ha desvitalizado.

Por otra parte, como quien enferma o sueña, la víctima se repliega, se recluye dentro de sí e intenta catectizar su cuerpo y su self como forma de recuperar las energías perdidas. Es un recurso narcisista, una defensa que posee el yo. Debido a esta introversión de la libido, la persona vampirizada va perdiendo la capacidad de amar porque no tiene resto para los otros. Freud decía que el que no ama enferma, y Norberto Marucco agrega que aquel que ama a un muerto se descapitaliza, porque éste no devuelve nada. Además, y como ya lo hemos visto en otros contextos, al estar inmersa en una relación que contamina, la víctima puede transformarse ella misma en vampiro, como sucedió con Erzsébet.

Tanto la persona vampirizada como la que se vincula con pasión a otra, se empobrecen y sufren. La primera, por ser objeto de un amor enfermizo y la segunda, por vincularse a otro a expensas de su amor propio. También se parecen en la imposibilidad que tienen de vivir sus propias vidas, ya que en ambos casos se trata de un Yo que es vivido por otro. Cuando el vampiro vuela seductoramente sobre su víctima, persistiendo en el seguimiento, se asemeja a la persona que padece una pasión amorosa. Mas el parecido es solo aparente: el vampiro no sufre. Se mueve mecánicamente, como aquella Doncella de hierro utilizada por Erzsébet para extraer sangre de sus víctimas. El vampiro, muerto en vida, aprende a desembarazarse de cualquier sentimiento que sea displacentero o que pueda provocarle displacer, dolor, tristeza, amor. Por eso es insensible, mientras que la víctima siente por los dos. El vampiro, cruelmente, actúa con una absoluta falta de consideración con sus víctimas, con las cuales es incapaz de identificarse. Es, asimismo, particularmente oportunista: acecha la ocasión que le sirva para beneficiarse y actúa solamente según su propia conveniencia. Por consiguiente, es un parásito, dueño de un narcisismo soberano y patológico.

En cuanto a la permanencia y duración del vínculo vampirizante, no hay una sola forma. Hay vampiros que, como dice Le Fanu, "aniquilan a su víctima en un solo festín". Así era Erszébet con las jóvenes a las que sacrificaba. Otros, se alimentan una y otra vez de la persona a la que vampirizan, hasta que ésta logra rebelarse o muere por debilidad o suicidio.

Para poder nutrirse de ella, el vampiro debe mantener a su víctima aislada lo más posible del mundo exterior. Él, en cambio, revolotea libremente por ese mundo, siendo con frecuencia una persona sociable y hasta simpática, porque tiene que ir calculando en dónde están las próximas víctimas.
 

VÍNCULOS SIMBIÓTICOS

Cuando un miembro de la pareja obstaculiza la autonomía del otro, aislándose ambos del mundo exterior y volviéndose ermitaños, antisociables y desconfiados, seguramente estamos ante una simbiosis. Esta se define como una relación en la que ambos integrantes se nutren recíprocamente pero ellos saben que si la simbiosis se destruye, deberán separarse y crecer, tomando conciencia del paso del tiempo. Por eso hablamos de un vínculo enfermante y empobrecedor. Toda tercera persona que, por alguna razón, atraiga la atención de uno de los miembros de esta pareja, es considerada enemiga. Ellos parecen ignorar que se beneficiarían con una ruptura.

Sin embargo, existe otro vínculo simbiótico que es normal: el constituido por la pareja madre - bebé. La fusión, en este caso, es no sólo transitoria sino, además, imprescindible, ya que el niño la necesita para crecer. Para la madre es fundamental ser necesitada. La relación simbiótica patológica, en cambio, está integrada por dos personalidades infantiles, dependientes e inseguras de sí, que aunque creen apoyarse mutuamente, ignoran cuánto se limitan y enferman. Se trata de un vínculo en el que hay simetría, en tanto sus participantes ocupan lugares parecidos. Cada uno ejerce hacia el otro un poder similar, se pertenecen mutuamente, y ambos intercambian, aunque con pobreza, afectos entre sí. Muchas parejas que alguna vez tuvieran una relación amorosa y sexual con modalidad simbiótica, cuando el deseo se extingue y no se animan a separarse, eternizan el vínculo prolongando esa fusión.

