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miércoles, marzo 12, 2014

POEMAS DE JOSÉ SARAMAGO


POEMAS DE JOSÉ SARAMAGO



JOSÉ SARAMAGO "En el silencio más hondo de esta pausa, Donde la vida se hizo eternidad, Busco tu mano "


INTEGRAL


Por un segundo, sólo, no ser yo:
Ser bicho, piedra, sol, u otro hombre,
Dejar de ver el mundo desde esta altura,
Pesar el más y el menos de otra vida.

Por un segundo, sólo, otros ojos,
Otra forma de ser y de pensar,
Olvidar cuanto sé, de la memoria
Nada dejar, ni el saberla perdida.

Por un segundo, sólo, otra sombra,
Otro perfil en el muro que separa,
Gritar con otra voz otra amargura,
Cambiar por muerte la muerte prometida.

Por un segundo, sólo, encontrar
En tu cuerpo mudado el cuerpo mío,
Por un segundo, sólo, y no más:
Por desearte más, ya conocida.

DI TU POR MI, SILENCIO


No era hoy un día de palabras,
Intentos de poemas o discursos,
Ni ningún camino era nuestro,
Para decirnos bastaba un acto sólo,
Y ya que en las palabras no me salvo,
Di tú por mi, silencio, lo que no puedo.

PUES EL TIEMPO NO PARA


Pues el tiempo no para, poco importa
Que los días vividos nos acerquen
El vaso de agua amarga colocado
Donde la sed de vida se exaspera.

No contemos los días que pasaron:
Fue hoy cuando nacimos, Sólo ahora
La vida ha comenzado, y, lejos aún,
La muerte ha de cansarse en nuestra espera.

ALEGRÍA


Ya oigo gritos a lo lejos
Ya dice la voz del amor
La alegría del cuerpo
El olvido del dolor

Los vientos se han recogido
Y el verano se nos ofrece
Cuántos frutos cuántas fuentes
Y el sol que nos calienta

Ya cojo jazmines y nardos
Ya tengo collares de rosas
Y bailo en medio del camino
Las lanzas prodigiosas

Ya se ofrecen las sonrisas
Ya se dan las vueltas todas
Oh certeza de las certezas
Oh alegría de las bodas.

BALADA


Di la vuelta al continente
Sin salir de este lugar
Interrogué a toda la gente
Como el ciego o el demente
Cuyo sino es preguntar

Nadie me pudo decir
Dónde estabas o vivías
(Ya cansado de olvidar
Para morir sólo vivos
Perdían la cuenta a los días)

Tomé mi guitarra
En el lumbral me senté
Con el cuenco de limosna
Con pan duro en la alforja
Desengañado canté

Quizá dijese romanzas
O cantigas de encantar
Aprendidas en las andanzas
De las escabas venturas
De quien no supo esperar

ARTE DE AMAR


Metidos en esta piel que nos reniega,
Somos dos, lo mismo que enemigos.
Gran cosa, finalmente, es el sudor
(Así ya lo decían los antiguos):
Sin él, la vida no sería lucha,
Ni el amor amor.

INTIMIDAD


En el corazón de la mina más secreta,
En el interior del fruto más distante,
En la vibración de la nota más discreta,
En la caracola espiral y resonante,

En la capa más densa de pintura,
En la vena que en el cuerpo más nos sonde,
En la palabra que diga más blandura,
En la raíz que más baje, más esconda,

En el silencio más hondo de esta pausa,
Donde la vida se hizo eternidad,
Busco tu mano y descifro la causa
De querer y no creer, final, intimidad.

PESADILLA


Hay un terror de manos en el alba,
Un rechinar de puerta, una sospecha,
Un grito que horada como una espada,
Un ojo desorbitado que me espía.
Hay un fragor de fin y de derrumbe,
Un enfermo que rompe una receta,
Un niño que llora medio ahogado,
Un juramento que nadie acepta,
Una esquina que salta de emboscada,
Un trazo negro, un brazo que repele,
Un resto de comida masticada,
Una mujer golpeada que se acuesta.

Nueve círculos de infierno tuvo el sueño,
Doce pruebas mortales que vencer,
Pero nace el día, y el día recompongo:
Tenía que ser, amor, tenía que ser.

ENIGMA


Un nuevo ser me nace a cada hora.
El que fui, ya lo he olvidado. El que seré
No guardará del que soy ahora
Sino el cumplimiento de cuanto sé.

REGLA


Tan poco damos cuando sólo mucho
En la cama o la mesa ponemos de nosotros:
Hay que dar sin medida, como el sol,
Imagen rigurosa de lo que somos.


RECETA


Tómese un poeta no cansado,
Una nube de sueño y una flor,
Tres gotas de tristeza, un tono dorado,
Una vena sangrando de pavor.
Cuando la masa ya hierve y se retuerce
Se hecha la luz de un cuerpo de mujer,
Una pizca de muerte que refuerce,
Que un amor de poeta así lo quiere.

NO ME PIDAN RAZONES


No me pidan razones, no las tengo,
O daré cuantas quieran: bien sabemos
Que razones son palabras, todas nacen
De las mansas falsedades que aprendemos.

No me pidan razones para entender
La marea rebelde que me llena el pecho.
Mal en este mundo, mal con esta ley:
No hice yo la ley ni el mundo acepto.

No me pidan razones, o que las disculpe,
De este modo de amar y destruir:
En la más oscura noche es donde amanece
El color de primavera el porvenir.

EN LA ESQUINA DEL TIEMPO


En esta esquina del tiempo es donde te encuentro
Oh nocturna ribera de aguas vivas
Donde los lirios abiertos adormecen
El dolor de las horas corrosivas.

Bogando entre los márgenes de tus brazos,
Los ojos e las estrellas de tu pecho,
Doblo la esquina del tiempo que resurge
Del móvil del cuerpo de agua en que me echo.

En la secreta matriz que te modela,
Un pez de cristal suelta delirios,
Y como otro sol se cierne, brillando,
Sobre el agua, los márgenes y los lirios.

INVENTARIO


De qué sedas están hechos tus dedos,
De qué marfil tus muslos lisos,
De qué alturas llegó a tu andar
La gracia de gamuza con que pisas.

De qué moras maduras se extrajo
El sabor acidulado de tu seno,
De qué Indias del bambú de tu cintura.
El oro de tus ojos, de dónde vino.

A qué mecer de ola vas a buscar
La línea serpentina de tus caderas,
De dónde nace la frescura de esa fuente
Que sale de tu boca cuando ríes.

De qué bosques marinos se soltó
La hoja de coral de tus puertas,
Qué perfume te anuncia cuando vienes
A rodearme de deseo las horas muertas.

CUERPO-MUNDO


¿Qué caminos de tu cuerpo no conozco,
A la sombra de qué valles no dormí,
Qué montañas no escalé, qué lejanías
No abarqué con mis ojos dilatados,
Qué torrentes no pasé, qué ríos profundos
La desnudez de mi cuerpo no cruzó,
Qué playas perfumadas no pisé,
Qué selvas y jardines, qué descampados?


RE-INICIACIÓN


Es porque todo huye que yo no huyo
Y vuelvo a conjugar desde el principio
El verbo conocido y sospechado.
En una era de brasas me sentaron,
Más digo que son brumas, Negador,
El cuerpo me regresa, iniciado.

FINAL Y NUEVO COMIENZO


No puede ser luar esta blancura,
Ni aves aletean sobre el lecho,
Donde caen los cuerpos fatigados:
Será, de mí, la sangre que murmura,
Serán de ti, las lunas de tu pecho:
Donde va el cansancio, renovados.


APRENDAMOS AMOR


Aprendamos, amor, de estos montes
Que, tan lejos del mar, saben el modo
De bañar en el azul los horizontes.

Hagamos lo que es justo y razonable:
De deseos ocultos otras fuentes
Y bajemos al mar de nuestro lecho.