Los integrantes de los vínculos simbiótico y vampirizante sostienen la creencia de que es posible evitar el paso del tiempo. A pesar de este rasgo compartido, hay algunas diferencias. El vampiro quiere detener el tiempo porque, como ya hemos visto, no tolera envejecer y morir. La persona vampirizada, así como los integrantes de la relación simbiótica, necesitan eterno amparo e incesante protección, a la manera de un niño con su madre. La víctima del vampiro cree que éste es ese objeto amparador y cada uno de los integrantes de la pareja simbiótica busca el amparo y la protección en el otro. Como no saben cuidarse a sí mismos, no toleran la soledad. Se engañan en una soledad de dos.

Tanto en el vínculo simbiótico como en las relaciones pasionales y vampirizantes, sus integrantes se enferman, porque en ninguno de los tres casos es posible crecer. Quien padece la pasión, la víctima del vampiro y los integrantes del vínculo simbiótico tienen otro rasgo común, son personas generalmente depresivas. La depresión es, así, no sólo el campo propicio para que aterrice el vampiro sino también para que se perpetúe la simbiosis y se sufra de pasión

Bibliografia Capítulo V

Arieti, S. y Bemporad, J.: Psicoterapia de la depresión. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1981.
Aulagnier, Piera: Los destinos del placer. Editorial Argot. Barcelona. 1979.
Badinter, Elizabeth: ¿Existe el amor maternal? Paidós-Pomaire. Barcelona. 1981.
Bleger, José: Simbiosis y ambigüedad. Editorial Paidos. Buenos Aires.1967.
Chevalier, Jean; Gheerbrandt, Alain: Diccionario de símbolos. Editorial Herder. Barcelona. 1988.
Diaconú Alina: La verdadera historia de Drácula: ¿héroe o personaje deleznable? Revista Vigencia. Bs. Aires. 1978.
Diccionario Enciclopédico Planeta. Editorial Planeta. España. 1984
Dio-Bleichmar, Emilce: El feminismo espontáneo de la histeria. Editorial Adotraf. Madrid.1985.
Dupetit, Susana: "Drácula. Acerca de la reconsideración de lo siniestro y la mitología literaria Mitos universales. y americanos y contemporáneos. Sociedad Peruana de Psicoanálisis. Vol.I. Lima. 1989.
Marucco, Norberto: "La melancolía: el ocaso de una pasión". Revista de Psicoanálisis, Tomo XLIII, Nro. 4, Asociación Psicoanalítica Argentina.
Norwood, Robin: Las mujeres que aman demasiado. Editorial Vergara. Buenos Aires. 1986.
Roux, Jean-Paul: La sangre. Mitos, símbolos y realidades. Ediciones Península. Barcelona. 1990.
Varios autores: Vampiros. Una antología de los maestros del género. Editorial Sur. Buenos Aires. 1961. 

domingo, marzo 06, 2016

Báthory. Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta Isabel Monzón


Báthory. Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta  Isabel Monzón


Báthory.
Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta
Isabel Monzón
Capítulo I - La melancolía en la Edad Media y en el Renacimiento

Tanto en el texto de Penrose como en el de Pizarnik, la Condesa es considerada una melancólica. Esta caracterización, más allá de ser un diagnóstico psicopatológico posible de aplicar, invita a reflexionar acerca de las condiciones sociales que provocan y fomentan la melancolía.
 
Penrose afirma que la melancolía fue el mal, la atmósfera misma del siglo XVI. Según el filósofo y médico persa Avicena, era causa de tristeza, soledad, sospechas y temor. que da a los seres largos, penosos y corrompidos fantasmas. Hoy, nueve siglos más tarde, cabría preguntarse qué causas provocan esa melancolía. Las reflexiones de Penrose la colocan en una atmósfera de barbarie, brutalidad y crueldad con las que se atropella la autonomía de las personas. Arieti corrobora estas ideas afirmando que sólo una fe fanática podía neutralizar la tristeza y la desesperación que el despótico poder feudal provocaba, entre otras cosas reivindicando las ideas de pecado y expiación y despreciando la vida terrena. En ese Medioevo prolongado en el que transcurrió la vida de la Condesa, estaba prohibida la expresión de sentimientos agresivos. Cuando ellos se exteriorizaban, esa conducta era entendida como un acto de rebeldía contra el poder divino. De allá también las acusaciones de brujería o de posesión demoniaca que sufrían los rebeldes. La situación política y social del siglo XVI condicionaba a enfermar de melancolía, ya que la atmósfera era de opresión. Paralelamente, en esa época de la historia hubo no solo un atraso sino un retroceso en las investigaciones científicas. La inquisición acusó de hereje a Galileo y trató de posesos a los enfermos mentales. El ataque al conocimiento se encarnó en una institución, la Iglesia católica, que se hizo dueña del poder intelectual y político, además del económico.
 
Pero el dogmatismo y la prohibición de pensar no han quedado relegados a la Edad Media. Lamentablemente, persisten en nuestros tiempos, disfrazándose a veces, incluso, de ciencia. Es que cuando rige un sistema autoritario, todo pensamiento que lo contradiga es acusado de subversivo. Y este problema del dogmatismo se agrava todavía más cuando se combina con una actitud individual de sumisión. En ese caso, la melancolía trata de ser una salida. Pretende luchar, como denuncia, contra la colonización del mundo interno. Sin embargo, es una resignación, un no seguir luchando. Efectivamente, ella se constituye en el mal del siglo XVI y es la enfermedad de cualquier época en la que domine el autoritarismo. 
 

UN DEMONIO VESTIDO DE BLANCO

A los 15 años, como estaba previsto, la casaron. El día de su boda, Erzsébet esperaba de pie en el castillo. Tal como otras damas húngaras, no acostumbraba maquillarse, de allí también‚ esa palidez que se destacaba bajo sus oscuros cabellos. A pesar del atropello, se veía en sus ojos esa inmensa mirada lejana que parecía venir del fondo del orgullo. Con intención de buen augurio mas con significado de mandatos, le habían cosido talismanes a su vestido de novia. Eran para ser amada, para ser fecunda y para gustar, para gustar siempre. Aunque sólo tuviera 15 años, Ferencz no pudo domarla, como hacía con sus potros. Ella era como demonio, un demonio vestido de blanco. Muy pronto el flamante marido regresó a la guerra y la joven Condesa dejó de ser vigilada por su suegra, que murió. Pero el control continuaba. Aunque sabía leer, sólo le permitían tener acceso a libros religiosos o épicos. Mientras se seguía aburriendo, su carácter se iba haciendo cada vez más huraño. Tal es así, que esta reflexión de Virginia Woolf podría haber sido escrita para Erzsébet: "Cualquier mujer nacida en el siglo XVI con un gran talento se hubiera vuelto loca, se hubiera suicidado o hubiera acabado sus días en alguna casa solitaria en las afueras del pueblo, medio bruja, medio hechicera, objeto de temor y burlas". Encontramos una frase de Joyce Mansour que hace eco con estas ideas: "Obsesión: condición de persona poseída, consensualmente o no, por un espíritu demoniaco. La obsesión prolongada puede dar lugar al aniquilamiento total de la víctima en beneficio del demonio que la posee: locura, suicidio, vampirismo o matrimonio". Estas palabras nos sirven para comprender a Erzsébet, que parecía estar posesa por el demonio en casi todas sus formas: matrimonio, locura y vampirismo. Ella era su víctima. No recurrió al suicidio, pero como victimaria, empujó a hermosas jóvenes a ese desesperado recurso. Más de una hubo que, por huir, se suicidó.
 
Alejandra Pizarnik finaliza su capitulo "El espejo de la melancolía" con estas palabras: "El libro que comento en estas notas lleva un retrato de la Condesa: la sombría y hermosa dama se parece a la alegoría de la melancolía que muestran los viejos grabados. Quiero recordar, además, que en su época una melancólica significaba una poseída por el demonio". 
 