MAÑANA


Altos los troncos, y en lo alto los cantos:
La hora de la mañana, en nosotros nacida,
Cubre de azul y verde el gesto simple
Con que me das, serena, tu vida.

Confianza de manos, de ojos calmos,
Donde la sombra de la pena y el llanto
Como la noche del bosque se retira:
Altos los troncos, y en lo alto los cantos.

Saramago José, Poesía completa, Ed. Alfaguara, México, 2005, 637 pp.

miércoles, febrero 26, 2014

EL PACIENTE INGLES : CITAS ILUSTRADAS

EL PACIENTE INGLES : CITAS ILUSTRADAS


EL PACIENTE INGLES :CITAS ILUSTRADAS

“Amor mío, te sigo esperando, cuanto dura un día en la oscuridad. El fuego se ha apagado. Empiezo a sentir un frío espantoso, debería arrastrarme al exterior pero entonces me abrasaría el sol. Temo malgastar la luz mirando las pinturas y escribiendo estas palabras. Morimos, morimos, morimos ricos en amantes y tribus y sabores que degustamos en cuerpos en los que nos sumergimos como si nadáramos en un río, miedos en los que nos escondimos como esta triste gruta. Quiero todas esas marcas en mi cuerpo, nosotros somos los países auténticos, no las fronteras trazadas en los mapas con nombres de hombres poderosos. Se que vendrás y me llevarás al palacio de los vientos. Solo eso he deseado, recorrer un lugar como ese contigo, con nuestros amigos, una tierra sin mapas. La lámpara se ha apagado... y estoy escribiendo a oscuras...”

- ¿Fermina Daza te corresponde?
- No lo sé. No hemos hablado. Por eso escribo la carta. Si puedo hallar la oportunidad, se la daré, pero ella siempre está con su tía.
- Entonces debes conquistar a la tía, no a la muchacha.”

“- Vamos a enterrar las cartas aquí y exactamente en un año, regresaremos, las sacaremos, leeremos las cartas, y quizás, tengamos la respuesta.
- ¿Cuál es la pregunta?
- La pregunta es: ¿estaremos juntos?”

“Escríbeme una carta sobre lo que sientes por mí. En prosa verdadera, muy conmovedora y no taches nada, no lo soporto.”

“Solo espero que siempre que mires a nuestro hijo te acuerdes de mí, de lo que te hice, de todas las noches que pasamos juntos. Sé que después de esta carta ya nada será igual, pero no me importa porque gracias a ti por fin sé como ser feliz. Y te aseguro que voy a poner todo mi empeño.”

“¿Has escrito una carta de amor alguna vez? Las cartas de amor son ridículas, pero al final los que son ridículos son los que nunca han escrito cartas de amor.” 


EL PACIENTE INGLES

EL PACIENTE INGLES

EL PACIENTE INGLES

EL PACIENTE INGLES

EL PACIENTE INGLES

EL PACIENTE INGLES

EL PACIENTE INGLES

domingo, marzo 06, 2011

POEMAS DE LUIS CERNUDA

Poeta español que nació en Sevilla en el año 1902. 

Creció en un hogar de clase alta, donde experimentó un entorno de estricta disciplina y desapego, lo que se reflejó en su personalidad tímida, introspectiva y con inclinación hacia la soledad. 

Realizó estudios en Derecho y en Literatura Española. Como un lírico de gran calidad, fue clasificado como uno de los exponentes de la "Poesía pura".  En 1925, comenzó a integrarse en el ámbito literario, formando lazos de amistad con algunos de los poetas más relevantes de su época, tales como Alberti, Aleixandre, Prados y García Lorca, entre otros. 

Tras el exilio ocasionado por la guerra civil, trabajó como docente de Literatura en lugares como Glasgow, Cambridge, Londres, Estados Unidos y México, donde falleció en 1963.
rosa


Adolescente fui en días idénticos a nubes…


Adolescente fui en días idénticos a nubes,

cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,

y extraño es, si ese recuerdo busco,

que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.


como la dulce lámpara sobre el lento nocturno;

aquel fui, aquel fui, aquel he sido…

era la ignorancia mi sombra.