 Efectivamente, eran los tiempos de la caza de brujas y de concepciones medievales que se prolongaban en el país de Erzsébet. Era la época de un Renacimiento en el que, a pesar de su resplandor, como dice Erwin Ackerknecht, la degradación de la psiquiatría persistió. Durante la Edad Media la medicina fue fragmentada. La cirugía estaba en manos de barberos y la psiquiatría en poder de sacerdotes exorcizadores y perseguidores de hechiceros. Lo poco que sabían los griegos se perdió y los enfermos mentales fueron considerados seres posesos por el diablo o por malos espíritus. En las postrimerías del siglo XV apareció un infame manual para perseguidores de brujos: el Melleus Malleficarum (El martillo de las brujas). Sus autores, los dominicos Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, sostienen que la brujería es más natural en las mujeres que en los hombres, a causa de la inherente maldad que, en sus corazones, ellas poseen: "Qué otra cosa es la mujer sino un enemigo de la amistad, un castigo insoslayable, un mal necesario, una tentación natural, un peligro doméstico, una maldición de la naturaleza pintada con colores hermosos". Este libro, que marca un vínculo directo entre la brujería y la mujer, tuvo un éxito extraordinario. La misoginia fanática de esos sacerdotes se apoya en argumentos del Antiguo Testamento, que, por ejemplo, en el Éxodo, 22, 19 dice: "A la hechicera no dejarás que viva".
 
Durante el Renacimiento fueron quemadas más brujas que en ninguna otra época histórica. A pesar de esto, una pequeña minoría de médicos se sublevó, sosteniendo que algunos de esos posesos y hechiceros no tenían nada que ver con el diablo y debían, en consecuencia, estar en manos de la medicina. Según el manual de los dominicos, era bruja toda persona que mostrara la menor desviación o peculiaridad psicológica. En los tiempos actuales, algunas personas piensan de una manera similar a la de aquellos inquisidores. Por ejemplo considerando perversos a los homosexuales por el sólo hecho de ser diferentes a la mayoría. Una reflexión de Ackerknecht parece adecuarse también a nuestros tiempos: "No hay que hacerse una falsa idea modernista de la revolución psiquiátrica renacentista. Sus representantes eran también hijos de su época. Sólo podían dar un paso y no un salto hacia adelante". Johan Weyer era uno de los representantes de la nueva psiquiatría. Creía en el diablo como casi todos sus contemporáneos, pero observó que la mayoría de las hechiceras eran enfermas melancólicas. La licantropía - creencia según la cual un hombre puede transformarse en lobo - no es una forma de hechicería sino de locura, decía también Weyer, agregando que los posesos son enfermos melancólicos o simuladores que desean especular. Algún tiempo después, Paracelso afirmaba que, en el caso de los "lunatici" (lunáticos), debía eliminarse la influencia atractiva del sol y de la luna. Tal vez como jugando y burlándose de todas estas ideas, Penrose y Pizarnik califican a Erzsébet de posesa, lunática, bruja y loba.
 

Bibliografía Capítulo I

  • Ackerknecht, Erwin: Breve historia de la psiquiatría. Eudeba. Bs.As.1962.
  • Arietti, Sergio;Bemporad, Jules: Psicoterapia de la depresión. Editorial Paidos. Buenos Aires.1981.
  • Bleichmar, Hugo: La depresión. un estudio psicoanalitico. Editorial Nueva Visón. Bs. Aires. 1976.
  • Bellessi, Diana: La diferencia viva. Revista Feminaria. Nro.3. Buenos Aires. 1989.
  • Hope Robbins, Rossell: Enciclopedia de la brujería y la demonología. Editorial Debate. Madrid. 1991.
  • Parrinder, Geoffrey: La brujería. Eudeba. Buenos Aires.1963.
  • Rusell, Bertrand: Religión y ciencia. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 1987.
  • Sallman, Jean-Michel: Historia de las mujeres. Cap. La bruja. Tomo III. Editorial Taurus. 1992.
  • Varios autores: Vampiros. Una antología de los maestros del género. Editorial Sur. Buenos Aires. 1961.
  • Woolf, Virginia: Una habitación propia. Seix Barral. Barcelona. 1986.

jueves, febrero 25, 2016

Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta por Isabel Monzón (CAP 3)

Báthory.
Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta

Capítulo III - La condesa siniestra

 Escribir acerca de la Condesa implica liberarla de su encierro. Lo hacemos sin temer por su peligrosidad, sabiendo que no atacará  a quienes la descifren. Además, un personaje que se ha transformado en mito es incapaz de asesinar a sus historiadores.

Investigar sobre Erzsébet nos llevó, no sin pesimismo, a buscarla en otras fuentes. ¿Cómo iba a ser posible encontrar testimonios referidos a una mujer del siglo XVI, que por matar a 650 jóvenes murió emparedada? El texto de Alejandra Pizarnik - estímulo para nuestra propia intención de encontrarnos con Erzsébet - hace tiempo que está  agotado. Debimos conformarnos con una fotocopia. Poco tiempo después de iniciado este ensayo, encontramos el libro de Penrose, aquél en el que Alejandra se basara. Luego, la Condesa fue apareciendo en otros textos. Como cuando al despertar tiramos de ese hilito constituido por los pequeños jirones de recuerdos del sueño, hasta que, asombrosamente, el sueño perdido se recupera más y más, así también fue descubriéndose ante nosotros la figura oníricamente mítica de la Condesa Báthory. Y, también como con los sueños, quedaron partes sin aparecer, reprimidas, olvidadas, luchando contra la necesidad de historiar y significar que, como dice Piera Aulagnier, tiene todo yo. Fuimos encontrando, así, que además de Penrose y Pizarnik, hubo otros ensayistas, escritores y poetas que también sacaron a Erzsébet de su prisión.

JUEGOS DE ESPEJOS Y FUEGOS FATUOS


"Tres mujeres llamadas Isabel", Isabel de Hungría, la santa; Isabel de Austria, la melancólica e Isabel Báthory, la sangrienta. Marguerite Yourcenar no llegó a escribir esta obra que fuera proyectada a mediados de los setenta. Pero lo cierto es que en El tiempo, gran escultor, en su breve ensayo "Juegos de espejos y fuegos fatuos", esas tres mujeres aparecen relacionadas, y no sólo por el nombre. Dice Yourcenar que la parte principal de la obra hubiera girado en torno a Isabel de Hungría. Y agrega que "a modo de oposición o, al menos de contraste, yo hubiera colocado a otras dos mujeres nacidas en otras ‚pocas pero pertenecientes a las mismas regiones de Europa Central, situadas m s o menos en las cimas feudales o principescas, y que poseían quizá , debido al complicado juego de las alianzas, una gota de su misma sangre". Tiempo después‚s, pensó en otro titulo para aquel proyectado libro: Isabel o la caridad, ya que se había dado cuenta que el foco central se encontraba ah¡. Isabel la melancólica e Isabel la Sangrienta iban a ocupar espacios m s apartados y oscuros de su obra. Como otros proyectos se impusieron, la escritora postergó ese libro. Mas el tema tuvo el suficiente interés‚s como para que, en uno de sus viajes, visitara algunos de los lugares transitados por aquellas tres Isabeles. De ellas, sólo la Condesa Báthory le hizo una seña. Fue cuando subió la cuesta que la llevaba hasta "el castillo donde Isabel la asesina perpetró sus crímenes y sufrió con arrogancia su castigo hasta morir solitaria, sin cruz y sin luz, en una noche tormentosa del año 1614". La cuesta era muy empinada, y al llegar a la cima encontró una torre alta de vigía. Una vez allí¡, la escritora vio que algo se movía. "De entre las docenas de castillos feudales cuyas ruinas he visitado, el Bathorygad es el único del que vi surgir, nada más entrar, un gato negro duelo del lugar y que desapareció dando un gran salto". Hubo luego una segunda coincidencia, aunque "más banal". Al regresar a su isla del Maine, donde residía, Yourcenar fue a una biblioteca pública cercana que no frecuentaba demasiado. Cuando se dirigió al mostrador vio apoyado un libro, seguramente recién devuelto por otro lector, que estaba abierto de par en par. "Le eché‚ una ojeada como suelo hacer con cualquier texto impreso a mi alcance. Era la única obra en lengua inglesa -que yo sepa - en donde se la menciona a Isabel Báthory, una colección de ensayos de Willam Seabrook, que ha escrito cosas mejores, en donde enumera en revoltillo unas cuantas docenas de causas criminales y de historias de magia negra, verdaderas o falsas. Tan sólo unos párrafos van dedicados a aquella bruja: el libro estaba abierto por esa página". Utilizando a pleno su racionalidad, la escritora dice que no puede atribuir esas coincidencias a la determinación de un espíritu maligno o a la intervención de fuerzas oscuras. Sin embargo "todo sucede, en esas ocasiones, como si el mundo alrededor nuestro estuviera situado en un único campo magnético, o constituido en todas sus partes por un metal buen conductor". Esas pequeñas coincidencias se agrupaban alrededor de la peor de sus tres modelos, ya que ni Isabel de Austria ni la de Hungría le hicieron ninguna seña. Será , agrega Yourcenar, porque "las santas y las emperatrices son menos comedidas que las brujas".