Ni gozo ni pena; fui niño

prisionero entre muros cambiantes;

historias como cuerpos, cristales como cielos,

sueño luego, un sueño más alto que la vida.

Cuando la muerte quiera

una verdad quitar de entre mis manos,

las hallará vacías, como en la adolescencia,

ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.

rosa



Amando en el tiempo


El tiempo, insinuándose en tu cuerpo,

tal la nube de polvo en fuente pura,

aquella gracia antigua desordena

y clava en mí una pena silenciosa.

Otros antes que yo vieron un’ día,

y otros luego verán, cómo decir

la amada forma esbelta, recordando

de cuánta gloria es cifra un cuerpo hermoso.

Pero la vida sólo la aprendemos,

y placer y dolor se ofrecen siempre

tal mundo virgen para cada hombre.

Así mi pena inculta es nueva ahora.

Nueva como lo fuese al primer hombre,

que cayó con su amor del paraíso

cuando viera, tal cielo ya vencido

por sombra, envejecer el cuerpo amado.

rosa



Cómo llenarte, soledad…


Cómo llenarte, soledad,

sino contigo misma…

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,

quieto en ángulo oscuro,

buscaba en ti, encendida guirnalda,

mis auroras futuras y furtivos nocturnos,

y en ti los vislumbraba,

naturales y exactos, también libres y fieles,

a semejanza mía,

a semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta

como quien busca amigos o ignorados amantes;

diverso con el mundo,

fui luz serena y anhelo desbocado,

y en la lluvia sombría o en el sol evidente

quería una verdad que a ti te traicionase,

olvidando en mi afán

cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos

con nubes sobre nubes de otoño desbordado

la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,

te negué por bien poco;

por menudos amores ni ciertos ni fingidos,

por quietas amistades de sillón y de gesto,

por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,

por los viejos placeres prohibidos

como los permitidos nauseabundos,

útiles solamente para el elegante salón susurrado,

en bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona

que yo fui,

que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;

por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,

limpios de otro deseo,

el sol, mi dios, la noche rumorosa,

la lluvia, intimidad de siempre,

el bosque y su alentar pagano,

el mar, el mar como su nombre hermoso;

y sobre todo ellos,

cuerpo oscuro y esbelto,

te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,

y tú me das fuerza y debilidad

como el ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,

oigo sus oscuras imprecaciones,

contemplo sus blancas caricias;

y erguido desde cuna vigilante

soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,

por quienes vivo, aún cuando no los vea;

y así, lejos de ellos,

ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,

roncas y violentas como el mar, mi morada,

puras ante la espera de una revolución ardiente

o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo

cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,

transparente pasión, mi soledad de siempre,

eres inmenso abrazo;

el sol, el mar,

la oscuridad, la estepa,

el hombre y su deseo,

la airada muchedumbre,

¿qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;

en ti, mi soledad, los amo ahora.


rosa


Contigo



Mi tierra eres tú.


Mi gente eres tú.


para mi están adonde

no estés tú.

¿Y mi vida?

Dime, mi vida,

¿qué es, si no eres tú?


rosa


Dans ma péniche


Quiero vivir cuando el amor muere;

muere, muere pronto, amor mío.

Abre como una cola la victoria purpúrea del deseo,

aunque el amante se crea sepultado en un súbito otoño,

aunque grite:

Vivir así es cosa de muerte.

Pobres amantes,

clamáis a fuerza de ser jóvenes;

sea propicia la muerte al hombre a quien mordió la vida,

caiga su frente cansadamente entre las manos

junto al fulgor redondo de una mesa con cualquier triste libro

pero en vosotros aún va fresco y fragante

el leve perejil que adorna un día al vencedor adolescente.

Dejad por demasiado cierta la perspectiva de alguna nueva tumba solitaria.

Aún hay dichas, terribles dichas a conquistar bajo la luz terrestre.

Ante vuestros ojos, amantes,

cuando el amor muere,

vida de la tierra y la vida del mar palidecen juntamente;

el amor, cuna adorable para los deseos exaltados,

los ha vuelto tan lánguidos como pasajeramente suele hacerlo

el rasguear de una guitarra en el ocio marino

y la luz del alcohol, aleonado como una cabellera;

vuestra guarida melancólica se cubre de sombras crepusculares

todo queda afanoso y callado.

Así suele quedar el pecho de los hombres

cuando cesa el tierno borboteo de la melodía confiada,

y tras su delicia interrumpida

un afán insistente puebla el nuevo silencio.

Pobres amantes,

¿de qué os sirvieron las infantiles arras que cruzasteis,

cartas, rizos de luz recién cortada, seda cobriza o negra ala?

Los atardeceres de manos furtivas,

el trémulo palpitar, los labios que suspiran,

la adoración rendida a un leve sexo vanidoso,

los ay mi vida y los ay muerte mía,

todo, todo,

amarillea y cae y huye con el aire que no vuelve.

Oh, amantes,

encadenados entre los manzanos del edén,

cuando el amor muere,

vuestra crueldad; vuestra piedad pierde su presa,

y vuestros brazos caen como cataratas macilentas,

vuestro pecho queda como roca sin ave,

y en tanto despreciáis todo lo que no lleve un velo funerario,

fertilizáis con lágrimas la tumba de los sueños,

dejando allí caer, ignorantes como niños,

la libertad, la perla de los días.

Pero tú y yo sabemos,

río que bajo mi casa fugitiva deslizas tu vida experta,

que cuando el hombre no tiene ligados sus miembros

por las encantadoras mallas del amor,

cuando el deseo es como una cálida azucena

que se ofrece a todo cuerpo hermoso que fluya a nuestro lado,

cuánto vale una noche como ésta, indecisa

entre la primavera última y el estío primero,

este instante en que oigo los leves chasquidos del bosque

nocturno. Conforme conmigo mismo y con la indiferencia

de los otros,

solo yo con mi vida,

con mi parte en el mundo.

Jóvenes sátiros

que vivís en la selva, labios risueños

ante el exangüe Dios cristiano,

a quien el comerciante adora para mejor cobrar su mercancía

pies de jóvenes sátiros,

danzad más presto cuando el amante llora,

mientras lanza su tierna endecha

de: Ah, cuando el amor muere.

Porque oscura y cruel la libertad entonces ha nacido;

vuestra descuidada alegría sabrá fortalecerla,

y el deseo girará locamente en pos de los hermosos

cuerpos que vivifican el mundo un solo instante.


rosa


Deseo


Por el campo tranquilo de septiembre,

del álamo amarillo alguna hoja,

como una estrella rota,

girando al suelo viene.

Si así el alma inconsciente,

Señor de las estrellas y las hojas,

fuese, encendida sombra,

de la vida a la muerte.

rosa


Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos…


Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,

como nace un deseo sobre torres de espanto,

amenazadores barrotes, hiel descolorida,

noche petrificada a fuerza de puños,

ante todos, incluso el más rebelde,

apto solamente en la vida sin muros.

Corazas infranqueables, lanzas o puñales,

todo es bueno si deforma un cuerpo;

tu deseo es beber esas hojas lascivas

o dormir en ese agua acariciadora.

No importa;

Ya declaran tu espíritu impuro.

No importa la pureza, los dones que un destino

levantó hacia las aves con manos imperecederas;

no importa la juventud, sueño más que hombre,

la sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad

de un régimen caído.

Placeres prohibidos, planetas terrenales,

miembros de mármol con sabor de estío,

jugo de esponjas abandonadas por el mar,

flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre.

Soledades altivas, coronas derribadas,

libertades memorables, manto de juventudes;

quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua,

es vil como un rey, como sombra de rey

arrastrándose a los pies de la tierra

para conseguir un trozo de vida.

No sabía los límites impuestos,

límites de metal o papel,

ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,

adonde no llegan realidades vacías,

leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos.