Nosotros encontramos otras relaciones entre las tres Isabeles. Cuando la misma Yourcenar escribe "fantasma de tristeza, de orgullo y de belleza pero a quien un melancólico narcisismo parece haber encerrado hasta el final en una triste galería de espejos, tan ausente del mundo y de la vida..." podríamos creer que se refiere a Isabel la Sangrienta cuando en realidad está  hablando de la de Austria. Por otra parte, y antes de continuar con las similitudes entre los personajes, queremos detenernos en una coincidencia entre las escritoras, ya que Pizarnik se refiere, en su capitulo "El espejo y la melancolía" a la "silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica", ¿Serán todas simples coincidencias?, ¿o existirá  esa suerte de campo magnético al que se refería Yourcenar?

Continuando con los paralelos entre los personajes, encontramos que entre la Báthory y la Santa existe otra relación: ambas fueron aprisionadas por el medio social en que vivieron, sólo que, mientras Erzsébet se identificaba con el agresor, Isabel de Hungría lo hacia con los pobres. Otra coincidencia, relatada por Yourcenar, alude a que Isabel de Austria "bebía cada mañana, para estar en forma, un vaso de sangre caliente que le traían de los mataderos; la Báthory no lo hubiera hecho mejor". Las dos eran, además s, excelentes amazonas y mientras Penrose y Pizarnik califican a Erzsébet de melancólica, Yourcenar apoda as¡ a la noble austríaca.

LA FRAGMENTACIÓN DE CUERPOS Y TEXTOS


También a Diana París, Erzsébet le hizo una seña. De allí¡ que escribiera un excelente ensayo sobre el libro de Alejandra Pizarnik La condesa sangrienta. Partiendo del lenguaje manifiesto que propone ese texto, Diana llega a otro lenguaje, el latente, pero no lo hace a la manera de un psicoanalista sino como una crítica literaria que analiza la producción poética de una escritora. Encuentra en algunas frases iniciales del libro de Alejandra " una serie de claves que indican una localización: 'reino subterráneo' 'sustancia silenciosa de este subsuelo'". Estas palabras la conducen hasta "un lugar de decodificación, un espacio de la lectura que se funda en el abajo, el detrás, el otro lado de la palabra", mientras que en otro texto de Alejandra, París descubre que 'Nunca es eso lo que uno quiere decir' (Textos de sombra. "En esta noche, en este mundo"). Entonces viene la pregunta forzada: ¿qué es aquello que la poeta necesita expresar? Cuando ella describe meticulosamente, capitulo por capitulo, las torturas que Erzsébet le infligía a campesinas y costureras, París encuentra que todo se fragmenta, las muchachas y el texto y que esa operatoria tiene un sentido. "Hay una est‚tica del fragmento donde la ruptura del discurso es una puesta en escena de las mutilaciones que se narran". Diana recoge el guiño que Erzsébet le hace a través del texto de Pizarnik, reflexionando que "las letras conforman el tapiz ('Tapizadas con cuchillos') del texto: la violencia comunica que el lenguaje, encerrado en el sistema, 'enjaulado’ en la norma, debe volverse agresión para decir". Ese tapiz se teje, precisamente, con las 'jóvenes costureras' "sacrificadas en cada búsqueda: la escritura. Una escritura que se arma, se cose, se goza como un '‚éxtasis maldito' o como 'crisis erótica' donde la letra se hace silencio ('les cosían la boca') o aullido ('escapaban de sus labios palabras procaces... Imprecaciones soeces y gritos'".