Extender entonces la mano

es hallar una montaña que prohíbe,

un bosque impenetrable que niega,

un mar que traga adolescentes rebeldes.

Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte,

ávidos dientes sin carne todavía,

amenazan abriendo sus torrentes,

de otro lado vosotros, placeres prohibidos,

bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita,

tendéis en una mano el misterio.

Sabor que ninguna amargura corrompe,

cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.

Abajo estatuas anónimas,

sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;

una chispa de aquellos placeres

brilla en la hora vengativa.

su fulgor puede destruir vuestro mundo.


rosa


Donde habite el olvido…


Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

rosa

El viento y el alma


Con tal vehemencia el viento

viene del mar, que sus sones

elementales contagian

el silencio de la noche.

Solo en tu cama le escuchas

insistente en los cristales

tocar, llorando y llamando

como perdido sin nadie.

Mas no es él quien en desvelo

te tiene, sino otra fuerza

de que tu cuerpo es hoy cárcel,

fue viento libre, y recuerda.

rosa


Eras, instante, tan claro…


Eras, instante, tan claro.

Perdidamente te alejas,

dejando erguido al deseo

con sus vagas ansias tercas.

Siento huir bajo el otoño

pálidas aguas sin fuerza,

mientras se olvidan los árboles

de las hojas que desertan.

La llama tuerce su hastío,

sola su viva presencia,

y la lámpara ya duerme

sobre mis ojos en vela.

Cuán lejano todo. Muertas

las rosas que ayer abrieran,

aunque aliente su secreto

por las verdes alamedas.

Bajo tormentas la playa

será soledad de arena

donde el amor yazca en sueños.

La tierra y el mar lo esperan.

rosa


La sombra


Al despertar de un sueño, buscas

Tu juventud, como si fuera el cuerpo

Del camarada que durmiese

A tu lado y que al alba no encuentras.

Ausencia conocida, nueva siempre,

Con la cual no te hallas. Y aunque acaso

Hoy tú seas más de lo que era

El mozo ido, todavía

Sin voz le llamas, cuántas veces;

Olvidado que de su mocedad se alimentaba

Aquella pena aguda, la conciencia

De tu vivir de ayer. Ahora,

Ida también, es sólo

Un vago malestar, una inconsciencia

Acallando el pasado, dejando indiferente

Al otro que tú eres, sin pena, sin alivio.



rosa

Las islas


Recuerdo que tocamos puerto tras larga travesía,

y dejando el navío y el muelle, por callejas

(entre el polvo mezclados pétalos y escamas),

llegué a la plaza, donde estaban los bazares.

Era grande el calor, la sombra poca.

Con el pecho desnudo iba, distraído

como si familiares fuesen la villa y sus costumbres,

y miré en un portal al mercader de sedas

que desplegaba una, color de aurora, fría a los ojos,

sintiendo sin tocarla la suavidad escurridiza.

Ante un ciego cantor estuve largo espacio,

único espectador, y parecía cantar para mí solo.

Compré luego a una niña un ramo de jazmines

amarillentos, pero en su olor ajado tuvo alivio

la dejadez extraña que empezaba a aquejarme.

Desanudada la faja en la cintura,

unos muchachos que pasaban, reían,

volviendo la cabeza. Acaso me creyeron

Ebrio. Los ojos de uno de ellos eran

como la noche, profundos y estrellados.

La humedad de la piel pronto se disipaba

por el aire ardoroso, a cuyo influjo

mi pereza crecía. Me detuve indeciso,

acariciando el cuerpo, sintiendo su tibieza

lisa, como si acariciara un cuerpo ajeno.

Seguí, por parajes nunca vistos,

mas presentidos, igual a quien camina

hacia cita amistosa. Deponía la tarde

su fuerza, cuando al fin quise

buscar reposo ante un umbral cerrado.

Era un barrio tranquilo. Mis párpados pesaban

(acaso dormí mucho), y al abrirlos de nuevo

ya el sol estaba bajo en el muro de enfrente.

Una presencia ajena pareció despertarme,

porque al volver la cara vi una mujer, y sonreía.