Toda la producción literaria de Alejandra puede ser leída como un único texto. De allí¡ que cuando nuestra poeta se pregunta qué‚ hacía la condesa de sus días y de sus noches en la soledad de Csejthe, París descubre que la misma Pizarnik, en Extracción de la piedra de locura, en diálogo textual responde: ‘Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra escribo la noche’". En los sótanos de su castillo, Erszébet sacrifica, cada noche, cuerpos jóvenes, mientras que en Los trabajos y las noches Alejandra escribe:

‘Y cuando es de noche
siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta’.

Diana observa que en nuestros tiempos el encierro y la desaparición de Erszébet se expresan en la imposibilidad de encontrar el libro que Pizarnik escribiera sobre ella. Y justamente las últimas palabras de ese libro dicen "Como Sade en sus escritos, como Gil de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más allá  de todo limite, el ultimo fondo del desenfreno. Ella es una prueba m s de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible". Tomando esta idea, París se pregunta con qué concepción de libertad se encerró al texto de Alejandra en el vacío, as¡ como la condesa fuera sepultada en su propio aposento. Propone una respuesta cuando observa que la segunda y última edición del libro de Pizarnik fue "sintomáticamente" de 1976, como si el poder totalitario de los años setenta "hubiera leído en La Condesa Sangrienta una

ficcionalización de la historia argentina". Esta obra de Alejandra "vive como una desaparecida de la circulación lectora, como un cuerpo inexistente en librerías, bibliotecas y, peor aún, en el saber lector". A pesar de esta "borradura editorial", la Condesa Sangrienta circula subterráneamente a través de fotocopias y de un rumor boca a boca que actualiza la vigencia del mito

UNA CONDESA PARA ARMAR

Julio Cortázar menciona varias veces, aunque de manera elíptica, a la Dama de Csejthe en 62 Modelo para armar, y también en ese libro aparece fragmentada, ya que no sólo no hay una narración continua acerca de ella sino que todo el texto se caracteriza, según palabras del autor, por ser una sucesión de piezas separadas por blancos. El lector puede elegir como armar, con su "montaje personal", "los elementos del relato". Ese ser  "el libro que ha elegido leer".

La Dama Roja aparece, as¡, diseminada en varias partes. Aún desarticulada y sin nombre, su presencia es fuerte. Proponemos que cada uno arme, a partir de esa materia prima, su propia condesa.

A Cortázar le atraía particularmente el tema del vampirismo. El restaurante Polidor, por ejemplo, alude a John Willam Polidori, autor de la novela El vampiro (aquella que fuera ideada la misma noche que el Frankestein). El vino Sylvaner, encargado por Juan, "contenía en sus primeras sílabas como en una charada las sílabas centrales de la palabra donde lata a su vez el centro geográfico de un oscuro terror ancestral...". La referencia a Transilvania es obvia. Como éstas, en el texto de Cortázar  se pueden rastrear muchas otras ideas relacionadas con el vampirismo. Hay que estar dispuestos a encontrarlas.

Por otra parte, es evidente que tanto para el autor de Bestiario como para Pizarnik, la lectura del libro de Valentine Penrose dejó intensas huellas. Tal vez porque los dos vivieron contemporáneamente en París y fueron amigos, tuvieron otro idioma en común, m s allá  del argentino nativo y del francés del exilio. Ambos leían a los poetas malditos: Sade, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Artaud, y se cruzaban con frecuencia, por las calles parisinas, con Bataille, un especialista en literatura maldita.