Como si de mi anhelo fuese proyección, respuesta

ante demanda informulada, me miraba, insegura;

aunque yo nada dije, con gesto silencioso,

invitándome adentro, me tomó de la mano.

La seguí, con recelo más débil que el deseo.

La sala estaba oscura (ya caía la tarde).

Sobre la estera había almohadas, un cestillo

anidando manojos de magnolias mojadas,

de excesiva fragancia. filtró la celosía

unas palabras de la calle: «Le encontraron muerto».

Las pensé referidas a un camarada,

quizá presagio de mi sino. Pero ella,

atrayéndome a sí, sobre la alfombra

el ropaje tiró, como cuchillo sin la vaina,

fría, dura, flexible, escurridiza.

Mis manos en sus pechos, su cintura

quebrarse pareció al extenderme sobre ella,

y en el silencio circundante, al ritmo

de los cuerpos, oí su brazalete,

queja del ave fabulosa que escapaba.

La oscuridad llenó la sala toda

cuando saciado y satisfecho quise irme.

En la puerta (ella como mi sombra me seguía),

al cruzar su dintel, sentí que entre mis dedos

quedaba el brazalete, ahora inerte y mudo.

Mucho tiempo ha pasado. No aceptara

revivir otra vez esta existencia.

Mas no sé qué daría por sólo aquel instante

revivirlo. Bien sé que apenas tengo con qué tiente

al destino, ni el destino tentarse dejaría.

Cuando el recuerdo así vuelve sobre sus huellas

(¿no es el recuerdo la impotencia del deseo?).

Es que a él, como a mí, la vejez vence;

y acaso ya no tengo lo único que tuve:

Deseo, a quien rendida la ocasión le sigue.


rosa


Los espinos


Verdor nuevo los espinos

tienen ya por la colina,

toda de púrpura y nieve

en el aire estremecida.

Cuántos cielos florecidos

les has visto; aunque a la cita

ellos serán siempre fieles,

tú no lo serás un día.

Antes que la sombra caiga,

aprende cómo es la dicha

ante los espinos blancos

y rojos en flor. Vé. Mira.

rosa



Los fantasmas del deseo


Yo no te conocía, tierra;

con los ojos inertes, la mano aleteante,

lloré todo ciego bajo tu verde sonrisa,

aunque, alentar juvenil, sintiera a veces

un tumulto sediento de postrarse,

como huracán henchido aquí en el pecho;

ignorándote, tierra mía,

ignorando tu alentar, huracán o tumulto,

idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy

a quien tu voz de acero inspirara un menudo vivir.

Bien sé ahora que tú eres

quien me dicta esta forma y este ansia;

sé al fin que el mar esbelto,

la enamorada luz, los niños sonrientes,

no son sino tú misma;

que los vivos, los muertos,

el placer y la pena,

la soledad, la amistad,

la miseria, el poderoso estúpido,

el hombre enamorado, el canalla,

son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy;

mis brazos, tierra, son ya más anchos, ágiles,

para llevar tu afán que nada satisface.

El amor no tiene esta o aquella forma,

no puede detenerse en criatura alguna;

todas son por igual viles y soñadoras.

Placer que nunca muere

beso que nunca muere,

sólo en ti misma encuentro, tierra mía.

Nimbos de juventud, cabellos rubios o sombríos,

rizosos o lánguidos como una primavera,

sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos

que tanto he amado inútilmente,

no es en vosotros donde la vida está, sino en la tierra,

en la tierra que aguarda, aguarda siempre

con sus labios tendidos, con sus brazos abiertos.

Dejadme, dejadme abarcar, ver unos instantes

este mundo divino que ahora es mío,

mío como lo soy yo mismo,

como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis brazos,

como la arena, que al besarla los labios

finge otros labios, dúctiles al deseo,

hasta que el viento lleva sus mentirosos átomos.

Como la arena, tierra,

como la arena misma,

la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira.

Tú sola quedas con el deseo,

con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,

sino el deseo de todos,

malvados, inocentes,

enamorados o canallas.