Al escribir todos estos apellidos surge una pregunta: ¿Por qué tanto París, de dónde tanta Francia?, mientras otra vez resuena, con sabor a magia, la reflexión de Yourcenar acerca del guiño que Erzsébet le hiciera. Los poetas malditos mencionados, el apellido de Diana, la residencia definitiva de Cortázar, el lugar del exilio de Pizarnik y la nacionalidad de Penrose y Bataille (hasta Yourcenar, de origen belga, está  unida a Francia en tanto fue la primera mujer que formó parte de la Academia Francesa de Literatura). Cortázar y Yourcenar también se encuentran relacionados entre sí en tanto él tradujo al castellano las Memorias de Adriano. Como Francia es, desde siempre, un referente importante para la intelectualidad argentina y un país elegido por nosotros para el exilio, eso puede explicar el por qué de tantas confluencias y encuentros. Es en referencia a estos fascinantes y curiosos hechos que Carl Jung habla de sincronicidad. Alude a "una coincidencia temporal de dos o m s acontecimientos, relacionados mutuamente de modo acausal, que tienen un contenido idéntico semejante". Un sueño, una visión, un presentimiento, por ejemplo, concuerdan con la realidad externa. Esta simultaneidad de dos o más acontecimientos análogos no puede explicarse por una mera casualidad ya que hay un nexo de sentido entre ellos.

EL FINAL


Murió a finales de agosto, cuando Mercurio, convirtiéndose en amo del cielo, lo hace nefasto para aquellos cuyo espíritu ha envenenado. No había nadie. Dilatábamos el encuentro con este temido y angustiante momento, sintiendo que, al terminar nuestro libro, la historia pod¡a repetirse volviendo Erzsébet a ser abandonada, encerrada y muerta.

Penrose termina su libro con las siguientes palabras: Sin cruz, sin luz...Ella, escoltada por prolongados gritos y gemidos, y cuyo tiempo aún no se ha acabado, vaga por las ruinas de Csejthe (...) Y si de toda esta nada, bebida como una copa de cielo negro, sorbida, desaparecida, sale al fin algo, ¡ay!, ¿qué será de ello?

Surgen en nosotros un temor y una esperanza: tal vez Erzsébet no ha muerto. Quizás, realmente, vague entre las sombras, haciéndoles señales y guiños a quienes quieran ver.

De la misma manera, los libros de Pizarnik y Penrose son de esos que no se cierran. Son reescribibles. La poeta argentina y la francesa han tendido hilos para que cada uno haga su propia trama. Así, la Condesa estará  siempre en libertad para ser decodificada de una multiplicidad de maneras. Libre, cabalgará como una amazona en vez de perder horas frente a un espejo y amará  mujeres en lugar de matarlas. Tal vez, hasta escriba algún día sus memorias.

Precisamos de la esperanza para terminar estas líneas, porque sólo siendo libre la Condesa Sangrante nos dará  la libertad de dejarla.


 Bibliografia Capítulo VIII

  • Cortázar, Julio: 62 Modelo para armar. Editorial Sudamericana. 1968.
  • Jung, Carl G.: Recuerdos, sueños, pensamientos. Editorial Seix Barral. España.1989.
  • Graziano, Frank: Alejandra Pizarnik. Semblanza. Fondo de Cultura Económica. México. 1992.
  • Negroni, María: Valentine Penrose. La hermosa alucinada. Primer Plano. Suplemento Cultural del Diario Página 12. Domingo 12 de diciembre de 1993

La Dama de estas ruinas. Revista Actual. Caracas. Nro. 13. Año 1993 y Revista Feminaria. Buenos Aires, Año VI, Nro. 11, 1993.
  • París, Diana: La condesa sangrienta. Escritura - lectura como producción autorreferencial. Premio Fondo Nacional de las Artes. 1990. Inédito.
  • Penrose, Valentine: La condesa sangrienta. Ediciones Ciruela. Madrid. 1987.
  • Piña, Cristina: Alejandra Pizarnik. Editorial Planeta. Buenos Aires. 1991.
  • Pizarnik, Alejandra: La condesa sangrienta. Ediciones Aquario. Buenos Aires. 1971.

"La condesa sangrienta". Revista Con V de Vian. Nro.4, de septiembre - octubre y 5, de noviembre. Buenos Aires. Año 1991.

Obras completas. Poesía y Prosa. Editorial Corregidor. Bs. Aires. Septiembre de 1993.

Yourcenar, Marguerite: El tiempo, gran escultor. Cap. VIII. "Juegos de espejos y fuegos fatuos". Editorial Alfaguara. Argentina. 1990.

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