Tierra, tierra y deseo.

Una forma perdida.


rosa


Los marineros son las alas del amor…


Los marineros son las alas del amor,

son los espejos del amor,

el mar les acompaña,

y sus ojos son rubios lo mismo que el amor

rubio es también, igual que son sus ojos.

La alegría vivaz que vierten en las venas

rubia es también,

idéntica a la piel que asoman;

no les dejéis marchar porque sonríen

como la libertad sonríe,

luz cegadora erguida sobre el mar.

Si un marinero es mar,

rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,

no quiero la ciudad hecha de sueños grises;

quiero sólo ir al mar donde me anegue,

barca sin norte,

cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.

rosa



No decía palabras…


No decía palabras,

acercaba tan sólo un cuerpo interrogante

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe,

una hoja cuya rama no existe,

un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,

remonta por las venas

hasta abrirse en la piel,

surtidores de sueño

hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,

una mirada fugaz entre las sombras,

bastan para que el cuerpo se abra en dos,

ávido de recibir en sí mismo

otro cuerpo que sueñe;

mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,

iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza,

porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

rosa


No es el amor quien muere…


No es el amor quien muere,

somos nosotros mismos.

Inocencia primera

Abolida en deseo,

Olvido de sí mismo en otro olvido,

Ramas entrelazadas,

¿Por qué vivir si desaparecéis un día?

Sólo vive quien mira

Siempre ante sí los ojos de su aurora,

Sólo vive quien besa

Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

Fantasmas de la pena,

A lo lejos, los otros,

Los que ese amor perdieron,

Como un recuerdo en sueños,

Recorriendo las tumbas

Otro vacío estrechan.

Por allá van y gimen,

Muertos en pie, vidas tras de la piedra,

Golpeando la impotencia,

Arañando la sombra

Con inútil ternura.

No, no es el amor quien muere.


No intentemos el amor nunca

Aquella noche el mar no tuvo sueño.

Cansado de contar, siempre contar a tantas olas,

quiso vivir hacia lo lejos,

donde supiera alguien de su color amargo.

Con una voz insomne decía cosas vagas,

barcos entrelazados dulcemente

en un fondo de noche,

o cuerpos siempre pálidos, con su traje de olvido

viajando hacia nada.

Cantaba tempestades, estruendos desbocados

bajo cielos con sombra,

como la sombra misma,

como la sombra siempre

rencorosa de pájaros estrellas.

Su voz atravesando luces, lluvia, frío,

alcanzaba ciudades elevadas a nubes,

cielo Sereno, Colorado, Glaciar del infierno,

todas puras de nieve o de astros caídos

en sus manos de tierra.

Mas el mar se cansaba de esperar las ciudades.

Allí su amor tan sólo era un pretexto vago

con sonrisa de antaño,

ignorado de todos.

Y con sueño de nuevo se volvió lentamente

adonde nadie

sabe de nadie.

Adonde acaba el mundo.


rosa


No quiero, triste espíritu, volver…


No quiero, triste espíritu, volver

por los lugares que cruzó mi llanto,

latir secreto entre los cuerpos vivos

como yo también fui.

No quiero recordar

un instante feliz entre tormentos;

goce o pena es igual,

todo es triste al volver.

Aún va conmigo como una luz ajena

aquel destino niño,

aquellos dulces ojos juveniles,

aquella antigua herida.

No, no quisiera volver,

sino morir aún más,

arrancar una sombra,

olvidar un olvido.


rosa


Orillas del amor


Como una vela sobre el mar

resume ese azulado afán que se levanta

hasta las estrellas futuras,

hecho escala de olas

por donde pies divinos descienden al abismo,

también tu forma misma,

ángel, demonio, sueño de un amor soñado,

resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba

hasta las nubes sus olas melancólicas.

Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,

yo, el más enamorado,

en las orillas del amor,

sin que una luz me vea

definitivamente muerto o vivo,

contemplo sus olas y quisiera anegarme,

deseando perdidamente

descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,

hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.

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